11 de octubre de 2009
Muy
queridos hermanos sacerdotes, muy querido señor Diego, Monseñor Diego.
Muy queridos fieles cristianos y peregrinos. Hoy domingo 11 de octubre
del 2009 la Arquidiócesis de Morelia viene en peregrinación a la Basílica
de Guadalupe, para rendir homenaje a la Santísima Virgen María de
Guadalupe, Madre de Dios por quien se vive.
Virgen
Santísima de Guadalupe, aquí estamos como cada año tus hijos de la
Arquidiócesis de Morelia, representantes de una comunidad diocesana
muy grande, que te ama como a su Niña y Señora a lo largo y lo ancho
de su geografía eclesial; en sus parroquias y comunidades; en sus
hogares y familias; en sus templos dedicados a ti; en sus iglesias
y en su gran seminario; en sus conventos y monasterios.
Hemos
recorrido un grande camino por la sierra, por el Bajío, por los valles
y las colinas, trayendo para Ti nuestras artesanías, los frutos de
nuestra tierra. El precio de nuestro trabajo, los sudores de nuestra
frente y el desgaste de nuestros pies cansados, pero sobretodo el
amor de nuestros corazones, que cada día se ensanchan más y se dilatan
con tu amor de Madre y Señora. A nuestro paso por las comunidades,
hemos recibido la hospitalidad y el cariño de muchos hermanos y hermanas,
que nos sustentaban con sus mejores y más típicos platillos. Que nos
acogían en sus hogares, como en nuestra propia casa. Que se unían
a nuestras intenciones en la celebración de la Santa Misa y en nuestras
oraciones de Laudes y Vísperas, así como el Santo Rosario. Con el
paso de los días, Señora y Niña nuestra, fuimos poco a poco realizando
la peregrinación interior en la que Tú nos presediste con tu visitación
al Tepeyac. Fuimos poco a poco ayudados por nuestros pastores meditando
sobre la obediencia de la fe. La fidelidad al seguimiento de tu Hijo,
fuimos asumiendo la cruz incluso de nuestro cansancio y fatiga. Suplicando
la misericordia de Dios nuestro Padre, purificando nuestros corazones.
El
día de hoy gozosos, como cruzados, romeros y peregrinos de todos los
siglos nos hemos encontrado aquí en tu casita santa y nos hemos visto
como hermanos, contemplando el rostro de tu hijo en cada uno. Gracias
a que Tú nos abrazas a todos y cada uno en el hueco de tus manos y
en el cruce de tus brazos.
Muy
queridos peregrinos bienvenidos de la Basílica en el nombre del Señor
y su Santísima Madre, en el nombre del Señor Arzobispo de Morelia,
del señor Octavio y del mío propio. Gracias a Dios, gracias a María
canta el pueblo de Dios, que nos ha dado licencia de llegar a este
día:
desde
el cielo, una hermosa mañana,
desde
el cielo una hermosa mañana
la
Guadalupana, la Guadalupana
bajo
al Tepeyac.
Este
es nuestro himno y nuestro canto, nuestros maitines y nuestro Pregón
Pascual. Muy de madrugada, Jesús resucitado, se nos aparece y nos
dice, a Ella y a nosotros: ahí tienes a tus hijos, ahí tienen a
su Madre. La liturgia de este XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario
en la liturgia nos regala en la primera lectura un texto maravilloso
del Libro de la Sabiduría, este libro que como bien sabemos la Iglesia
frecuentemente aplica a la Santísima Virgen, Madre de Dios. Así recordamos
el texto del 12 de diciembre: Yo soy la Madre del amor, del temor
y de la santa esperanza. Ahora en el capítulo séptimo, que hemos
escuchado, recibimos el anuncio del espíritu de sabiduría, que nos
recuerda uno de los siete dones del Espíritu que posó sobre la Santísima
Virgen el día de la Anunciación. En comparación de Él todo el oro
es como arena; toda la plata es lodo en comparación de la sabiduría,
del don de la sabiduría. En este momento de intimidad y de ternura
no nos cambiamos por nadie, nos sentimos pueblo de reyes, nos sentimos
como niños en brazos de su Madre. No pretendemos grandezas, ni riquezas
humanas. Los últimos versículos de esta primera lectura parecen una
descripción, como la que nos dejó el santo Juan Diego en su Kerigma
Guadalupano: una mujer de sobre humana belleza, rodeada de sol y de
luz, con un resplandor, como de piedras preciosas. Hoy hacemos esta
confesión de fe, todos los bienes nos vinieron con Ella: tus manos
María nos trajeron riquezas incontables.
En
el mismo Espíritu sapiencial, queridos hermanos peregrinos, la Carta
a los Hebreos nos invita a meditar en la Palabra de Dios penetrante,
como espada de dos filos. La espada que atravesará tu alma,
se le dijo a la Virgen María. Esta palabra, es la palabra de sabiduría,
que nos da la posibilidad de juzgar bien en las cosas grandes y pequeñas,
que es el factor principal de nuestra identificación con Cristo en
el pensamiento y en las obras, que imprime el ritmo de nuestra oración
y de nuestra acción. Es la Palabra que se hizo carne en el seno de
la Virgen María y que resonó desde Galilea hasta Judea en parábolas,
en discursos y sermones, en catequesis y admirables enseñanzas. Es
la Palabra que María guardó en su corazón, meditó asiduamente, fielmente
conservó y en forma constante fue coherente con ella hasta el fin.
Hermanos
peregrinos, debemos ser fieles a la Palabra del Evangelio y a la Palabra
de la Virgen de Guadalupe, que nos vino a traducir la Palabra de Dios
y a entregar todo lo que Ella a su vez recibió la Buena Nueva del
amor del Padre por la gente sencilla. El camino de la felicidad, para
los limpios de corazón y los misericordiosos. La excelencia del mandamiento
de la caridad, como distintivo de todo cristiano. La bienaventuranza
para los que ponen en práctica la Palabra. María hizo de la Palabra
su hogar, que esa Palabra habite en nuestros corazones, para que demos
frutos abundantes de esta peregrinación. Que haga de nuestras familias
un templo y un santuario para que permanezcan unidas, para que los
esposos sean fieles, para que los hijos e hijas se amen de corazón.
Que sepamos ser heraldos y profetas de esta Palabra en el espíritu
de la Misión Continental, que a todos nos tiene que transformar en
discípulos y misioneros, para que nuestros pueblos, nuestras ciudades,
nuestros barrios y nuestras comunidades en Él tengan la vida. Que
esta peregrinación deje huella en todos y en cada uno de nosotros
y en nuestro alrededor.
Muy
queridos hermanos y hermanas, también los que nos acompañan en esta
Eucaristía, de esta gran ciudad o de otras partes. El Evangelio de
hoy es una joya para todos y para cuantos buscamos el camino del bien,
el camino de la verdad, el camino de la vida.
¿Qué
tenemos que hacer para conseguir el camino, la verdad y la vida? valores
sin los cuales no podemos vivir ni individualmente, ni en sociedad.
Jesús, el Buen Maestro, nos indica el camino de los mandamientos de
la ley de Dios, que son ahora mandamientos de Dios Padre. No del dios
del Sinaí, ni de ningún otro dios, con minúscula. Los mandamientos
son un reconocimiento de la majestad del Señor, una loable veneración
de los padres y los ancianos, un maravilloso código de derechos humanos
y un pronunciamiento sin igual de la dignidad del hombre, de la mujer,
de la familia, del matrimonio. Pero todo esto no basta, algo nos falta.
Responder a la mirada de amor y de su Madre Santísima y seguirle con
todo nuestro corazón, pues, nadie que haya dejado casa o hermanos
o hermanas, padre o madre, hijos o tierras, por mí, por el Evangelio
dejará de recibir en esta vida el ciento por uno y en el otro mundo
la vida eterna. ¿Qué hemos de hacer para conseguir la vida eterna?
También, María nos da su respuesta: hagan lo que Él les diga.
Este
año nuestra peregrinación a la Basílica tiene especiales motivos:
en primer lugar es un año sacerdotal, dedicado por el Papa Benedicto
XVI al santo Cura de Ars, quien escribió estas palabras sobre la Virgen
María: yo la amé antes de conocerla, es mi más viejo y querido amor
y el Padre del Cielo se goza en mirarla, como la obra de arte más
hermosa salida de sus manos. El corazón de esta buena Madre no es
más que amor y misericordia. Ella nos quiere felices y alegres, sólo
basta mirarla para tener la certeza de ser escuchados. Aunque seamos
pecadores Ella siempre tiene para nosotros palabras de compasión y
ternura. No se entra a una casa, dice el santo, sin hablar con
el conserje. Pues, bien la Santísima Virgen es la puerta del cielo.
El otro motivo muy grande es que estamos a punto de celebrar el año
del Bicentenario de la Independencia de nuestra patria. Los cristianos
no podemos olvidarnos de nuestra condición de cuídanos, de nuestra
patria mexicana. México es una Nación privilegiada y hasta cierto
punto predestinada, pero nuestra historia está hecha de epopeyas gloriosas
y también de épocas de grande confusiones y olvidos de valores muy
grandes. La Virgen de Guadalupe fue el estandarte, que el padre de
la patria asumió para iniciar la marcha así la libertad y, también,
fue uno de los principales sentimientos con que el Siervo de la Nación
modelo el alma y el corazón de cada patriota. Seamos fieles a nuestros
orígenes y a nuestros héroes.
¡Qué
viva la Virgen de Guadalupe!
¡Viva
la Virgen de Guadalupe!
¡Viva
la Virgen de Guadalupe!