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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. José Andrés Corral Arredondo, Obispo de la Diócesis de Parral, en ocasión de su peregrinación a la Basílica de Guadalupe.

15 de julio de 2010

Queridos hermanos y hermanas,  de nuevo como cada año, nos encontramos aquí a los pies de Nuestra Madre, agobiados, cansados, cargando la cruz, cargando el yugo que el Señor nos permite llevar sobre nuestros hombros; cargando también con las angustias, con los dolores, con los anhelos de tantos hermanos nuestros que nos piden que pongamos todo eso a los pies de Nuestra Madre Santísima de Guadalupe.

Pero también tenemos que expresar aquí ante la Morenita del Tepeyac, como la gran intercesora tenemos que presentar los dolores, los miedos, las tristezas por tanta sangre derramada en nuestra patria, por tantos hogares enlutados, por tantos hogares lastimados. No podemos olvidarnos de esta situación tan dura por la que vamos pasando y a la que tristemente parece que nos vamos acostumbrando.

Nosotros hermanos, todos, ustedes y yo, somos testigos de hermanos nuestros que querían venir que querían estar hoy, y por la acción nefasta de gente sin sentimientos, de gente movida por intereses oscuros, se han tenido que quedar en casa con su dolor, con su angustia con su incertidumbre y cuantos como ellos siguen pasando lo mismo.

Tenemos que gritarle al Dios de la paz, aquí junto con María Señor, ¡ya basta solo Tú nos puedes dar la paz! Como lo proclamábamos en esa preciosa oración del profeta Isaías. Queremos la paz en nuestros hogares, queremos la paz en las calles de nuestros pueblos,  queremos la paz en nuestra patria.

Aquí a los pies de María Santísima Nuestra Madre le gritamos al señor “Señor ya  basta, ya basta” “Arranca el corazón de piedra en quienes han hecho y hacen tanto mal, en quienes han perdido todo sentimiento de humanidad, en quienes se han transformado en bestias, en peor que bestias”.

Queremos la paz, no podemos permitir que nuestros niños sigan siendo las peores víctimas de esta situación. No podemos permitir que nuestros niños se acostumbren al miedo, se acostumbren a la inseguridad, que no puedan salir a las calles a jugar a brincar, que no tengan derecho ni siquiera hacer las infantiles travesuras que son indispensables en el crecimiento y la madurez humana.

Nuestros niños no merecen esto y ellos además tienen que ir engendrando en su corazón el anhelo de ser transformadores de una sociedad terrible que le hemos dejado, porque por nuestra culpa, por nuestra indolencia, por nuestro silencio, por nuestra apatía, por nuestra cobardía, se  enseñoreó de nuestros hogares, de nuestros pueblos, de nuestra patria, la cultura de la muerte con todas sus nefastas consecuencias. No tenemos derecho a heredarles a los niños que vienen un mundo marcado por el dolor, por la muerte, por la sangre.

Y no hay otro camino, hermanos, más que voltear la mirada a Dios y decirle: ¡Señor, queremos cambiar, queremos transformar nuestros hogares, nuestras familias; queremos volver a ser  que se transformen en santuarios de vida, de humanidad, en santuarios de fe, en santuarios de amor, queremos que tu madre, que es nuestra madre, en nuestra casa no sea sólo una imagen fría que adorne las paredes, entre tantas otras cosas.

Queremos que nuestros hogares sean centros de verdadera formación humana cristiana, que les entregue a los niños de hoy, los hombres de mañana, el tesoro de los grandes valores humanos. Esos valores que tienen su base en el código de Dios le dio en el principio a su Pueblo para que pudiera vivir en paz.

Valores humanos de respeto, de armonía, de justicia, valores trascendentes y espirituales en este mundo que nos inunda de antivalores; en este mundo que ya no quiere hablar de Dios, en este mundo que nos está volviendo poco a poco insensibles; que nos va anestesiando para no sentir la necesidad de Dios en nuestra vida, y nos llenaremos  solo (como nos lo ha recordado la oración del profeta  Isaías) de viento, de nada.

Aquí estamos hermanos y quienes estamos aquí tenemos que convertirnos, comprometidos con nuestra madre, tenemos que ser los primeros que transformemos el corazón para poder ser gestores, impulsores, promotores de vida, de fe, de amor, de paz.

Pidámosle hermanos con el corazón a Nuestra Madre que ella (que está presente en esa imagen que todos tenemos en nuestra casa) hable a nuestro corazón ahí dentro de las paredes de nuestros hogares, que ella nos reprenda también como a Juan Diego, que ella nos diga: “Hijo, hija, no puedes seguir así”. “Mamá, papá, tienes que abrazar a tus hijos; tienes que hablarles de amor, de paz, de comprensión, de respeto”. 

Que ella, a todos los papás y las mamás, les hable al corazón les diga: “papá, mamá, tienes que acercar a tu hijo, a tu hija, al Dios de la vida, al Dios del amor, al Dios del perdón”. Que ella hermanos, finalmente desde esas paredes de nuestros hogares extienda su mano maternal acaricie nuestras cabezas, nuestros corazones, y abrace con amor, con ternura, a nuestros niños.

Que así sea.

 
 
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