15 de julio de 2010
Queridos
hermanos y hermanas, de nuevo como cada año, nos encontramos
aquí a los pies de Nuestra Madre, agobiados, cansados, cargando
la cruz, cargando el yugo que el Señor nos permite llevar
sobre nuestros hombros; cargando también con las angustias,
con los dolores, con los anhelos de tantos hermanos nuestros
que nos piden que pongamos todo eso a los pies de Nuestra
Madre Santísima de Guadalupe.
Pero
también tenemos que expresar aquí ante la Morenita del Tepeyac,
como la gran intercesora tenemos que presentar los dolores,
los miedos, las tristezas por tanta sangre derramada en
nuestra patria, por tantos hogares enlutados, por tantos
hogares lastimados. No podemos olvidarnos de esta situación
tan dura por la que vamos pasando y a la que tristemente
parece que nos vamos acostumbrando.
Nosotros
hermanos, todos, ustedes y yo, somos testigos de hermanos
nuestros que querían venir que querían estar hoy, y por
la acción nefasta de gente sin sentimientos, de gente movida
por intereses oscuros, se han tenido que quedar en casa
con su dolor, con su angustia con su incertidumbre y cuantos
como ellos siguen pasando lo mismo.
Tenemos
que gritarle al Dios de la paz, aquí junto con María Señor,
¡ya basta solo Tú nos puedes dar la paz! Como lo proclamábamos
en esa preciosa oración del profeta Isaías. Queremos la
paz en nuestros hogares, queremos la paz en las calles de
nuestros pueblos, queremos la paz en nuestra patria.
Aquí
a los pies de María Santísima Nuestra Madre le gritamos
al señor “Señor ya basta, ya basta” “Arranca el corazón
de piedra en quienes han hecho y hacen tanto mal, en quienes
han perdido todo sentimiento de humanidad, en quienes se
han transformado en bestias, en peor que bestias”.
Queremos
la paz, no podemos permitir que nuestros niños sigan siendo
las peores víctimas de esta situación. No podemos permitir
que nuestros niños se acostumbren al miedo, se acostumbren
a la inseguridad, que no puedan salir a las calles a jugar
a brincar, que no tengan derecho ni siquiera hacer las infantiles
travesuras que son indispensables en el crecimiento y la
madurez humana.
Nuestros
niños no merecen esto y ellos además tienen que ir engendrando
en su corazón el anhelo de ser transformadores de una sociedad
terrible que le hemos dejado, porque por nuestra culpa,
por nuestra indolencia, por nuestro silencio, por nuestra
apatía, por nuestra cobardía, se enseñoreó de nuestros
hogares, de nuestros pueblos, de nuestra patria, la cultura
de la muerte con todas sus nefastas consecuencias. No tenemos
derecho a heredarles a los niños que vienen un mundo marcado
por el dolor, por la muerte, por la sangre.
Y no
hay otro camino, hermanos, más que voltear la mirada a Dios
y decirle: ¡Señor, queremos cambiar, queremos transformar
nuestros hogares, nuestras familias; queremos volver a ser
que se transformen en santuarios de vida, de humanidad,
en santuarios de fe, en santuarios de amor, queremos que
tu madre, que es nuestra madre, en nuestra casa no sea sólo
una imagen fría que adorne las paredes, entre tantas otras
cosas.
Queremos
que nuestros hogares sean centros de verdadera formación
humana cristiana, que les entregue a los niños de hoy, los
hombres de mañana, el tesoro de los grandes valores humanos.
Esos valores que tienen su base en el código de Dios le
dio en el principio a su Pueblo para que pudiera vivir en
paz.
Valores
humanos de respeto, de armonía, de justicia, valores trascendentes
y espirituales en este mundo que nos inunda de antivalores;
en este mundo que ya no quiere hablar de Dios, en este mundo
que nos está volviendo poco a poco insensibles; que nos
va anestesiando para no sentir la necesidad de Dios en nuestra
vida, y nos llenaremos solo (como nos lo ha recordado la
oración del profeta Isaías) de viento, de nada.
Aquí
estamos hermanos y quienes estamos aquí tenemos que convertirnos,
comprometidos con nuestra madre, tenemos que ser los primeros
que transformemos el corazón para poder ser gestores, impulsores,
promotores de vida, de fe, de amor, de paz.
Pidámosle
hermanos con el corazón a Nuestra Madre que ella (que está
presente en esa imagen que todos tenemos en nuestra casa)
hable a nuestro corazón ahí dentro de las paredes de nuestros
hogares, que ella nos reprenda también como a Juan Diego,
que ella nos diga: “Hijo, hija, no puedes seguir así”. “Mamá,
papá, tienes que abrazar a tus hijos; tienes que hablarles
de amor, de paz, de comprensión, de respeto”.
Que
ella, a todos los papás y las mamás, les hable al corazón
les diga: “papá, mamá, tienes que acercar a tu hijo, a tu
hija, al Dios de la vida, al Dios del amor, al Dios del
perdón”. Que ella hermanos, finalmente desde esas paredes
de nuestros hogares extienda su mano maternal acaricie nuestras
cabezas, nuestros corazones, y abrace con amor, con ternura,
a nuestros niños.
Que
así sea.