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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. José Francisco Robles Ortega, Arzobispo de la Arquidiócesis de Monterrey, en ocasión de la peregrinación de su arquidiócesis, a la Basílica de Guadalupe.

12 de agosto de 2009

Muy amados sacerdotes, muy queridos hermanos y hermanas, consagrados, religiosos, religiosas. Muy queridos hermanos y hermanas peregrinos a esta casa de la Madre Santísima de Jesús y Madre nuestra Santa María de Guadalupe.

Gracias a Dios tenemos la oportunidad de estar de nuevo un buen grupo de personas de las distintas parroquias de nuestra Arquidiócesis de Monterrey. Un buen número de sacerdotes, que representamos a la gran y hermosa familia de la Arquidiócesis de Monterrey. Nosotros tenemos la gracia, la dicha de estar aquí a las plantas de la Santísima Virgen, María de Guadalupe, pero no podemos olvidarnos de nuestra gran familia la Arquidiócesis de Monterrey.

Es cierto, como nos decían en las palabras de bienvenida, en Monterrey también tenemos una casita en la que amorosamente veneramos a la Santísima Virgen María de Guadalupe, pero es bueno también fomentar y expresar la unidad de nuestra fe; la unidad de nuestra patria y es importante, también, manifestar la comunión en la Iglesia, porque somos una sola Iglesia. Y esta es una manifestación de nuestro amor a Jesucristo, a su Santísima Madre, nuestra Madre, la Virgen María de Guadalupe. Una manifestación de amor y de pertenencia a su Iglesia y esta es también una manifestación de amor y de compromiso con nuestra patria y con todas sus regiones y con todos sus estados. Aquí estamos, pues, expresándonos como la única familia de los hijos de la Santísima Virgen de Guadalupe.

Hemos escuchado ya la Palabra de Dios, y lo primero que nos recuerda la Palabra de Dios, para que lo tengamos muy presente es la identidad de María ¿quién es María? ¿qué lugar ocupa María en la obra de nuestra salvación? Así escuchamos en la segunda lectura, que se nos dice: que cuando llegó la plenitud de los tiempos Dios nos envió a su Único Hijo Jesucristo, nacido de una mujer. Esta bendita mujer es María. María es la Madre de Jesucristo el Hijo Único de Dios esa es la identidad de María, es la Madre de Jesucristo. Por eso, también, escuchamos en el Evangelio: que Isabel saluda a María y en el saludo Isabel hace una confesión de fe. Dice Isabel: de dónde a mí que la Madre de mi Señor venga a verme. María es la Madre del Señor; es la Madre de Dios; de dios hecho Hombre; es la Madre de Jesucristo; por tanto, María ocupa un lugar especialísimo en la historia de nuestra salvación, por María nos vino a nosotros el Salvador del mundo. De María Dios Espíritu Santo tomó carne y sangre para que el Hijo de Dios se hiciera verdadero Hombre, como nosotros. Por María entró y vino al mundo la Salvación Jesucristo nuestro Señor. Esa es la identidad de María, por eso María ocupa un lugar especialísimo en nuestro amor y en nuestra fe cristiana.

Queda claro para nosotros, que María no es la salvadora; que María no es una divinidad junto a la divinidad eterna de Dios. Nos queda claro, que María es una creatura privilegiada hecha especial para que por Ella viniera a nosotros la Salvación. María es, pues, la Madre de Jesucristo, la Madre de nuestro Dios y Salvador. Pero la misión de María no concluye ahí, no termina con ser la Madre de Jesucristo nuestro Salvador; María es también nuestra Madre. Precisamente antes de morir Jesucristo, nuestro Señor, después de habernos dado todo y a punto de darse Él en plenitud muriendo por nosotros, Jesucristo, nuestro Señor, también nos dio a su Santísima Madre, como nuestra Madre y recordamos las palabras que Jesús le dirige a María, que está de pie junto a Jesús: Mujer ahí tienes a tu hijo. Refiriéndose al discípulo, y en el discípulo representados todos los discípulos de Jesús de todos los tiempos. Jesús le dice a María: ahí tienes a tu hijo. Y después Jesús se dirige al discípulo y le dice: ahí tienes a tu Madre. Y dice el Evangelio, que el discípulo se llevó a María a su casa a vivir con él. María es Madre de Jesús, nuestro único y verdadero Salvador y María es Madre de los discípulos; María es Madre de la Iglesia; de la congregación de los discípulos de Jesús esa es su identidad.

Por eso, hermanos y hermanas, a nosotros nos brota espontaneo el cariño y la confianza en María nuestra Madre, porque hay una relación de verdadera intimidad, hay una relación de gracia y salvación. Permítanme recordar las palabras de la primera lectura, que la liturgia aplica a María, son palabras referidas a la sabiduría, pero que la liturgia propiamente aplica a María en este esquema litúrgico, dice: Yo soy la Madre del amor, y luego estas palabras aplicadas a María: en mí está toda la gracia del camino y de la verdad, toda esperanza de vida y de virtud. ¿Por qué dice María estas palabras? porque Ella llevó en su seno, Ella nos dio de su bendito seno la gracia de la salvación.

Fijémonos en las palabras que coinciden con la identidad de Jesús ¿cómo se presenta Jesús? Yo soy el camino, la verdad y la vida. Así se presenta Jesús y María en esta primera lectura se nos presenta con estas palabras: en mí está la gracia del camino. Yo soy el camino y de la verdad. yo soy la verdad, toda esperanza de vida y de virtud, Yo soy la vid. Jesús es el camino, la verdad y la vida, que se ha hecho hombre, se ha hecho carne en el seno purísimo de María y Ella nos lo ha entregado, como nuestro único y verdadero Salvador. María es la portadora de la gracia, del camino, de la verdad y de la vida.

Venir a María es venir a Jesús; venir a María y encontrarla es encontrar a Jesús; venir a María y amarla es amar a Jesús; venir a María y confiarle a Ella nuestras cuitas es confiarle a Jesús, nuestro único y verdadero Salvador, porque María nos recuerda: en mí está toda la gracia, el don, el regalo de nuestra salvación es Jesucristo el Hijo de Dios. Por eso dice María: en mí está toda la gracia, porque Jesús es la plenitud de la gracia, el don en plenitud, el don que el Padre nos ha regalado como garantía de nuestra Salvación.

Estas verdades, hermanas y hermanos, de nuestra fe conviene recordarlas, repasarlas; conviene tenerlas muy presentes en nuestra vida cristiana ¿quién es María? ¿y qué lugar ocupa en nuestra salvación? ¿quién es Jesús para nuestra fe, para nuestra vida cristina y para nuestra salvación? Y como consecuencia del saber, de conocer estas verdades nosotros con todo derecho y con toda razón le confiamos a María todo lo que nos acontece: como una pena, como una enfermedad, como una necesidad personal, familiar o comunitaria con toda verdad, con todo derecho y con toda razón nosotros le confiamos a María nuestras necesidades y nuestras peticiones.

Pero yo quisiera, hermanos y hermanas, que al mismo tiempo que ponemos en María todas nuestras necesidades, la que queramos, pensemos en esto en nuestra responsabilidad de discípulos de Jesús. Nosotros discípulos de Jesús, hijos de María tenemos una responsabilidad en la marcha de la vida y de la historia. No podemos dejarle a María todo. No podemos dejarle a Jesús que nos resuelva todo, nosotros sus discípulos iluminados por su gracia, fortalecidos por su amor, nosotros discípulos de Jesús tenemos la responsabilidad de construir nuestra sociedad y nuestra historia. Somos responsables de lo que pasa en nuestro México, de lo que pasa en nuestra sociedad y no basta lamentarnos, no basta confiar esas necesidades. Tenemos que preguntarnos: ¿qué puedo hacer? ¿qué debo hacer? ¿qué me toca hacer para que en la sociedad en la que yo vivo haya paz, haya verdad, haya justicia? ¿qué me toca hacer a mí para crear relaciones de verdadera fraternidad, para vencer todo egoísmo, para vencer todo abuso de la dignidad de los demás? ¿qué me toca a mí hacer para crear relaciones de verdadera fraternidad en mi entorno? ¿qué me toca hacer a mí para expresar el respecto a la dignidad de cada persona y de toda persona? ¿cómo reconozco y respeto la dignidad de todos y de cada uno? o ¿cómo estoy faltando a la dignidad al respeto que me merece la dignidad de cada uno de mis hermanos y hermanas?

Los discípulos de Jesús, los hijos de María tenemos derecho de confiar en su amor y tenemos derecho de manifestarle todas nuestras necesidades y quejas, porque precisamente para ello estableció su casa María para ser consuelo de todos los que habitan en esta tierra. Tenemos derecho a presentarle nuestras penas, pero al mismo tiempo tenemos un compromiso, un deber: somos corresponsales, el desarrollo de mi vida humana, el desarrollo de los demás es una vocación, es un llamado. Dios nos llama a la vida para que seamos hijos dignos de Él y el desarrollo de nuestra dignidad y de la dignidad de todos es una tarea que nosotros tenemos. Por ejemplo: no podemos confiar y esperar todo en relación al bien de nuestra patria, no tenemos derecho de esperar, que todo nos venga como respuesta y como solución a nuestras necesidades. Por ejemplo: de las cumbres presidenciales.

Hay como en la psicología de nuestro pueblo, de nuestra patria esto: a se reúnen los presidentes, celebran una cumbre y todo se tiene que resolver, de ellos tiene que descender la respuesta a todas las necesidades que tenemos como país. Esto es falso, primero porque ellos no son mesías y segundo porque también nosotros somos responsables. Nadie va a ser la tarea por nosotros. Nadie va a ser por nosotros lo que nos toca a nosotros. Por eso le decíamos a nuestro Padre Dios en la oración colecta: concede a este pueblo que has puesto bajo la especial protección de Santa María de Guadalupe, Madre de tu Hijo, concédele buscar el progreso de nuestra patria, por caminos de justicia y de paz. Para que haya justicia y para que haya paz en nuestra patria, todos y cada uno, todas y cada una, todos en conjunto somos corresponsales.

Tenemos el consuelo y la garantía del amor misericordioso de María, Madre de Jesucristo y Madre nuestra. Tenemos la garantía y la seguridad del Espíritu de Jesús, que se nos participó por primera vez en el Bautismo, después en nuestra Confirmación y se nos sigue participando cada vez que celebramos los sacramentos de nuestra fe. Tenemos por tanto la certeza y la seguridad del Espíritu de Jesús para ser responsables, constructores, trabajadores del bien de nuestra sociedad y de nuestra patria.

Hermanas, hermanos, junto con el pan y el vino pongamos con toda confianza y con todo derecho lo que nosotros queremos pedir. Pongamos junto con el pan y el vino todo lo que con todo derecho nosotros queramos ofrecer y llevémonos junto con la certeza del amor de nuestra Madre María de Guadalupe y de la gracia de su Hijo Jesucristo, llevémonos el compromiso de trabajar por la transformación de nuestra sociedad y nuestra patria.

Que así sea.
 
 
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