15 de agosto de 2010
Hermanos en el presbiterio,
apreciables diáconos, esposas de Cristo, hermanos en Dios,
todos. Contemplando el misterio de la Asunción de la Virgen
es posible comprender nuestra peregrinación en la vida,
somos peregrinos en esta tierra. Cada ser humano es una
persona que ha de recorrer un camino desde su nacimiento
hasta su muerte, al encuentro de sí mismo, del sentido de
la vida, de la felicidad, de la verdad. Es por ello que
el peregrinar para la persona que ha tenido un encuentro
con el Maestro; es ponerse en camino hacia Dios, y ponerse
en camino exige dejar seguridades y acertar en quien se
pone la confianza en Dios y en su voluntad. Ponerse en camino
es valorar lo que Dios ha puesto en nuestras manos pastorales
y buscar con su gracia pulir el talento, el denario, el
cual se presenta como una herramienta de servicio, de cercanía,
de comunión con Dios en el hermano.
Peregrinar es caminar con Jesucristo,
para caminar muchos llevan provisiones, sus mochilas, cosas
materiales para no desfallecer físicamente: agua, alimentos,
medicinas. También van en compañía para que la conversación
les haga más llevadero su caminar, pero no hay que olvidar
que no se puede caminar sin la luz de la fe. Por eso peregrinar
es meter en nuestra mochila, en nuestra realidad humana
al Dueño de Míes. Peregrinar es sin duda alguna cambiar;
caminamos porque creemos que un día llegaremos a la meta,
pues, bien, nuestra meta como cristianos es vivir una vida
nueva en Cristo y para eso necesitamos cambiar, convertir
actitudes, vivir de un modo nuevo.
Nos vienen tiempos difíciles
y los cristianos hemos de saber las razones de nuestra fe.
Estar a la altura de las circunstancias. Nos toca caminar
contra corriente, por eso hemos de cambiar muchas actitudes
personales y comunitarias, para saber decir al hombre y
a la mujer que la Iglesia posee una gran riqueza, ofrece
la salvación eterna y una gran fuerza, la fe en Jesucristo
muerto y resucitado. Y para esto hay que tener valentía,
humildad, estar abiertos a Dios a nuestros hermanos, ser
solidarios, caminar hombro a hombro. En pocas palabras peregrinar
es reconciliarse, vivir en sociedad nos enriquece, sin embargo
en nuestra convivencia aparasen muchas veces conflictos,
que tienen su origen casi siempre: en el egoísmo y en la
soberbia. Estas situaciones provocan en el corazón humano
tristeza y preocupación, porque algo está quebrando el sentido
original del ser humano, llamado a vivir en sociedad, en
armonía. Por eso cuando esta dolor, no físico, sino moral
se percibe descubrimos que estamos haciendo mal uso de la
libertad, y tenemos que preguntarnos si ¿mi camino está
acertado o no? Por aquello que mi libertad acaba, cuando
comienza la de los demás. Por eso si mi carrera impide que
los demás sean felices algo estaré haciendo mal. Tengo que
pararme y reflexionar ¿merece la pena caminar obstaculizando
la marcha de los demás?
Peregrinar, hermanos, es llegar,
la meta hacia la que tiende el itinerario del peregrino
es el encuentro con Dios, cuando caminamos detrás o alzando
una imagen de un santo o en nuestro caso de la Virgen María.
Estamos queriendo significar que vamos detrás de esa vida,
que para nosotros es modelo de caminantes o que estamos
alzando sus cualidades y virtudes más sobresalientes con
las que nos queremos identificar. En nuestro caso, además,
es corriendo, es decir: de prisa, que quiere hacer
ver que no podemos permanecer parados. Ante la vida virtuosa
y ejemplar que tenemos delante y de la que estamos convencidos
nos dará la felicidad.
Hermanos, hemos peregrinado
hasta esta Basílica de Guadalupe, corazón Mariano de México
y de América Latina señal que estamos más convencidos del
camino, como María la mejor discípula de su Hijo. María
es la primera creatura humana, que realiza ideal escatológico,
anticipando la plenitud de la felicidad prometida a los
elegidos mediante la resurrección de los cuerpos. Proclamar
la Asunción de la Madre de Dios, es afirmar que somos peregrinos
en esta vida. Que vamos al encuentro del Dios por quien
se vive. Es afirmar la teología del cuerpo, tanto como el
dogma de la Asunción de María señala el destino humano,
como algo más allá de la muerte, creados por Dios para un
propósito tan grande, como demostrar su amor en el mundo.
Nuestros cuerpos no van a ser abandonados para siempre en
la muerte, es cierto que no sabemos ni dónde, ni cuándo,
ellos van a ser reasumidos con el alma, el principio de
la vida, pero estamos seguros, que va a tener lugar.
La Asunción de la Santísima
Virgen María al cielo nos recuerda nuestra futura inmortalidad,
nuestro destino final, después de nuestra vida en la tierra.
Recordar nuestras realidades últimas nos ayuda a vivir mejor,
las realidades presentes. ¿Cómo, entonces, no hablar de
las realidades últimas? sobre todo en la Fiesta de la Asunción
de la Santísima Virgen ¿qué relación hay entre estas realidades
y la Asunción de la Virgen? sabemos que la Asunción de María
en cuerpo y alma al cielo es un dogma de nuestra fe católica,
expresamente definido por el Papa Pío XII: hablando "ex-cathedra".
Es una verdad de fe, revelada por Dios en la Sagrada
Escritura o en la tradición y que además es propuesta por
la Iglesia, como realmente revelada por Dios. En este caso
se dice que la Palabra expresa por el Papa: hablando
"ex-cathedra", es decir, que habla y determina
algo en virtud de la autoridad suprema que tiene como vicario
de Cristo: cabeza visible de la Iglesia, maestro supremo
de la fe, con intensión de proponer un asunto, como creencia
obligatoria de los fieles católicos.
Un dogma de fe, entonces, es
una verdad y obligatoria creencia para todo católico y por
el dogma de la Asunción sabemos que María terminado el curso
de su vida terrena fue asunta en cuerpo y alma a la gloria
celestial. El cielo y la tierra en cuerpo y alma es el fin
último de cada uno de nosotros los seres humanos, para eso
hemos sido creados por Dios y cada uno es libre de alcanzar
esa realidad y de rechazarla. Cada uno es libre de optar
por esa felicidad total y eterna en el cielo, en la gloria
o de rechazarla, rechazando el proyecto de Dios. Por ley
natural, entonces, los cuerpos de los seres humanos se descomponen
después de la muerte y sólo en el último día volverá a unirse
cada cuerpo con su propia alma, todos resucitaremos. Los
que hayamos obrado mal y los que hayamos obrado bien será
la resurrección de los muertos o de la carne que proclamamos
cada domingo en el Credo. Unos saldrán para una resurrección
de vida y otros resucitarán para la condenación eterna.
Sabemos, pues, que nuestra
meta como peregrinos es, entonces, llegar al cielo, es la
carrera que tenemos por delante, esta carrera de la cual
nos habla san Pablo: el cielo es la meta de nuestra vida.
San Pablo que según sus escritos pudo vislumbrar el
cielo no lo puedo describir y dice del cielo lo siguiente:
ni el ojo vio, ni el oído escuchó, ni el corazón humano
puede imaginar lo que Dios tiene preparado para aquellos
que lo aman. Así es el cielo indescriptible, inimaginable,
insondable, inexplicable para el ser humano. Pues, somos
limitados para comprender lo ilimitado de Dios y el cielo
es básicamente la presencia de Dios: su paz, su alegría,
su caridad.
Hoy es la Fiesta de la Asunción
de María en este misterio encuentra la Iglesia la certeza
personalizada de su propio destino; la culminación realizada
de todas las esperanzas humanas, como afirma el Concilio
Vaticano II. María precede con su luz al peregrinante pueblo
de Dios, como signo de esperanza cierta y de consuelo hasta
que llegué el día del Señor. Celebrar hoy que María fue
asunta al cielo en cuerpo y alma es afirma que María en
la plenitud integral de su persona ha sido transformada
y transfigurada para siempre y por tanto nuestra vida entera
está destinada a ser también transformada por la resurrección
del Señor.
En esta Fiesta de María asunta
al cielo la Iglesia proclama a todos los hombres y mujeres
de la tierra, que la carne ha sido hecha digna de estar
eternamente junto a Dios y por lo tanto de ser salvada y
reanimada para siempre. Y no solamente en el Hijo del Padre,
el que vino de arriba, como afirmaba el teólogo Karl Rahner,
sino en alguien de nuestra raza, que como nosotros era de
aquí abajo. En esta Fiesta de la Asunción de María celebramos
que nuestra corporeidad ha sido redimida; María está totalmente
salvada, toda Ella incluido su cuerpo, no sólo su alma,
no sólo su espíritu, también su cuerpo. La manera como María
miró, se relacionó, amó, sufrió, se compadeció. María es
toda y plenamente dichosa.
Hoy podríamos decir que celebramos
la fiesta de los cuerpos, la fiesta de nuestra esperanza
terrestre, es decir, estamos llamados a la plenitud de seres
humanos en nuestra totalidad y esta fiesta nos enseña que
el camino que María ha recorrido estamos llamados a recorrerlo
nosotros también. María tuvo una enorme confianza en Dios
y su corazón lo tenía lleno de Dios, porque es importante
que los católicos recordemos y profundicemos en el dogma
de la Asunción de la Santísima Virgen María al cielo. El
Catecismo de la Iglesia Católica responde a esta interrogante.
La Asunción de la Santísima Virgen constituye una participación
singular en la resurrección de su Hijo y una anticipación
de la resurrección de los demás cristianos. María Santísima
nos muestra el destino final de quienes oyen la Palabra
de Dios y la cumplen; nos estimula a elevar nuestra mirada
a las alturas. Donde se encuentra Cristo sentado a la derecha
del Padre y donde está también la humilde esclava de Nazaret,
ya en la gloria celestial, como afirmaba el Siervo de Dios
Juan Pablo II, de feliz memoria. Los hombres y mujeres de
hoy vivimos pendientes del enigma de la muerte, aunque lo
enfoquemos de diversas formas, según la cultura y creencias
que tengamos, aunque lo evadamos en nuestro pensamiento,
aunque tratemos de prolongar por todos los medios a nuestro
alcance a nuestros días en la tierra todos tenemos una necesidad
grande esta esperanza cierta de la inmortalidad contenida,
en la promesa de Cristo sobre nuestra futura resurrección.
Mucho bien nos hace a los cristianos
meditar más sobre este misterio de la Asunción de María,
el cual nos toca tan directamente. Que Ella que siempre
nos precede en la peregrinación de la fe y de manera especial
a los jóvenes en la búsqueda del bien verdadero y de la
alegría auténtica fortalezca nuestros pueblos en el signo
de la paz verdadera hagamos fecundas nuestras manos que
labran la tierra, conceda testigos vivos que salvaguarden
su Cuerpo y su Sangre en la Iglesia, hijos de Dios por quien
se vive.
Hoy como María en su advocación
de la Virgen de Guadalupe podemos volvernos a Jesús resucitado
en nuestro corazón para decirle: Tú eres mi Salvador, Tú
eres el amor fiel, ayúdanos a vivir plenamente, que con
nuestra Niña, Morenita del Tepeyac podamos Señor cantarte
por siempre el canto de nuestra esperanza y de nuestra alegría.
Mostrando así un terreno humilde, signo característico del
peregrino y del caminante. De aquel que escucha y contempla
el obrar de Dios a ejemplo de tu Hijo, el águila que habla,
san Juan Diego, que con su confianza en Dios y en la Virgen
su caridad, su coherencia moral, su desprendimiento y su
pobreza nos invita a orar diciendo:
¡Oh
Señora y Madre mía, yo me ofrezco enteramente a ti,
Y
prueba de mi filial afecto te consagro en este día y para
siempre,
mis
ojos, mis odios, mi lengua, mi corazón, en una palabra todo
mi ser
ya
que soy todo tuyo, ¡Oh Madre de bondad!
guárdame
y defiéndeme como cosa y posesión vuestra.
Que
así sea.