Muy amados sacerdotes, muy queridos hermanos
y hermanas, consagrados, religiosos, religiosas. Muy queridos hermanos
y hermanas peregrinos a esta casa de la Madre Santísima de Jesús y
Madre nuestra Santa María de Guadalupe.
Gracias a Dios tenemos la oportunidad de estar
de nuevo un buen grupo de personas de las distintas parroquias de
nuestra Arquidiócesis de Monterrey. Un buen número de sacerdotes,
que representamos a la gran y hermosa familia de la Arquidiócesis
de Monterrey. Nosotros tenemos la gracia, la dicha de estar aquí a
las plantas de la Santísima Virgen, María de Guadalupe, pero no podemos
olvidarnos de nuestra gran familia la Arquidiócesis de Monterrey.
Es cierto, como nos decían en las palabras de
bienvenida, en Monterrey también tenemos una casita en la que amorosamente
veneramos a la Santísima Virgen María de Guadalupe, pero es bueno
también fomentar y expresar la unidad de nuestra fe; la unidad de
nuestra patria y es importante, también, manifestar la comunión en
la Iglesia, porque somos una sola Iglesia. Y esta es una manifestación
de nuestro amor a Jesucristo, a su Santísima Madre, nuestra Madre,
la Virgen María de Guadalupe. Una manifestación de amor y de pertenencia
a su Iglesia y esta es también una manifestación de amor y de compromiso
con nuestra patria y con todas sus regiones y con todos sus estados.
Aquí estamos, pues, expresándonos como la única familia de los hijos
de la Santísima Virgen de Guadalupe.
Hemos escuchado ya la Palabra de Dios, y lo
primero que nos recuerda la Palabra de Dios, para que lo tengamos
muy presente es la identidad de María ¿quién es María? ¿qué
lugar ocupa María en la obra de nuestra salvación? Así escuchamos
en la segunda lectura, que se nos dice: que cuando llegó la plenitud
de los tiempos Dios nos envió a su Único Hijo Jesucristo, nacido de
una mujer. Esta bendita mujer es María. María es la Madre de Jesucristo
el Hijo Único de Dios esa es la identidad de María, es la Madre de
Jesucristo. Por eso, también, escuchamos en el Evangelio: que Isabel
saluda a María y en el saludo Isabel hace una confesión de fe.
Dice Isabel: de dónde a mí que la Madre de mi Señor venga a
verme. María es la Madre del Señor; es la Madre de Dios; de dios
hecho Hombre; es la Madre de Jesucristo; por tanto, María ocupa un
lugar especialísimo en la historia de nuestra salvación, por María
nos vino a nosotros el Salvador del mundo. De María Dios Espíritu
Santo tomó carne y sangre para que el Hijo de Dios se hiciera verdadero
Hombre, como nosotros. Por María entró y vino al mundo la Salvación
Jesucristo nuestro Señor. Esa es la identidad de María, por eso María
ocupa un lugar especialísimo en nuestro amor y en nuestra fe cristiana.
Queda claro para nosotros, que María no es la
salvadora; que María no es una divinidad junto a la divinidad eterna
de Dios. Nos queda claro, que María es una creatura privilegiada hecha
especial para que por Ella viniera a nosotros la Salvación. María
es, pues, la Madre de Jesucristo, la Madre de nuestro Dios y Salvador.
Pero la misión de María no concluye ahí, no termina con ser la Madre
de Jesucristo nuestro Salvador; María es también nuestra Madre. Precisamente
antes de morir Jesucristo, nuestro Señor, después de habernos dado
todo y a punto de darse Él en plenitud muriendo por nosotros, Jesucristo,
nuestro Señor, también nos dio a su Santísima Madre, como nuestra
Madre y recordamos las palabras que Jesús le dirige a María, que está
de pie junto a Jesús: Mujer ahí tienes a tu hijo. Refiriéndose
al discípulo, y en el discípulo representados todos los discípulos
de Jesús de todos los tiempos. Jesús le dice a María: ahí tienes
a tu hijo. Y después Jesús se dirige al discípulo y le dice: ahí
tienes a tu Madre. Y dice el Evangelio, que el discípulo se llevó
a María a su casa a vivir con él. María es Madre de Jesús, nuestro
único y verdadero Salvador y María es Madre de los discípulos; María
es Madre de la Iglesia; de la congregación de los discípulos de Jesús
esa es su identidad.
Por eso, hermanos y hermanas, a nosotros nos
brota espontaneo el cariño y la confianza en María nuestra Madre,
porque hay una relación de verdadera intimidad, hay una relación de
gracia y salvación. Permítanme recordar las palabras de la primera
lectura, que la liturgia aplica a María, son palabras referidas a
la sabiduría, pero que la liturgia propiamente aplica a María en este
esquema litúrgico, dice: Yo soy la Madre del amor, y luego
estas palabras aplicadas a María: en mí está toda la gracia del
camino y de la verdad, toda esperanza de vida y de virtud. ¿Por
qué dice María estas palabras? porque Ella llevó en su seno, Ella
nos dio de su bendito seno la gracia de la salvación.
Fijémonos en las palabras que coinciden con
la identidad de Jesús ¿cómo se presenta Jesús? Yo soy el camino,
la verdad y la vida. Así se presenta Jesús y María en esta primera
lectura se nos presenta con estas palabras: en mí está la gracia
del camino. Yo soy el camino y de la verdad. yo soy
la verdad, toda esperanza de vida y de virtud, Yo soy la vid.
Jesús es el camino, la verdad y la vida, que se ha hecho
hombre, se ha hecho carne en el seno purísimo de María y Ella nos
lo ha entregado, como nuestro único y verdadero Salvador. María es
la portadora de la gracia, del camino, de la verdad y de la vida.
Venir a María es venir a Jesús; venir a María
y encontrarla es encontrar a Jesús; venir a María y amarla es amar
a Jesús; venir a María y confiarle a Ella nuestras cuitas es confiarle
a Jesús, nuestro único y verdadero Salvador, porque María nos recuerda:
en mí está toda la gracia, el don, el regalo de nuestra salvación
es Jesucristo el Hijo de Dios. Por eso dice María: en mí está
toda la gracia, porque Jesús es la plenitud de la gracia, el don
en plenitud, el don que el Padre nos ha regalado como garantía de
nuestra Salvación.
Estas verdades, hermanas y hermanos, de nuestra
fe conviene recordarlas, repasarlas; conviene tenerlas muy presentes
en nuestra vida cristiana ¿quién es María? ¿y qué lugar ocupa en nuestra
salvación? ¿quién es Jesús para nuestra fe, para nuestra vida cristina
y para nuestra salvación? Y como consecuencia del saber, de conocer
estas verdades nosotros con todo derecho y con toda razón le confiamos
a María todo lo que nos acontece: como una pena, como una enfermedad,
como una necesidad personal, familiar o comunitaria con toda verdad,
con todo derecho y con toda razón nosotros le confiamos a María nuestras
necesidades y nuestras peticiones.
Pero yo quisiera, hermanos y hermanas, que al
mismo tiempo que ponemos en María todas nuestras necesidades, la que
queramos, pensemos en esto en nuestra responsabilidad de discípulos
de Jesús. Nosotros discípulos de Jesús, hijos de María tenemos una
responsabilidad en la marcha de la vida y de la historia. No podemos
dejarle a María todo. No podemos dejarle a Jesús que nos resuelva
todo, nosotros sus discípulos iluminados por su gracia, fortalecidos
por su amor, nosotros discípulos de Jesús tenemos la responsabilidad
de construir nuestra sociedad y nuestra historia. Somos responsables
de lo que pasa en nuestro México, de lo que pasa en nuestra sociedad
y no basta lamentarnos, no basta confiar esas necesidades. Tenemos
que preguntarnos: ¿qué puedo hacer? ¿qué debo hacer? ¿qué me toca
hacer para que en la sociedad en la que yo vivo haya paz, haya verdad,
haya justicia? ¿qué me toca hacer a mí para crear relaciones de verdadera
fraternidad, para vencer todo egoísmo, para vencer todo abuso de la
dignidad de los demás? ¿qué me toca a mí hacer para crear relaciones
de verdadera fraternidad en mi entorno? ¿qué me toca hacer a mí para
expresar el respecto a la dignidad de cada persona y de toda persona?
¿cómo reconozco y respeto la dignidad de todos y de cada uno? o ¿cómo
estoy faltando a la dignidad al respeto que me merece la dignidad
de cada uno de mis hermanos y hermanas?
Los discípulos de Jesús, los hijos de María
tenemos derecho de confiar en su amor y tenemos derecho de manifestarle
todas nuestras necesidades y quejas, porque precisamente para ello
estableció su casa María para ser consuelo de todos los que habitan
en esta tierra. Tenemos derecho a presentarle nuestras penas, pero
al mismo tiempo tenemos un compromiso, un deber: somos corresponsales,
el desarrollo de mi vida humana, el desarrollo de los demás es una
vocación, es un llamado. Dios nos llama a la vida para que seamos
hijos dignos de Él y el desarrollo de nuestra dignidad y de la dignidad
de todos es una tarea que nosotros tenemos. Por ejemplo: no podemos
confiar y esperar todo en relación al bien de nuestra patria, no tenemos
derecho de esperar, que todo nos venga como respuesta y como solución
a nuestras necesidades. Por ejemplo: de las cumbres presidenciales.
Hay como en la psicología de nuestro pueblo,
de nuestra patria esto: a se reúnen los presidentes, celebran una
cumbre y todo se tiene que resolver, de ellos tiene que descender
la respuesta a todas las necesidades que tenemos como país. Esto es
falso, primero porque ellos no son mesías y segundo porque también
nosotros somos responsables. Nadie va a ser la tarea por nosotros.
Nadie va a ser por nosotros lo que nos toca a nosotros. Por eso le
decíamos a nuestro Padre Dios en la oración colecta: concede a
este pueblo que has puesto bajo la especial protección de Santa María
de Guadalupe, Madre de tu Hijo, concédele buscar el progreso de nuestra
patria, por caminos de justicia y de paz. Para que haya justicia
y para que haya paz en nuestra patria, todos y cada uno, todas y cada
una, todos en conjunto somos corresponsales.
Tenemos el consuelo y la garantía del amor misericordioso
de María, Madre de Jesucristo y Madre nuestra. Tenemos la garantía
y la seguridad del Espíritu de Jesús, que se nos participó por primera
vez en el Bautismo, después en nuestra Confirmación y se nos sigue
participando cada vez que celebramos los sacramentos de nuestra fe.
Tenemos por tanto la certeza y la seguridad del Espíritu de Jesús
para ser responsables, constructores, trabajadores del bien de nuestra
sociedad y de nuestra patria.
Hermanas, hermanos, junto con el pan y el vino
pongamos con toda confianza y con todo derecho lo que nosotros queremos
pedir. Pongamos junto con el pan y el vino todo lo que con todo derecho
nosotros queramos ofrecer y llevémonos junto con la certeza del amor
de nuestra Madre María de Guadalupe y de la gracia de su Hijo Jesucristo,
llevémonos el compromiso de trabajar por la transformación de nuestra
sociedad y nuestra patria.
Que así sea.