12 de septiembre de 2009
Saludo
con cariño y gratitud a mis hermanos sacerdotes y cada una y uno de
ustedes. Muy queridos hermanos laicos, y también, muy queridas hermanas
religiosas y seminaristas.
¿A
qué hemos venido? Creo yo que las circunstancias, que durante un año,
y en ellas hemos vivido y pasado el tiempo posiblemente a muchos de
nosotros han dejado en nuestro corazón, tal vez resequedad, tal vez
un sentimiento de soledad.
Hoy
hemos venido a la casa de nuestra Madre. Hoy hemos venido a escucharle,
cierto, en su mensaje, en su primer mensaje, que hace saber a Juan
Diego, Ella le dice: que quiere un templo y justo nosotros hoy hemos
venido a este lugar. Lugar que para Ella es muy importante, porque
es el lugar que Ella eligió para mostrarnos y darnos todo su amor,
su compasión, su auxilio, su defensa. Y decirnos: yo soy vuestra
piadosa Madre. Y justo aquí en este templo quiere Ella escuchar
los lamentos, remediar nuestras miserias, penas y dolores. A eso hemos
venido, a la casa de nuestra Madre a poner en sus manos de Madre nuestros
corazones. Estos corazones, partidos por las situaciones, que hemos
vivido o que estamos pasando.
Hemos
venido porque queremos estar con Ella; queremos estar en su regazo;
queremos sentir su consuelo; queremos sentir su ayuda; queremos sentir
su protección; queremos sentir que no estamos solos. Por eso tiene
sentido nuestra venida a este Santuario, a esta Basílica para renovar
nuestro corazón y llenarlo de ese cariño, y ese cariño unja nuestras
vidas. Y así nosotros podamos, también, al llegar a nuestras parroquias,
al llegar a nuestras poblaciones, puesto que hemos venido también
en nombre de ellos, ungirlos también con nuestras palabras y obras,
porque ese es el compromiso. Especialmente llevar y actualizar este
mensaje de la Santísima Virgen María a todos nuestros hermanos, para
que también ellos en su corazón experimenten que no están solos; en
su corazón experimenten que Ella también nos sigue teniendo en su
pensamiento y corazón. Pero la Santísima Virgen María no sólo quiere
ofrecernos esto Ella es la Madre por quien fueron hecho todas las
cosas y hoy el Salmo Responsorial nos a invita, a ustedes y a mí,
a bendecir al Señor, a dar gracias porque ha bajado su mirada hacia
nosotros. Y precisamente Él gracias al sí de María ha puesto su morada
entre nosotros. En la Palabra de Dios que hemos escuchado y en la
Eucaristía vamos nosotros a entender, como el apóstol Pablo en la
primera lectura de la misa del día entendió, encontró al Señor a partir
del perdón, y precisamente el perdón de sus pecados fue la ocasión
para experimentar la misericordia del Señor.
Esto
es lo que hoy necesitamos recibir del Señor, su perdón como expresión
de misericordia, sí, ese perdón lo necesitamos para que viviendo el
perdón nosotros seamos capaces no sólo de mirar, juzgar, pero sobretodo
actuar también como Jesús con misericordia, con bondad y de esa manera
llevar este mensaje de Jesús a nuestros hermanos.
Acordémonos,
María nos dice: hagan lo que Él les diga. María nos trajo esa
prueba del amor bondadoso y misericordioso del Señor. Hoy nuevamente
el apóstol Pablo insiste en esto: busquemos, busquemos el amor de
misericordia, para que así encontrándolo ustedes y yo nos atrevamos
a tener una fe más firme. Como el Evangelio de este día nos habla,
puestos, y cimentados en la roca, es decir: en Jesucristo. Y también
un Evangelio, que dé frutos de acuerdo al mismo Evangelio: amor, paz,
bondad, misericordia, y sea así como nosotros vivamos con coherencia
nuestra fe.
Llevémonos
este compromiso, que no todo quede simplemente al visitar a María.
Hemos venido a visitarla y hemos renovado nuestro corazón filial al
ponerle en sus manos nuestras vidas, pero María nos dice: vayan
a Jesús, vayan a Jesús. Y precisamente hoy a Jesús le hemos escuchado,
que nos invita a buscar la misericordia y el perdón para que eso mismo
se convierta en nosotros y nos convierta en vida y también nos convierta
en instrumentos fieles de la misericordia del Señor.
Así
sea.