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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Carlos Cabrero Romero, Obispo de la Diócesis de Zacatecas, en ocasión de la peregrinación de su diócesis, a la Basílica de Guadalupe.

12 de septiembre de 2009

Saludo con cariño y gratitud a mis hermanos sacerdotes y cada una y uno de ustedes. Muy queridos hermanos laicos, y también, muy queridas hermanas religiosas y seminaristas.

¿A qué hemos venido? Creo yo que las circunstancias, que durante un año, y en ellas hemos vivido y pasado el tiempo posiblemente a muchos de nosotros han dejado en nuestro corazón, tal vez resequedad, tal vez un sentimiento de soledad.

Hoy hemos venido a la casa de nuestra Madre. Hoy hemos venido a escucharle, cierto, en su mensaje, en su primer mensaje, que hace saber a Juan Diego, Ella le dice: que quiere un templo y justo nosotros hoy hemos venido a este lugar. Lugar que para Ella es muy importante, porque es el lugar que Ella eligió para mostrarnos y darnos todo su amor, su compasión, su auxilio, su defensa. Y decirnos: yo soy vuestra piadosa Madre. Y justo aquí en este templo quiere Ella escuchar los lamentos, remediar nuestras miserias, penas y dolores. A eso hemos venido, a la casa de nuestra Madre a poner en sus manos de Madre nuestros corazones. Estos corazones, partidos por las situaciones, que hemos vivido o que estamos pasando.

Hemos venido porque queremos estar con Ella; queremos estar en su regazo; queremos sentir su consuelo; queremos sentir su ayuda; queremos sentir su protección; queremos sentir que no estamos solos. Por eso tiene sentido nuestra venida a este Santuario, a esta Basílica para renovar nuestro corazón y llenarlo de ese cariño, y ese cariño unja nuestras vidas. Y así nosotros podamos, también, al llegar a nuestras parroquias, al llegar a nuestras poblaciones, puesto que hemos venido también en nombre de ellos, ungirlos también con nuestras palabras y obras, porque ese es el compromiso. Especialmente llevar y actualizar este mensaje de la Santísima Virgen María a todos nuestros hermanos, para que también ellos en su corazón experimenten que no están solos; en su corazón experimenten que Ella también nos sigue teniendo en su pensamiento y corazón. Pero la Santísima Virgen María no sólo quiere ofrecernos esto Ella es la Madre por quien fueron hecho todas las cosas y hoy el Salmo Responsorial nos a invita, a ustedes y a mí, a bendecir al Señor, a dar gracias porque ha bajado su mirada hacia nosotros. Y precisamente Él gracias al sí de María ha puesto su morada entre nosotros. En la Palabra de Dios que hemos escuchado y en la Eucaristía vamos nosotros a entender, como el apóstol Pablo en la primera lectura de la misa del día entendió, encontró al Señor a partir del perdón, y precisamente el perdón de sus pecados fue la ocasión para experimentar la misericordia del Señor.

Esto es lo que hoy necesitamos recibir del Señor, su perdón como expresión de misericordia, sí, ese perdón lo necesitamos para que viviendo el perdón nosotros seamos capaces no sólo de mirar, juzgar, pero sobretodo actuar también como Jesús con misericordia, con bondad y de esa manera llevar este mensaje de Jesús a nuestros hermanos.

Acordémonos, María nos dice: hagan lo que Él les diga. María nos trajo esa prueba del amor bondadoso y misericordioso del Señor. Hoy nuevamente el apóstol Pablo insiste en esto: busquemos, busquemos el amor de misericordia, para que así encontrándolo ustedes y yo nos atrevamos a tener una fe más firme. Como el Evangelio de este día nos habla, puestos, y cimentados en la roca, es decir: en Jesucristo. Y también un Evangelio, que dé frutos de acuerdo al mismo Evangelio: amor, paz, bondad, misericordia, y sea así como nosotros vivamos con coherencia nuestra fe.

Llevémonos este compromiso, que no todo quede simplemente al visitar a María. Hemos venido a visitarla y hemos renovado nuestro corazón filial al ponerle en sus manos nuestras vidas, pero María nos dice: vayan a Jesús, vayan a Jesús. Y precisamente hoy a Jesús le hemos escuchado, que nos invita a buscar la misericordia y el perdón para que eso mismo se convierta en nosotros y nos convierta en vida y también nos convierta en instrumentos fieles de la misericordia del Señor.

Así sea.

 
 
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