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Homilía
pronunciada por Mons. Teodoro Enrique Pino Miranda, Obispo de la Diócesis de Huajuapan de León, Oaxaca, en ocasión de la peregrinación de su diócesis, a la Basílica de Guadalupe.

15 de abril de 2009

"Este es el dio del triunfo del Señor, dio de júbilo y de gozo" dos son los grandes motivos por los cuales cantamos el aleluya propio de esta celebración Litúrgica: la celebración de la Pascua que nos introduce de lleno en el misterio de Jesús Resucitado, triunfador de la muerte y sembrador de esperanza en la humanidad y la oportunidad de que nuestra Diócesis, como lo ha sido por largos años se hace presente en su peregrinación anual para honrar a nuestra Madre la Santísima Virgen de Guadalupe en su templo, de donde distribuye sus gracias y bendiciones, de las cuales nosotros somos destinatarios y a la vez portadores para todos los fieles de la Diócesis de Huajuapan de León, Oaxaca.

La peregrinación en sí mismo revela un contenido, un contenido teológico que expresa de una manera concreta el caminar de la humanidad. ¿Hacia dónde camina nuestro pueblo? Si es propio de la naturaleza humana el sentido de búsqueda, la meta puede ser visualizada con los elementos que nos han sido revelados y con la sinceridad del que busca la verdad. Para muchos, no podemos olvidar, la "vida sin sentido" no tiene un objetivo, una finalidad, ya que se vida se mueve en un terreno cenegoso, pero para los que han puesto su esperanza en el Señor el camino no solo se contempla firme, sino que en él se puede avanzar, aunque las contrariedades y dificultades sean grandes.

No venimos con los ojos cerrados en esta peregrinación, sino con la mirada tierna para contemplar a nuestra Madre, que también ella se ha hecho peregrina, como el ejemplo mas concreta de inculturación evangélica, como se ha indicado en muchos documentos de nuestra Iglesia. Por la milagrosa imagen se han posado millones de miradas y muchos corazones se han convertido ante este medio evangelizador que nos orgullece como mexicanos. Por eso no podemos faltar a la cita en el feliz intercambio de poner en sus manos nuestras miserias para recoger la sabiduría y los tesoros que encierra una Madre para sus hijos.

Nuestra historia es testigo de lo que aquí aconteció y a la vez el presente es una nueva página que vamos escribiendo y madurando ante las nuevas situaciones que vive nuestro pueblo. Hoy, que tanto se ha hablado de la unión de nuestro pueblo, no podemos olvidar el acontecimiento guadalupano, en donde el fruto mas elocuente se manifiesta en la unión de dos pueblos, en donde se sembraron las semillas del mestizaje para dar origen a una nueva nación, pero conservar esta unión es trabajo que cada generación debe de emprender y consolidar como bien lo había expresado su santidad León XIII en 1894: "vosotros mismos reconocéis que la autora y conservadora de esta unión es la misma bondadosísima Madre de Dios, que se venera bajo la advocación de Guadalupe, por eso, con grande amor y por medio de vosotros, exhortamos a la Nación mexicana a que conserve su devoción y su amor como la más pura de sus glorias, y el manantial de los más preciosos bienes. Ante todo la fe católica, sobre la que en verdad nada hay más excelente, pero en estos tiempos nada más combativo, tened por cierto y seguro que vivirá inquebrantable y firme en vosotros mientras dure constante esa misma piedad, digna de vuestros antepasados"

Han pasado ya más de cuarenta años del Concilio Vaticano II, pero en sus documentos podemos todavía beber la frescura que emana de la fuente de la Palabra de Dios, como nos lo dice GS 4 "Es deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los signos de la época e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que, acomodándose a cada generación, pueda la Iglesia responder a los perennes interrogantes de la humanidad, sobre el sentido de la vida presente y de la vida futura y de la mutua relación de ambos".

Hoy la Palabra de Dios nos envuelve en el misterio de la Resurrección. Son Pedro y Juan los testigos de aquel enfermo que a la entrada del templo les pide una limosna, y Pedro le dice: "no tengo oro ni plata, pero te voy a dar lo que tengo: en el nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y camina" Un gesto de tal naturaleza nos introduce de lleno en la misión que Cristo ha mandado a su Iglesia. Bien sabemos que en el proyecto evangelizador, el cometido es anunciar a Jesucristo para que los pueblos en él tengan vida, como nos lo expresa el Documento de Aparecida.

Nuestra Madre Santísima de Guadalupe a la vez llegó a nuestras tierras, utilizando un método evangelizador que pudiéramos concretizar y trazar en estas pocas líneas: la encarnación en la cultura, la sola imagen suscito en entre los que la veían un movimiento hacia el encuentro con ella que se identifica con el pueblo y ella hablaba a la vez de la necesidad del encuentro con su Hijo Jesucristo ... su mensaje corrió a la vez por este mismo sentido, adaptado a los oyentes, elige a los humildes: "Juan Diego desde su "pequeñez" realizará el gran encargo de la Señora que está empeñada en convertirlo en mensajero; él es el más indicado para transmitir su mensaje en clave náhuatl, suscita la confianza: es pequeño, pero es elegido como el embajador de la Virgen, digno de credibilidad y confianza; anima a la esperanza, no está todo perdido en su pueblo, sino que debe de mirar el futuro con esperanza, promueve la superación, el mensaje tiene un colorido especial que bien fue entendido por los evangelizadores: promover a las personas en todos sus aspectos, es decir de una manera integral, siendo artífices de su propio destino.

Este método compagina plenamente en la búsqueda que la Iglesia realiza para responder a los nuevos interrogantes de los hombres de hoy... ¿acaso no se pide a toda la Iglesia una encarnación plena a la realidad para i1uminarla desde dentro? Esto implica que la misma Iglesia no se sitúe al margen o dé la espalda, sino que penetre hasta el centro de donde se genera la cultura, permitiendo que el Evangelio sea la vez comprensible en el lenguaje propio de nuestros tiempo. Una y otra vez se ha venido hablando de la opción por los pobres, que necesitan ser incorporados a las nuevas realidades y la Iglesia está llamada a ejercer un papel preponderante en el camino de los pobres, animándolos a la esperanza, pero haciéndoles sentir que el Evangelio es promoción, es superación. Los métodos evangelizadores que hoy se proponen deben por lo mismo inspirarse en la presencia evangelizadora de nuestra Madre Santísima en nuestras tierras.

Nos cuenta además el Evangelio el episodio de los discípulos de Emaús. Un episodio que una y otra vez se repite y en donde podemos ver en los rostros de aquellos dos amigos la desilusión, que nos les permite ver el rostro de Jesús que los acompaña y dialoga, hasta que cae la noche y en torno a la mesa de la fracción del pan lo reconocen.

En la peregrinación del mundo, algo semejante nos acontece: la verdad de la Resurrección de pronto se ve ofuscada por un sinnúmero de expresiones y realidades que vive nuestro pueblo. Si Cristo está vivo y nos acompaña ¿por qué entonces no logramos ver su rostro? De aquí surge el compromiso de ser testigos de esta verdad en donde la Palabra ilumina y en donde el Sacramento revitaliza. La Misión Continental que estamos viviendo, quiere más que todo ser una respuesta ante los grandes acontecimientos, porque una Iglesia replegada sobre si mismo desdice de su condición de misionera.

Nosotros como Iglesia Diocesana no hemos sumado ya a este gran acontecimiento que vive Latinoamérica: evangelizar el corazón de la cultura, promoviendo un encuentro con Cristo vivo en cada uno de los Agentes, teniendo siempre en nuestra mirada el círculo de los marginados y aún de los no creyentes. Sabemos que la tarea no es fácil y por eso nos preparamos y nos formamos desde la iniciación cristiana como una experiencia de encuentro con el Señor. La permanencia de esta misión nos invita a la vez a trazar estrategias evangelizadoras que nos permitan ir al encuentro de nuestros hermanos, pero a la vez acompañarlos, rescatando de todos los bautizados su ser y su quehacer misionero, que nos permita hablar a nuestro pueblo y a la vez levantarlo de los innumerables vacíos en donde se encuentra, en donde prevalece la pobreza, la marginación y lo más doloroso de nuestra contemplación el estado de injusticia y de falta de oportunidades.

Es por eso que hoy hemos querido venir a los pies de nuestra Madre, para nutrimos de la fuerza que viene de lo alto. Un mañana sin Cristo ni María es un mañana oscuro. Su luz nos abre a la esperanza y su presencia siempre viva nos fortalece. Que nuestro corazón no solo deje escapar los mejores sentimientos, sino que nos comprometa a trabajar con decisión y valentía en la región que hoy representamos y que siempre espera un mañana mejor, que aglutine nuestros esfuerzos y haga operante una acción evangelizadora que promueva verdaderamente al pueblo.

Te saludamos María y te expresamos ese amor que siempre te hemos tenido.

 
 
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