9 de febrero de 2009
Muy
estimados hermanos sacerdotes, fieles laicos, sean bienvenidos
a este lugar santo, santuario por excelencia de nuestra
madre santísima, la virgen María, en su advocación de Guadalupe.
Nos
encontramos reunidos, como cada año a los pies de nuestra
Santísima Madre la Virgen de Guadalupe, para tributarle
como Diócesis de Chilpancingo-Chilapa nuestro respeto y
amor filial, y para rogarle encarecidamente que interceda
por nosotros, aquí presentes, como por nuestra comunidad
diocesana ante su Hijo Nuestro Señor Jesucristo. Siempre
es reconfortante y motivo de alegría saber que caminamos
por la vida custodiados por el amor inmenso de María, a
quien Cristo mismo colgado de la Cruz nos dejó como Madre.
Las dificultades del tiempo presente serán vencidas con
su ejemplo de sumisión a la voluntad de Dios, con su "Hágase
en mí según su palabra" Lc 1, 38, Y con su poderosa
intercesión a nuestro favor.
Nuestra
Diócesis se encuentra en un momento particularmente significativo,
que es la preparación del CL (150) aniversario de su erección
canónica, que como bien sabemos, en ese entonces comprendía
gran parte del actual territorio del Estado de Guerrero.
Fue fundada por su santidad Pío IX, el 26 de enero de 1862,
mediante la Bula Grave Nimis. Se iniciaba entonces una nueva
etapa en las tierras del Sur y hoy queremos retomar ese
vigor inicial para prepararnos durante estos 3 años previos
al 2012, intensificando la evangelización en tres comisiones
de la pastoral diocesana.
En
el año 2009, en el cual nos encontramos, tendrá especial
atención la Comisión de Familia, Juventud y laicos. La Familia
porque es la célula base de la sociedad, la primera escuela
donde toda persona recibe los valores que habrán de marcar
su pensamiento y actuación durante toda su vida. Las familias
de nuestra Diócesis, aunque poseedoras de muchos valores,
padecen muchos males, como por ejemplo: la desintegración,
la migración de uno o varios de sus miembros, la búsqueda
desordenada de los bienes materiales, la creciente aceptación
de la práctica del aborto, infidelidad conyugal, divorcio,
el aumento de las uniones libres, el matrimonio a prueba,
etc.
Ante
esta situación alarmante que nos cuestiona, la actividad
pastoral diocesana debe propiciar que la familia sea evangelizada
y evangelizadora de sí misma y de otras familias, que sea
verdadera escuela de formación en los valores humanos y
cristianos. Busquemos pues que la celebración del matrimonio
cristiano tenga preparación remota y próxima y que a los
matrimonios constituidos se les dé la catequesis conveniente
a su estado de vida. Debemos todos impulsar y promover la
educación integral de los miembros de la familia a través
de centros parroquiales y diocesanos para ese fin. Para
la celebración de la Misa dominical, invitemos a los fieles
laicos a que acudan en familia al culto divino y que hagan
de la Sagrada Escritura el centro de su estudio y meditación
cristiana.
Habrá
también una opción preferencial por los jóvenes dando un
nuevo impulso a la pastoral juvenil en todas las parroquias
para propiciarles un encuentro personal con Jesucristo vivo,
en la oración, en la Sagrada Escritura, en los santos sacramentos,
especialmente en la Eucaristía, y en el prójimo, preferentemente
en los pobres y los que sufren, tal como expuso el Papa
Juan Pablo II de felicísima memoria en el documento Iglesia
en América. Cristo les hará descubrir serena y verdaderamente
su vocación específica: el sacerdocio, la vida consagrada,
el matrimonio o la vida celibataria. Durante el proceso
de acompañamiento vocacional se irá introduciendo la práctica
de la dirección espiritual y el apostolado juvenil, de modo
que el evangelio del Señor llegue a los jóvenes a través
de los jóvenes.
En
relación al laicado, urge una animación para que renueven
su carisma original de acuerdo al grupo al que pertenezcan.
Entendemos que no basta la entrega generosa de cada sacerdote
y del obispo diocesano, se requiere que todos los laicos
se sientan corresponsables en la formación de discípulos
misioneros de Jesucristo. De modo que todos con el ánimo
del Apóstol de las gentes pudiéramos decir: No tengo por
qué presumir de predicar el Evangelio, puesto que esa es
mi obligación. Ay de mí, si no anuncio el Evangelio"
(1 Cor 9,16), tal como nos lo propuso la 2ª lectura de la
liturgia de ayer domingo.
Una
parroquia promovida suscita a muchas personas que prestan
servicios y acrecienta los ministerios. La formación del
laicado es una necesidad urgente que en repetidas ocasiones
la señala nuestro Plan Diocesano de Pastoral. Esto es, en
pocas palabras lo que ya estamos haciendo y continuaremos
realizando en este año 2009.
El
año 2010 será dedicado a Vocaciones y Ministerios, buscando
que las comunidades parroquiales se concienticen y valoren
las vocaciones como don de Dios, mediante espacios de constante
discernimiento para que toda persona se dignifique en la
respuesta específica de su llamado y asuma con alegría su
misión. Nos interesa mucho, hermanos, promover las vocaciones
sacerdotales; ya que el número de sacerdotes en nuestra
diócesis es mínimo en relación a la extensión territorial
y el número de habitantes a los que debemos atender. Quiera
Dios que todos nos convirtamos en promotores de las vocaciones
sacerdotales.
El
año 2011 se dedicará, de manera preferente, no exclusiva,
como las anteriores, a la Pastoral de la Comunicación. Los
medios de comunicación, prensa, radio y televisión son llamados
"los nuevos areópagos". El uso de estos nuevos
areópagos nace de la exigencia de fidelidad al mandato de
Cristo de anunciar el Evangelio a todo el mundo y a todas
las culturas. La enorme influencia que ejercen los medios
de comunicación social es un hecho innegable; un mayor y
mejor uso de ellos promoverá a nuestra iglesia particular
para estar de acorde a los nuevos tiempos y para que el
mensaje de salvación llegue cada vez a más personas.
Finalmente,
no podemos dejar de recordar en este Santuario por excelencia
de la Virgen María de Guadalupe, a tantos testigos de la
fe que peregrinaron por los mismos lugares por donde ahora
nosotros lo hacemos, a Mons. Ramón Ibarra y González, a
Mons. Leopoldo Díaz Escudero, a los PP. Constantino Arizmendi
y Tomás Herrera, a san David Uribe Velasco, a san Margarito
Flores García y a muchos más sacerdotes y laicos quienes,
aunque no han sido declarados públicamente santos, sí han
dejado huella palpable de una fe sólida y de una entrega
generosa al servicio de Dios y de sus hermanos.
A
todos ellos, pero muy especialmente a nuestra querida Mamá
del cielo, la Virgen María en su advocación de Guadalupe,
nos confiamos para que rueguen e intercedan en el cielo
por nuestra querida diócesis de Chilpancingo-Chilapa, por
cada unos de nosotros que peregrinamos hasta aquí donde
ella quiso quedarse para oír la súplicas y necesidades de
sus hijos, y por todos nuestros familiares y amigos, vivos
y difuntos.
Madre
María, mira el corazón de tus hijos que están ante tus ojos
bonitos, venimos a visitarte como cada año, para decirte
que te queremos muchísimo, a decirte GRACIAS por tu sí generoso
para ser la Madre del Dios por quien se vive, a decirte
que queremos seguir tu indicación, de hacer lo que Él nos
diga. Nunca, ni en la vida ni en la muerte nos desampares.
En tus manos ponemos los proyectos de nuestra diócesis,
preséntalos ante Dios y dales puntual seguimiento. Gracias
por todo bendita Madre de Dios y madre nuestra.