23 de abril de 2009
Los excelentísimos señores obispo auxiliares y un servidor,
varios sacerdotes de nuestra arquidiócesis, especialmente
los que cumplen 25 años de haber sido consagrados con el
Óleo Santo y el Espíritu, están aquí para dar gracias. Religiosas,
religiosos y el pueblo de Dios representante de 75 parroquias,
venidos todos en representación de aquella comunidad cristiana
de Guadalajara, de aquella arquidiócesis, para mostrarle
a la Virgen Santísima nuestro amor, el amor de hijos; y
corresponder en algo al amor inmenso de Madre que nos ha
mostrado siempre, y también para pedirle con humildad, pero
con mucha confianza, que vea por nuestras necesidades: las
propias, las de cada quien; las de la familia; las de la
Iglesia de Guadalajara y las de la patria, en estos momentos
no fáciles.
Venimos, pues, a esta que es la casa de nuestra Madre y por
lo tanto la casa de todos sus hijos, que somos nosotros.
En un acto de peregrinación lleno de profunda fe en Cristo,
el Hijo de Dios resucitado en estos días alegres de la Pascua
en que celebramos su triunfo sobre la muerte y el pecado
y también llenamos nuestros corazones, como lo quiere la
Iglesia, de la santa esperanza. De la esperanza que no
confunde, de la esperanza que mantiene al creyente de pie,
erguido, siempre en este mundo, ante las dificultades y
problemas que puedan presentarse porque Dios es más fuerte
que el mal; porque Dios es más fuerte que el pecado y la
vida de Dios triunfan en nosotros.
Muy queridos hermanos, todos, hace 3 días, el lunes 20 por
la tarde aquí en este lugar el pueblo de México representado
por sus obispos por muchos sacerdotes y por muchos fieles
laicos venidos de todas las diócesis del país, renovamos
la Consagración de México al Espíritu Santa. Renovamos la
consagración de México hecha allá en 1924, cuando la persecución
amenazaba sobre la Iglesia de México. Aquella persecución
violenta que luego unos años después se desencadenó y nos
dio a nuestros mártires, ejemplo de amor y de fidelidad
a Cristo nuestro Señor.
Esta renovación de la Consagración de México al Espíritu Santo
la repetiremos, la reafirmaremos en todos los templos y
en todas las misas del país y en la Fiesta de Pentecostés
para que todo el pueblo vuelva sus ojos a esa fuerza divina,
a ese Espíritu, tercera persona: Dios, como el Padre y
como el Hijo, que es Señor y dador de vida, que es santificador
de las almas y que es también el alma de la Iglesia. Que
la lleva por los caminos de la fe, de la esperanza y del
amor, y del testimonio ante el mundo. Si en 1924 la Consagración
al Espíritu Santo la hicieron nuestros obispos con el pueblo
de entonces fue por la persecución ¿y ahora por qué se renueva?
Por la situación difícil que atraviesa nuestra patria. El
crimen organizado está causando estragos en la sociedad,
tiene amedrentados a muchos, amenaza el orden público. El
desastre social es un cáncer que hay que extirpar. Junto
con esa guerra no declarada, pero que va día con día cobrando
victimas por todo el país, está también: la crisis económica,
que golpea sobretodo a los más pobres que son muchos 30,
40 millones de pobres en México, que no tienen recursos,
ni trabajos siquiera a veces para poder enfrentar esta crisis.
Y hay otro mal que no nos duele, pero que va más al fondo
de las cosas y va dañando más: el mal espiritual del securalismo,
del alejamiento práctico de Dios, de la disminución de la
fe y de la vida cristiana. Sobretodo en las nuevas generaciones:
los niños, adolescentes, jóvenes van creciendo sin Evangelio,
van creciendo sin el conocimiento de Cristo nuestro Señor.
Y claro está, no conocen la casa de Dios, ni la casa de
la Madre la Virgen María y no podrán volver porque no conocen
el camino de retorno.
Graves males que nos aquejan ahora y por los cuales venimos
a implorar la ayuda de la Virgen María, su intercesión.
Ella, a quien Jesucristo nuestro Señor nada niega. Venimos
a implorar su intercesión por esta patria que es suya, por
estos hijos que Ella engendró en la fe hace 500 años, para
que nos conserve el don de la fe en su Hijo Jesucristo,
el Dios por quien se vive.
Hemos escuchado en el Libro de los Hechos de los Apóstoles,
la primera lectura de hoy, el testimonio valiente de dos
hombres sencillos Pedro y Juan ante el sanedrín, los sumos
sacerdotes, el senado de la nación judía. Un testimonio
valiente a favor de Cristo nuestro Señor, acompañado con
la amenaza de la muerte. Los tomaron presos porque predicaban
en el templo y ahí en el sanedrín donde había juzgado y
condenado a Cristo por blasfemo, ahí ellos afirmaron: Jesús
de Nazaret a quienes ustedes mataron siendo inocente, Dios
lo resucitó, lo hizo Señor de todos y nosotros somos testigos.
Les querían prohibir hablar en nombre de Jesús y dijeron:
hermanos consideren si es justo obedecer a los hombres antes
que a Dios. Nosotros tenemos ese mandato de hablar de Jesús
resucitado y no podemos callarnos. Y los amenazaron
de muerte. Eran pobres pescadores, pero hablaron con tal
fuerza y tal convicción, que no sabían sus enemigos que
responder y es que llevaban la fuerza del Espíritu Santo.
Todavía el día de la Asunción les dijo Cristo Jesús a sus
discípulos: no se alejen de Jerusalén esperen a que se
cumpla la promesa, van a recibir el Espíritu Santo y ustedes
serán mis testigos, comenzando aquí por Jerusalén, Judea,
Galilea, Samaria y hasta los últimos confines de la tierra.
Ese día se fue a los cielos el Señor, a los pocos días
vino el Espíritu Santo en la Fiesta de Pentecostés y los
apóstoles, que habían sido temerosos comenzaron a dar testimonio
de Cristo nuestro Señor.
Tal vez nos haga falta pensar, queridos hermanos, que a nosotros
se nos ha dado este mismo Espíritu. ¿Qué hemos hecho del
espíritu que hemos recibido?, ¿por qué no damos testimonio
de vida cristiana si tenemos ese Espíritu de Dios que es
para el testimonio, que es luz, que es fuego en el corazón?
¿Por qué no damos testimonio de Cristo sobretodo con nuestra
vida?
El Bautismo, cristianos, si lo somos porque somos bautizados.
Es la puerta de entrada a la Iglesia pueblo santo de Dios.
Es el sacramento fundamental de pertenencia y es el bautismo
por el agua y el Espíritu Santo, no como el de Juan solamente
con agua.
Nuestra Confirmación, Sacramento de la plenitud del Espíritu
Santo para el testimonio del cristiano. ¿Qué hemos hecho
de nuestra confirmación? Los sacerdotes, que hemos sido
consagrados de una manera especial con el don del Espíritu
Santo, para ser testigos de Cristo en medio de su pueblo,
para ir adelante con el ministerio de la profecía, de la
santificación con la vida cristiana de testimonio para el
mundo ¿qué hemos hecho del Espíritu Santo?
Por eso si se preguntan ¿por qué los obispos decidieron consagrarse
al Espíritu Santo allá en 1924? ¿y por qué ahora se repite,
se confirma esa consagración? ¿Por qué? Porque el Espíritu
Santo es el que está encargado de la Iglesia, que somos
nosotros. Cristo se fue a los cielos, pero mandó su Espíritu
para que sea el alma de la Iglesia, para que la lleve por
los caminos de la santidad, de la fe, del amor, para que
santifique a cada cristiano y sea en el corazón del cristiano
dulce huésped del alma y le dé la fuerza de la vida cristiana
fiel y del testimonio el mundo.
Nos quejamos de los males que nos aquejan, graves males de
este pueblo en su mayoría cristiano, pero es que no vivimos
la vida cristiana. Sí celebramos fiestas, recibimos sacramentos
a veces sin mucha preparación, interior sobretodo, pero
la vida no corresponde hay una corrupción generalizada,
un quebrantamiento constante a los mandamientos en la mayoría
del pueblo cristiano, y claro todo esto es la base amplia,
sólida de pecado sobre la que se asienta el crimen organizado,
la injusticia, la desigualdad y la pobreza de este pueblo
de México. Porque no hemos sido fieles a nuestro Señor,
a Cristo, el Dios por quien se vive y cuyos mandatos son
luz y vida para quien los guarda.
Se comenta que el crimen organizado para que florezca requiere
de la colaboración y de la pasividad del pueblo. La pasividad
ahí está, somos pasivos y la colaboración de muchos, muchos
empresarios y no empresarios hacen negocios con los narcos
y los dejan entrar, les venden sus propiedades, grandes
negocios con ellos, ganan unos centavos, pero después ya
tienen el enemigo en casa y no se lo van a poder sacudir.
El remedio, por lo pronto, es que la fuerza del orden haga
su deber, pero el remedio a largo plazo está el corazón
de cada uno de nosotros. Un corazón recto, un corazón veraz,
un corazón honesto, que no se preste en ningún momento con
nadie, ni para nada a un ilícito; que no engaña, que no
roba, que no miente, que no quiere ganar a costa de los
demás, explotándolos o exprimiéndolos. Es el remedio a largo
plazo para la paz y el orden en nuestra patria. Junto con
una buena educación en la que no falte Dios, porque Dios
ha sido expulsado desde hace 150 años de las escuelas y
claro ahí están los frutos de una sociedad que vive al margen
de la ley de Dios, al margen de los mandamientos.
En el Evangelio de san Juan hay una frase muy interesante:
el Padre ama al Hijo, el Padre Dios, creador de todas las
cosas visibles e invisibles, creador nuestro, por lo tanto,
dueño, árbitro. El Padre ama al Hijo y ha puesto en sus
manos todas las cosas. Él que crea en Cristo, dice
ahí san Juan, tiene vida eterna y él que no cree en Cristo
no verá la vida; la ira de Dios vendrá sobre él. Y
la fe en Cristo no es una cuestión puramente intelectual,
de asentimiento, es una cuestión de obediencia a la fe y
cumplimiento de los mandatos divinos.
Cristo es el Señor de la historia en sus manos están los destinos
de todos los pueblos, también del nuestro, también de nuestra
patria y le pedimos a Cristo nuestro Señor que nos ayude
y nos dé su gracia.
Que nos dé su gracia, que su Espíritu que mandó en Pentecostés
lo siga enviando a nuestros corazones, para que nos ayude
a creer de verdad, a amar intensamente a Dios y a nuestro
prójimo con las consecuencias que ello lleva para la vida
práctica.
Le pedimos a la Virgen Santísima, nuestra Madre de Guadalupe,
Madre del Dios por quien se vive, que nos acerque a Cristo
para que vivamos cada uno de nosotros y para que este pueblo
de México tenga futuro de vida y no de muerte.
Así sea.