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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Onésimo Cepeda Silva, Obispo de la Diócesis de Ecatepec, en ocasión de su peregrinación a la Basílica de Guadalupe.

4 de septiembre de 2010

Muy amados sacerdotes, carísimos seminaristas, queridos religiosos y amado pueblo de Ecatepec.

Hoy estamos reunidos peregrinos de todas las comunidades de la Diócesis de Ecatepec, hemos  caminado durante quince años construyendo el reino de Dios en nuestra amada Diócesis, hemos sembrado y cosechado en Cristo. Como su Padre y Pastor, he visto la gran bendición de parte de Dios para con nosotros durante todo este caminar. Me llena de alegría el año Jubilar que nos ha concedido nuestro Santo Padre el Papa Benedicto XVI y que lo estamos viviendo con intensidad.

En torno a estos días también estamos celebrando el Bicentenario de la Independencia de nuestra Patria Mexicana y Centenario de la Revolución; y con gran preocupación veo los acontecimientos que se han dado durante estos últimos años: más de 28,000 muertos, de los cuales más de 7,000 son en este año. El tejido social parece destruirse y se dificulta cada vez más el estado de derecho. Se van limitando las oportunidades laborales y educativas. Se ha creado un ambiente de desazón, que desmoraliza muchas veces, y hay un clima de desconfianza, donde la familia, la economía, la política, la educación, 'la vivencia religiosa y la sociedad en general; son afectadas. Ante los secuestros, robos, corrupción, impunidad, se va creando en muchos corazones la indignación, el rencor, deseos de venganza y muchas veces la idea y la práctica de tomar justicia  por propia mano. Sin embargo, aunque todos estos problemas no pueden ser resueltos de forma inmediata, debemos ir dando pasos hacia adelante en nuestra vida.

Nos encontramos en un punto crucial de nuestra historia, en la conmemoración del México independiente, y de la Revolución Mexicana, hoy tenemos la oportunidad de aprendiendo de nuestros errores, poder entender e iluminar nuestro presente y forjar el futuro que deseamos para nuestra Patria, construyendo con responsabilidad un México mejor para las siguientes generaciones.

Para afrontar estas tareas, no olvidemos como católicos nuestras raíces más profundas, atendamos con fuerza las palabras de Jesús: "Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28, 20). Cristo está con nosotros siempre y sobre todo en estos tiempos difíciles: ¡No estamos solos! Recordemos que también está nuestra Madre del Cielo, la Virgen de Guadalupe que le dijo a San Juan Diego en este lugar: "allí estaré siempre dispuesta a escuchar su llanto, su tristeza, para purificar, para curar todas sus diferentes miserias, sus penas, sus dolores" (Nican Mopohua 32) ¡No estamos solos!

La Iglesia que peregrina en México tiene en sus santos ejemplo e intercesión para todos, esta bendita tierra ha sido la cuna de San Felipe de Jesús, de San Cristóbal Magallanes y compañeros, de San Rafael Guizar y Valencia y del primer- santo indígena canonizado: San Juan Diego. Estos y otros santos han sido canonizados "porque pusieron a Dios en el centro de su vida e hicieron de la búsqueda y extensión de su Reino el móvil de su propia existencia; porque sus obras siguen hablando de su amor total al Señor y a los hermanos, dando copiosos frutos, gracias a su fe viva en Jesucristo y a su compromiso de amar como El nos ha amado, incluso a los enemigos" (De la homilía de su Santidad Juan Pablo II en la misa de canonización de los nuevos santos mexicanos, 21 de mayo del año 2000). ¡No estamos solos Cristo y la Iglesia Gloriosa están con nosotros! Para poder construir el México que Dios quiere, necesitamos experimentar que Dios nos ama, saber que vivimos un momento fuerte de gracia, reavivemos nuestra fe en la Palabra de Dios que nos dice: "No temas, te he llamado por tu nombre, tú eres mío, eres precioso a mis ojos, eres estimado y yo te amo. No temas estoy contigo" (15 43,1-5) ¿No sentimos el amor de Dios al darnos un país tan inmenso y maravilloso como lo es la nación Mexicana? ¿No percibimos que los hombres y mujeres que habitamos este país, tenemos una riqueza cultural y una historia que se ha forjado por generaciones de mexicanos que son fuente de orgullo y esperanza?

Debemos preguntarnos: ¿Qué nos impide entonces experimentar el amor de Dios en estos momentos? Sin lugar a dudas el pecado. El pecado levanta una barrera entre Dios y los hombres, el hombre busca falsas salidas para alcanzar la felicidad. Ante los problemas hacemos respuestas superficiales, parciales, provisorias o totalmente falsas. Ejemplo de ello es la búsqueda del poder por el poder y no como una vocación al servicio, esto en los ámbitos político, económico o social.

También se busca el desarrollo económico pero se limita el valor del hombre en solo poseer, no hemos mirado el desarrollo integral de la persona. Se ha luchado en contra de la delincuencia organizada con el uso de las fuerzas de seguridad, sin atender de raíz la educación que será una llave para resolver este problema.

Respecto a la promoción de la familia como parte fundamental de la solución a muchos problemas: se prefiere el aborto, violencia familiar, abuso de los niños, etc. En el ámbito internacional estamos en un mundo globalizado, en información, en comercio, pero falta en la globalización el principio del destino universal de todos los bienes de la creación donde cada ser humano tenga lo necesario para vivir con dignidad en este mundo. (Carta de Benedicto XVI: Los tres desafíos del mundo globalizado 28 abril 2007). Ante los problemas a los que nos enfrentamos hay quienes piensan que el camino es el uso de la violencia, buscando la manipulación para generar estallidos sociales que generan derramamiento de sangre y ruptura de los procesos que hemos construido en espacios de libertad y en nuestra naciente democracia, en vez de transitar por un camino de paz y reconciliación en la justicia.

Ante este escenario de pecado que confunde, tenemos una respuesta, una salida, una solución integral a lo que nos destruye: Jesucristo. El vino a compartir nuestra condición humana con su sufrimiento, con sus dificultades, con su muerte. Transformó la existencia cotidiana de todo hombre, supo hablar al corazón de los pobres, liberarlos del pecado, abrir sus ojos a un horizonte de luz y colmarlos de alegría y de esperanza. Lo mismo hace hoy Jesucristo que está presente en los corazones, en las familias, en la Iglesia, en toda nuestra vida. Hay que abrirle a Jesús todos los corazones de México.

Para abrir las puertas a Jesús, debemos hacerlo con plena libertad. Escuchemos la voz de nuestro Buen Pastor que nos dice: "He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él y él conmigo" (Ap 3,20). Hay que invitar a Jesús a cada uno de nuestros corazones, invitemos a Jesús a nuestra conmemoración nacional.

La manera de invitarlo es solo si realizamos en nosotros un proceso de conversión personal y comunitaria. Renunciar al pecado, renunciar a la violencia que genera violencia, renunciar a una visión partidista de la política, por una visión del bien común y el bien de la nación. Renunciar a los intereses económicos producto de las injusticias, de la corrupción, de los robos, del atentado a los demás por los secuestros, drogadicción y trata de personas; por una ganancia fruto de un trabajo honesto que nos hace dignos y ayuda a construir una sociedad mejor.

Renunciar a la venganza, a las divisiones, a los odios, a las armas, por el perdón y reconciliación de todos. A los poderes públicos, a los empresarios y a los trabajadores, a los jóvenes y toda persona que me escucha, les invito con todas mis fuerzas a reflexionar sobre estos principios y a emprender un nuevo camino.

Hoy necesitamos una renovación de cada uno de nosotros, una renovación del país para tener vida nueva, una renovación en la mente y en el corazón para que, promoviendo una mayor justicia y compartiendo con los demás los dones espirituales que cada uno tiene, las cualidades que Dios nos ha dado de manera personal, aun compartiendo nuestros bienes materiales, logremos que a nadie falte el conveniente alimento, vestido, habitación, cultura, trabajo y todo lo que da dignidad a la persona humana. A los católicos les invito a una renovación, a un NUEVO PENTECOSTES, que con el fuego del Espíritu Santo inflamemos de amor a todo México. Una renovación en la participación de todos para cubrir las necesidades, aspiraciones y desafíos de nuestra sociedad, ya que somos consientes que en cada mexicano se refleja el rostro de Cristo que nos interpela a una acción evangelizadora, que transforme nuestra nación mexicana. Nadie se sienta excluido en participar en esta renovación.

Vienen a mi mente las palabras de Su Santidad Benedicto XVI, en la Visita ad Iimina de los Obispos de México: "México tiene ante sí el reto de transformar sus estructuras sociales para que sean más acordes con la dignidad de la persona y sus derechos fundamentales. A esta tarea están llamados a colaborar los católicos, que constituyen aún la mayor parte de su población, descubriendo su compromiso de fe y el sentido unitario de su presencia en el mundo. Pues, de lo contrario, "la separación entre la fe que profesan y la vida cotidiana de muchos debe ser considerada como uno de los errores más graves de nuestro tiempo" (Gaudium et spes, 43). (Discurso del Santo Padre Benedicto XVI Jueves 15 de septiembre de 2005) Respetamos la libertad que emana de la vida democrática, pero los católicos estamos llamados a tener una posición congruente con nuestra fe.

¡Busquemos la coherencia de nuestra fe y la vida cotidiana! Busquemos no solo la coherencia de un día, sino la coherencia de toda nuestra vida. No nos dejemos llenar del miedo, del cansancio, del desanimo; recordemos que nuestra fuerza viene de lo alto.

Estamos llamados a construir en Ecatepec y en todo México la Civilización del Amor.

¡Que viva el México del Amor! ¡Que viva el México del perdón! ¡Que viva el México de la solidaridad! ¡Que viva el México de un progreso justo para todos! ¡Que viva el México por los que nuestros héroes nacionales y tantas generaciones gloriosas del pasado quisieron construir! ¡Que viva el México de la familia! ¡Que viva el México de la Virgen de Guadalupe! ¡Que viva el México de Cristo!

Virgen de Guadalupe, morenita nuestra, nos ponemos en tus manos, bajo tu regazo; mira con bondad a esta Diócesis de Ecatepec que hoy viene hasta este hermoso lugar a buscar tu protección: Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios, no desprecies las oraciones que te dirigimos en nuestras necesidades, antes bien líbranos de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita. Ruega por nosotros Santa Madre de Dios, para que seamos dignos de alcanzar las divinas gracias y promesas de nuestro Señor Jesucristo.

Amén.

 
 
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