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Homilía
pronunciada por Mons. Fernando Mario Chávez Ruvalcaba, Obispo de la Diócesis de Zacatecas, en ocasión de la peregrinación de su diócesis, a la Basílica de Guadalupe.

12 de Septiembre de 2008

Mi querido señor Vicario General. Hermanos todos, presbíteros de nuestro Presbiterio de Zacatecas, un saludo para ustedes en este Santuario de Nuestra señora a donde venimos peregrinando acompañando a nuestros hermanos zacatecanos. A muchos que viven aquí y tantos otros que se unen a nuestra asamblea para elevar nuestra acción de gracias al Señor por manos de María de Guadalupe. Saludo a los religiosos y religiosas, a todos los fieles aquí congregados pensando en sus familias, en sus trabajos, en sus alegrías y penas. También saludo al señor rector de nuestro seminario, al grupo de seminaristas que nos acompañan para dar más esplendor y dignidad a nuestra celebración eucarística con el servicio litúrgico de nuestros seminaristas.

Hermanos zacatecanos: nos congregamos hoy en este Santuario bendito del Tepeyac al realizar la 123 Peregrinación anual de nuestra Diócesis de Zacatecas. Siempre hemos sido alentados con el amor a la Virgen Morena de Guadalupe; ella, solícita, nos recibe en su casa, para prodigamos su cuidado maternal acompañándonos en el despliegue de La Misión Continental que el Papa Benedicto XVI y nuestros Obispos del Continente Latino Americano y del Caribe, han establecido como fruto permanente de la V Conferencia de Aparecida en Brasil, el año pasado.

También estamos celebrando el Año Paulino para conmemorar, revitalizando el ser y la misión de la Iglesia Universal, el nacimiento del gran Apóstol San Pablo, columna y ejemplo vivo de misionero infatigable de los albores de la Iglesia fundada por Cristo.

Por esto, el tema de mi homilía en esta solemne concelebración, es: "María de Guadalupe, compañera fiel de la Iglesia en su Misión Continental dentro del Año Paulino".

Basándonos en el texto evangélico que se ha proclamado y que ahora queremos asimilar para el mejoramiento de nuestra vida cristiana católica, descubrimos a la luz de la fe, que María es Misionera por excelencia.

En efecto, hemos escuchado que "En aquellos días, María se encaminó presurosa a un pueblo de las montañas de Judá, y entrando en la casa de Zacarías, saludó a Isabel. En cuanto ésta oyó el saludo de María, la criatura saltó en su seno (Juan el Bautista)." El gozo de Isabel y de su hijo que llevaba en sus entrañas, es la respuesta a la presurosa y solícita actitud de María, quien a su vez llevaba ya en su seno virginal a Jesús, el Hijo de Dios altísimo, salvador y redentor de todos los hombres. Aparecida nos inculca que vivamos el sentido profundo de nuestra Iglesia, que llena del amor de Cristo y María, está llamada a visitar a los miembros del pueblo de Dios, llevando a cabo dicha Misión Continental, inspirados en el ejemplo e intercesión de María, que nos impulsa a realizar la Misión entrando y visitando las casas de nuestras familias y en la entraña de nuestras culturas, instituciones, trabajos y valores para que se llenen de la presencia fecunda y redentora de Cristo y su Madre santísima, que por su propio designio nos la ha dado como Madre, grávida de su evangelio y con la llama de amor que impulsa a todos para ser discípulos misioneros en la hora actual al inicio del Tercer Milenio de nuestra historia y del siglo XXI.

Pero ahora reflexiono brevemente sobre la misión continental dentro del Año Paulino en compañía de María y a su ejemplo.

No cabe duda, que la celebración del Año Paulino que nos hace vivir el espíritu misionero de San Pablo a lo largo de dos mil años desde su nacimiento y empeño evangelizador hasta el presente, está íntimamente conectado con las personas de Cristo y María y de la obra de redención del género humano. Si Cristo ha estado presente con el mandato de evangelizar a todos los pueblos, esto se hace realidad viva con la presencia y acción misioneras de María, especialmente en su advocación consoladora y reconfortante de Nuestra Señora de Guadalupe.

Esta Madre nuestra nunca ha dejado en el abandono y el olvido al pueblo mexicano y demás pueblos que la honran y veneran. Está presente en el corazón de miles de hogares que la honran con su imagen del Tepeyac, reproducida sobre todo en la conciencia, en la fe, la esperanza y el amor de los hijos de esta tierra en la cual con Cristo, se ha hecho presente dándonos a Jesús, desde las Apariciones de diciembre del año 1531 al indio San Juan Diego.

Voy a hacer ahora, para finalizar mi homilía, una exhortación. Nuestra 123 Peregrinación a este Santuario que nos llena de paz y gozo, debe prolongarse encaminándonos con María para visitar a nuestras familias y comunidades. Despertar una y otra vez la fe dormida para que despierta rinda frutos de fidelidad en la misión continental y permanente que Cristo nos ha confiado a través de María de Guadalupe y nuestros pastores de Aparecida. Unidos a San Pablo e imitándolo en su generosidad sin límites para anunciar en todo tiempo y ocasión el evangelio de Cristo.
Hoy, muy unidos como hermanos, con el beneplácito y cuidados maternales de María de Guadalupe, tengamos presentes a los integrantes de nuestra Peregrinación actual.

Pedimos por nuestros enfermos ausentes; a nuestros hermanos difuntos; nuestras familias con sus problemas y retos tan arduos que afrontan en este tiempo calamitoso y difícil; nos unimos especialmente con los emigrantes, con los niños, jóvenes y adultos de nuestra Diócesis y de nuestra Patria Mexicana.

Pedimos en horas inciertas de inseguridad y crímenes que se han desatado en nuestro México, la bonanza de una paz que todos estamos llamados a construir en la justicia, en la verdad y el amor servicial sin fronteras.

Es muy necesario pedir a María que fortalezca e ilumine a las autoridades federales, estatales y municipales de nuestra Nación en la promoción del bien común y en el cuidado que deben tener para que exista un recto orden en la paz y en el buen entendiendo de todos pensando que la mitad de nuestra población mexicana sufre tantas carencias, tanto desamparo y tanta miseria.

Que nos alcance de su divino Hijo el don de la concordia, del respeto a la vida y a la dignidad inviolable de nuestras personas como imágenes del Dios vivo, desde que se empieza a formar cada hombre y mujer en el seno, que debe ser inviolable, de cada mujer y de cada niño que gesta para poder participar en el banquete de la vida.

Que fortalezca en la fidelidad y la generosidad a los Ministros de la Casa Dios: Obispos, Presbíteros y Diáconos; que aseguren en la santidad de vida a todos los consagrados y mantengan la fe comprometida de todos los fieles que honran y aman a Cristo y a María. No olvidemos a nuestros hermanos difuntos especialmente los recientemente fallecidos. También pidamos a María que impulse las vocaciones de nuestros hermanos especialmente las de nuestros seminaristas diocesanos para que iluminen con oración constante su llamado para seguir generosa y fielmente a Cristo Sacerdote, Profeta, Pastor, Esposo de la Iglesia.

Con María que nos conduce a Cristo visitándonos con su consuelo y amor maternales, habremos de construir infatigables la comunión entre los mexicanos desterrando los odios, los secuestros y multitud de crímenes que se fomentan con la droga, el alcohol y los deseos malsanos de poder, dinero y placer egoísta. LOS HOMBRES JUSTOS y DE BUENA VOLUNTAD IMITANDO a Cristo en compañía de María de Guadalupe, habremos de llevar a efecto nuestra cooperación a la acción del Espíritu Santo para que Él renueve en cada discípulo misionero del Señor, el ánimo permanente de misión.

¡Que Santa María de Guadalupe, Madre y Modelo de todo discípulo misionero nos ayude a realizar el nuevo Pentecostés que Dios Uno y Trino, quiere para nosotros asociados dinámica y comprometidamente a la persona señera del Apóstol San Pablo para la gloria del mismo Dios y salvación temporal y eterna de todo hombre que ama el Señor!

Termino repitiendo las palabras últimas de la Plegaria de la Misión Permanente Continental, que nuestra Iglesia de Latino América y del Caribe, dirige a Cristo y que ahora ponemos en manos de María en nuestros corazones y en nuestros labios:

"A María, tu Madre, ¡Oh Cristo! y nuestra Madre, Señora de Guadalupe, Mujer vestida de Sol, confiamos el Pueblo de Dios peregrino en este inicio del tercer milenio cristiano. Amén".

 
 
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