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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Juan Pedro Juárez Meléndez, Obispo de la Diócesis de Tula, en ocasión de la peregrinación de su diócesis, a la Basílica de Guadalupe.

17 de enero de 2009

En el marco del VI Encuentro Mundial de las Familias, que se celebra aquí en la Ciudad de México desde el día 14 al 18 de enero.

Con inmenso gozo en el Señor saludo a mis hermanos y amigos en el episcopado, a su Excelencia Monseñor Jaca, Obispo de Caxito en Angola. Allí en esa diócesis se encuentra el Padre Raúl Pérez, sacerdote de la Diócesis de Tula. A su Excelencia Roberto Domínguez Couttolenc, Obispo de Tlapa. Saludo, también, a mis hermanos sacerdotes, mis más cercanos colaboradores, a mis hermanas religiosas siempre dispuestas al servicio por el Reino de Dios, a los seminaristas, futuro y esperanza de nuestra diócesis, y a todos los fieles cristianos, que con alegría han venido en peregrinación a las plantas de nuestra Madre Santísima de Guadalupe.

Entre las manifestaciones más características de nuestra religiosidad popular, están nuestras peregrinaciones de los fieles a los santuarios. Hoy con muchos sacrificios los que han venido a pie y con un clima bastante frío, pero con el corazón lleno de calor y de amor. Hemos venido como pueblo de Dios que peregrina en Tula a la casita de todos en el Tepeyac para encontrarnos una vez más con nuestra Madre del Cielo, nuestra Señora de Guadalupe. Toda peregrinación tiene un sentido escatológico, es decir; todos en esta vida somos peregrinos hacia la casa eterna del Padre. Nuestra morada definitiva no está aquí sino en la patria celestial. Toda peregrinación, también, es un camino de conversión, es la oportunidad de convertirse a Dios y de alejarse del pecado, es un momento ideal de cambiar de vida orientándola a Dios de manera más decidida. Por la peregrinación, también, le damos culto a Dios en un ambiente de fiesta. Venimos a alabar y adorar al Señor por medio de María, por su santidad y su bondad. Venimos a darle gracias por sus dones recibidos. Venimos a implorar las gracias necesarias para la vida y también a pedir perdón por los pecados cometidos.

Muchos han venido a cumplir con algún voto o alguna promesa hecha a la Virgen María. Por gracia de Dios, por segunda ocasión, después de mi llegada a la Diócesis de Tula, tengo la dicha de presidir esta solemne concelebración con todos mis hermanos sacerdotes y con todos ustedes, pueblo de Dios, que desde hace 48 años peregrina en el Valle del Mezquital, una de la cultura ñañú.

Hoy venimos antes ti Madre Santísima, como en otros años, con la confianza de hijos e hijas que necesitan de tu mirada tierna y amorosa y de tu intercesión. Sabemos que tú eres la Madre del Señor por quien se vive Madre del amor y de la dulce esperanza. Muchas cosas nos agobian en Tula y en nuestra patria. La pobreza extrema de muchos hermanos nuestros, que no tienen lo indispensable para vivir. La violencia generalizada, que está desestabilizando la paz y la seguridad social de nuestras familias y de nuestras comunidades. El creciente desempleo, que golpea fuertemente la economía familiar y que se desborda en frecuentes robos y asaltos. El crimen organizado, que comienza a llegar a nuestras pequeñas ciudades, amedrentando a la gente que honestamente se gana el pan de cada día. La creciente migración en la mayor parte de las comunidades nuestra diócesis. Situación que tiende a agravarse por el retorno de un buen número de hermanos que son deportados o que regresan por no tener oportunidad de empleo. La preocupante situación de nuestros hermanos indígenas a quienes todavía no se les reconoce los derechos y cada día están perdiendo sus raíces y su identidad cultural comenzando con su propio idioma y con sus usos y costumbres. El grave problema ecológico, tanto en Tula y sus alrededores, como en el Valle del Mezquital donde desde hace 40 años descargan las aguas negras del D.F., así como la presencia de la refinería y la termoeléctrica de Tula, las cementeras y otras industrias, que han ocasionado una fuerte contaminación de agua, aire y tierra. Problema que amenaza seriamente otras zonas de nuestra diócesis: Zimapan ante la presencia del confinamiento de residuos tóxicos peligrosos. A nivel religioso, también, hay situaciones, que reclaman con urgencia nuestra respuesta: el creciente securalismo, no sólo en el ambiente urbano, sino también en el rural y que se manifiesta no en la negación de Dios de palabra, sino en el modo de vivir como si Dios no existiera. Situación más preocupante en las nuevas generaciones. El avance silencioso de las sectas que aprovechan todos los vacíos pastorales, que vamos dejando y sobretodo la poca o nula formación de nuestros fieles. Ante ello el conocimiento de la Palabra de Dios leída y estudiada por todos, además de ser una fuente del crecimiento y madurez de la vida cristiana sería la mejor respuesta.

La crisis por la que atraviesa la familia, que en muchos casos ha dejado de ser la escuela de la fe y la palestra de los valores humanos y cristianos con repercusiones muy fuertes en la falta de educación de los hijos, pero también en cuanto semillero de donde provienen las vocaciones sacerdotales, religiosas, misioneras y el apostolado laical. No podemos olvidar el gran número de fieles que han dejado de vivir su fe por muy diversos motivos y que están alejados de la Iglesia habrá que añadir a ello el gran porcentaje de indiferentes a quienes la fe no les dice nada a su estilo y modo de vivir.

A la Madre se le presentan las alegrías, pero se confían, también, las preocupaciones, como lo hacemos hoy, seguros de encontrar en Ella fortaleza para no abatirnos y apoyo para seguir adelante. Como un hijo eleva sus ojos al rostro de su mamá y viéndolo sonriente olvida todo miedo y dolor. Así nosotros volvemos hoy nuestra mirada a ti Madre Santísima, reconocemos en ti la sonrisa de Dios, el reflejo inmaculado de la luz divina. Encontramos en ti nueva esperanza para afrontar los problemas y dramas del mundo en que vivimos. En comunión con la Iglesia del Continente el pasado 17 de agosto en Quito, Ecuador, hizo la Solemne Apertura de la Gran Misión y en comunión con la Conferencia del Episcopado Mexicano, que de manera solemne, también, hizo la apertura de la Gran Misión Continental en México el pasado 10 de noviembre, aquí en la Villa de Guadalupe. Esperamos, que la Misión Continental en la diócesis sea ocasión de descubrir y fortalecer la vocación misionera de todos los fieles cristianos, recomenzando desde Cristo para vivir en permanente estado de misión y atraer a los que han abandonado la fe a los alejados y a los no creyentes.

Hoy quisiéramos poner bajo tu bondadosa mirada el proyecto de la Misión Continental y la celebración de los 50 años de la Diócesis de Tula. Creemos que todo esto será un motivo para mirar con agradecimiento el pasado y vivir el presente con pasión y renovado entusiasmo y preparar el futuro con gran esperanza. Deseamos, también, lograr una experiencia profunda, personal y comunitaria con Jesucristo vivo, que nos lleve a la conversión para ser auténticos discípulos misioneros testigos creíbles del reino. Para ello necesitamos revitalizar el encuentro con Cristo vivo y fortalecer el sentido de pertenencia eclesial a partir del kerigma e iniciación cristiana para que los bautizados pasen de evangelizados a evangelizadores. Desde la misión permanente queremos impulsar y dinamizar el Jubileo Diocesano para redescubrir las raíces de la diócesis, preferencialmente en los pobres y los indígenas, iniciando una nueva etapa como iglesia discípula y misionera.

Por último o Virgen Inmaculada antes de regresar a nuestra tierra quisiera confiarte especialmente a los pequeños de nuestra diócesis, a los niños sobretodo y especialmente a aquellos gravemente enfermos, a los desfavorecidos y a quienes sufren las consecuencias de situaciones familiares duras.

Te confío, oh María, a los ancianos solos, a los enfermos, a los inmigrantes de nuestros pueblos, que se encuentran lejos de sus seres queridos. A las familias que luchan por sobrevivir y a las familias que no encuentran trabajo o que lo han perdido. Enséñanos, María, a construir una patria mejor por caminos de justicia, de amor y de paz. Tú nos ayudas a creer con más confianza en el bien, apostar por la gratuidad, por la solidaridad, por el servicio, por la no violencia, por la fuerza de la verdad. Nos aminas a permanecer despiertos, a no ceder a la tentación de evasiones fáciles. A afrontar la realidad con sus problemas con valor y responsabilidad. Sé Madre amorosa para nuestros jóvenes y para nuestros indígenas. Danos tu fuerza y tu gracia para que todos los cristianos católicos que peregrinamos en Tula, acogiendo la Palabra de Dios con un corazón generoso y humilde lo pongamos en práctica con constancia y seamos fieles testigos, discípulos y misioneros de Jesucristo en todos los ambientes de nuestra vida.

¡Virgen Santísima de Guadalupe, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros!

 
 
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