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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por el Pbro. José Luis Ávila, Rector de la Universidad Católica, en ocasión de la peregrinación de la Diócesis de Culiacán, Sinaloa, a la Basílica de Guadalupe.

15 de agosto de 2010

Hermanos en el presbiterio, apreciables diáconos, esposas de Cristo, hermanos en Dios, todos. Contemplando el misterio de la Asunción de la Virgen es posible comprender nuestra peregrinación en la vida, somos peregrinos en esta tierra. Cada ser humano es una persona que ha de recorrer un camino desde su nacimiento hasta su muerte, al encuentro de sí mismo, del sentido de la vida, de la felicidad, de la verdad. Es por ello que el peregrinar para la persona que ha tenido un encuentro con el Maestro; es ponerse en camino hacia Dios, y ponerse en camino exige dejar seguridades y acertar en quien se pone la confianza en Dios y en su voluntad. Ponerse en camino es valorar lo que Dios ha puesto en nuestras manos pastorales y buscar con su gracia pulir el talento, el denario, el cual se presenta como una herramienta de servicio, de cercanía, de comunión con Dios en el hermano.

Peregrinar es caminar con Jesucristo, para caminar muchos llevan provisiones, sus mochilas, cosas materiales para no desfallecer físicamente: agua, alimentos, medicinas. También van en compañía para que la conversación les haga más llevadero su caminar, pero no hay que olvidar que no se puede caminar sin la luz de la fe. Por eso peregrinar es meter en nuestra mochila, en nuestra realidad humana al Dueño de Míes. Peregrinar es sin duda alguna cambiar; caminamos porque creemos que un día llegaremos a la meta, pues, bien, nuestra meta como cristianos es vivir una vida nueva en Cristo y para eso necesitamos cambiar, convertir actitudes, vivir de un modo nuevo.

Nos vienen tiempos difíciles y los cristianos hemos de saber las razones de nuestra fe. Estar a la altura de las circunstancias. Nos toca caminar contra corriente, por eso hemos de cambiar muchas actitudes personales y comunitarias, para saber decir al hombre y a la mujer que la Iglesia posee una gran riqueza, ofrece la salvación eterna y una gran fuerza, la fe en Jesucristo muerto y resucitado. Y para esto hay que tener valentía, humildad, estar abiertos a Dios a nuestros hermanos, ser solidarios, caminar hombro a hombro. En pocas palabras peregrinar es reconciliarse, vivir en sociedad nos enriquece, sin embargo en nuestra convivencia aparasen muchas veces conflictos, que tienen su origen casi siempre: en el egoísmo y en la soberbia. Estas situaciones provocan en el corazón humano tristeza y preocupación, porque algo está quebrando el sentido original del ser humano, llamado a vivir en sociedad, en armonía. Por eso cuando esta dolor, no físico, sino moral se percibe descubrimos que estamos haciendo mal uso de la libertad, y tenemos que preguntarnos si ¿mi camino está acertado o no? Por aquello que mi libertad acaba, cuando comienza la de los demás. Por eso si mi carrera impide que los demás sean felices algo estaré haciendo mal. Tengo que pararme y reflexionar ¿merece la pena caminar obstaculizando la marcha de los demás?

Peregrinar, hermanos, es llegar, la meta hacia la que tiende el itinerario del peregrino es el encuentro con Dios, cuando caminamos detrás o alzando una imagen de un santo o en nuestro caso de la Virgen María. Estamos queriendo significar que vamos detrás de esa vida, que para nosotros es modelo de caminantes o que estamos alzando sus cualidades y virtudes más sobresalientes con las que nos queremos identificar. En nuestro caso, además, es corriendo, es decir: de prisa, que quiere hacer ver que no podemos permanecer parados. Ante la vida virtuosa y ejemplar que tenemos delante y de la que estamos convencidos nos dará la felicidad.

Hermanos, hemos peregrinado hasta esta Basílica de Guadalupe, corazón Mariano de México y de América Latina señal que estamos más convencidos del camino, como María la mejor discípula de su Hijo. María es la primera creatura humana, que realiza ideal escatológico, anticipando la plenitud de la felicidad prometida a los elegidos mediante la resurrección de los cuerpos. Proclamar la Asunción de la Madre de Dios, es afirmar que somos peregrinos en esta vida. Que vamos al encuentro del Dios por quien se vive. Es afirmar la teología del cuerpo, tanto como el dogma de la Asunción de María señala el destino humano, como algo más allá de la muerte, creados por Dios para un propósito tan grande, como demostrar su amor en el mundo. Nuestros cuerpos no van a ser abandonados para siempre en la muerte, es cierto que no sabemos ni dónde, ni cuándo, ellos van a ser reasumidos con el alma, el principio de la vida, pero estamos seguros, que va a tener lugar.

La Asunción de la Santísima Virgen María al cielo nos recuerda nuestra futura inmortalidad, nuestro destino final, después de nuestra vida en la tierra. Recordar nuestras realidades últimas nos ayuda a vivir mejor, las realidades presentes. ¿Cómo, entonces, no hablar de las realidades últimas? sobre todo en la Fiesta de la Asunción de la Santísima Virgen ¿qué relación hay entre estas realidades y la Asunción de la Virgen? sabemos que la Asunción de María en cuerpo y alma al cielo es un dogma de nuestra fe católica, expresamente definido por el Papa Pío XII: hablando "ex-cathedra". Es una verdad de fe, revelada por Dios en la Sagrada Escritura o en la tradición y que además es propuesta por la Iglesia, como realmente revelada por Dios. En este caso se dice que la Palabra expresa por el Papa: hablando "ex-cathedra", es decir, que habla y determina algo en virtud de la autoridad suprema que tiene como vicario de Cristo: cabeza visible de la Iglesia, maestro supremo de la fe, con intensión de proponer un asunto, como creencia obligatoria de los fieles católicos.

Un dogma de fe, entonces, es una verdad y obligatoria creencia para todo católico y por el dogma de la Asunción sabemos que María terminado el curso de su vida terrena fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial. El cielo y la tierra en cuerpo y alma es el fin último de cada uno de nosotros los seres humanos, para eso hemos sido creados por Dios y cada uno es libre de alcanzar esa realidad y de rechazarla. Cada uno es libre de optar por esa felicidad total y eterna en el cielo, en la gloria o de rechazarla, rechazando el proyecto de Dios. Por ley natural, entonces, los cuerpos de los seres humanos se descomponen después de la muerte y sólo en el último día volverá a unirse cada cuerpo con su propia alma, todos resucitaremos. Los que hayamos obrado mal y los que hayamos obrado bien será la resurrección de los muertos o de la carne que proclamamos cada domingo en el Credo. Unos saldrán para una resurrección de vida y otros resucitarán para la condenación eterna.

Sabemos, pues, que nuestra meta como peregrinos es, entonces, llegar al cielo, es la carrera que tenemos por delante, esta carrera de la cual nos habla san Pablo: el cielo es la meta de nuestra vida. San Pablo que según sus escritos pudo vislumbrar el cielo no lo puedo describir y dice del cielo lo siguiente: ni el ojo vio, ni el oído escuchó, ni el corazón humano puede imaginar lo que Dios tiene preparado para aquellos que lo aman. Así es el cielo indescriptible, inimaginable, insondable, inexplicable para el ser humano. Pues, somos limitados para comprender lo ilimitado de Dios y el cielo es básicamente la presencia de Dios: su paz, su alegría, su caridad.

Hoy es la Fiesta de la Asunción de María en este misterio encuentra la Iglesia la certeza personalizada de su propio destino; la culminación realizada de todas las esperanzas humanas, como afirma el Concilio Vaticano II. María precede con su luz al peregrinante pueblo de Dios, como signo de esperanza cierta y de consuelo hasta que llegué el día del Señor. Celebrar hoy que María fue asunta al cielo en cuerpo y alma es afirma que María en la plenitud integral de su persona ha sido transformada y transfigurada para siempre y por tanto nuestra vida entera está destinada a ser también transformada por la resurrección del Señor.

En esta Fiesta de María asunta al cielo la Iglesia proclama a todos los hombres y mujeres de la tierra, que la carne ha sido hecha digna de estar eternamente junto a Dios y por lo tanto de ser salvada y reanimada para siempre. Y no solamente en el Hijo del Padre, el que vino de arriba, como afirmaba el teólogo Karl Rahner, sino en alguien de nuestra raza, que como nosotros era de aquí abajo. En esta Fiesta de la Asunción de María celebramos que nuestra corporeidad ha sido redimida; María está totalmente salvada, toda Ella incluido su cuerpo, no sólo su alma, no sólo su espíritu, también su cuerpo. La manera como María miró, se relacionó, amó, sufrió, se compadeció. María es toda y plenamente dichosa.

Hoy podríamos decir que celebramos la fiesta de los cuerpos, la fiesta de nuestra esperanza terrestre, es decir, estamos llamados a la plenitud de seres humanos en nuestra totalidad y esta fiesta nos enseña que el camino que María ha recorrido estamos llamados a recorrerlo nosotros también. María tuvo una enorme confianza en Dios y su corazón lo tenía lleno de Dios, porque es importante que los católicos recordemos y profundicemos en el dogma de la Asunción de la Santísima Virgen María al cielo. El Catecismo de la Iglesia Católica responde a esta interrogante. La Asunción de la Santísima Virgen constituye una participación singular en la resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos. María Santísima nos muestra el destino final de quienes oyen la Palabra de Dios y la cumplen; nos estimula a elevar nuestra mirada a las alturas. Donde se encuentra Cristo sentado a la derecha del Padre y donde está también la humilde esclava de Nazaret, ya en la gloria celestial, como afirmaba el Siervo de Dios Juan Pablo II, de feliz memoria. Los hombres y mujeres de hoy vivimos pendientes del enigma de la muerte, aunque lo enfoquemos de diversas formas, según la cultura y creencias que tengamos, aunque lo evadamos en nuestro pensamiento, aunque tratemos de prolongar por todos los medios a nuestro alcance a nuestros días en la tierra todos tenemos una necesidad grande esta esperanza cierta de la inmortalidad contenida, en la promesa de Cristo sobre nuestra futura resurrección.

Mucho bien nos hace a los cristianos meditar más sobre este misterio de la Asunción de María, el cual nos toca tan directamente. Que Ella que siempre nos precede en la peregrinación de la fe y de manera especial a los jóvenes en la búsqueda del bien verdadero y de la alegría auténtica fortalezca nuestros pueblos en el signo de la paz verdadera hagamos fecundas nuestras manos que labran la tierra, conceda testigos vivos que salvaguarden su Cuerpo y su Sangre en la Iglesia, hijos de Dios por quien se vive.

Hoy como María en su advocación de la Virgen de Guadalupe podemos volvernos a Jesús resucitado en nuestro corazón para decirle: Tú eres mi Salvador, Tú eres el amor fiel, ayúdanos a vivir plenamente, que con nuestra Niña, Morenita del Tepeyac podamos Señor cantarte por siempre el canto de nuestra esperanza y de nuestra alegría. Mostrando así un terreno humilde, signo característico del peregrino y del caminante. De aquel que escucha y contempla el obrar de Dios a ejemplo de tu Hijo, el águila que habla, san Juan Diego, que con su confianza en Dios y en la Virgen su caridad, su coherencia moral, su desprendimiento y su pobreza nos invita a orar diciendo:

¡Oh Señora y Madre mía, yo me ofrezco enteramente a ti,
Y prueba de mi filial afecto te consagro en este día y para siempre,
mis ojos, mis odios, mi lengua, mi corazón, en una palabra todo mi ser
ya que soy todo tuyo, ¡Oh Madre de bondad!
guárdame y defiéndeme como cosa y posesión vuestra.

Que así sea.

 
 
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