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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Oscar Roberto Domínguez Couttolenc, M.G., Obispo de la Diócesis de Tlapa, Guerrero, en ocasión de la peregrinación de su diócesis, a la Basílica de Guadalupe.

16 de marzo de 2010

Queridos hermanos y hermanas, ha pasado un año más en nuestra vida y en nuestra historia, como pueblo del Señor que peregrina en la montaña. Y nuevamente hemos llegado a la casa de nuestra Madre Santa María de Guadalupe, aquí en el Tepeyac. Llegamos agradecidos para pedirle interceda por nosotros, para que seamos fieles discípulos de su Hijo Jesucristo; que nos ayude a ser testigos de la verdad que Él nos ha anunciado. Trabajando por construir un pueblo que tenga por cimiento el amor de Dios, que es el principal mandamiento que Jesús nos dio y que es el fruto de la presencia del Espíritu Santo en nosotros.

Hermanas y hermanos, estamos aquí no solamente en razón de que reconocemos la historia que se escribió un 12 de diciembre de 1531, cuando Santa María de Guadalupe, Madre del verdadero Dios por quien se vive acude a este Cerro del Tepeyac al encuentro de un hombre humilde, sencillo, campesino, un hombre bueno, un hombre de fe y esperanza llamado Juan Diego. Estamos aquí porque además de reconocer este hecho histórico creemos en él. Sabemos que es verdad lo que aconteció y si creemos en él y sabemos que es verdad. Estamos aquí porque queremos involucrarnos en este acontecimiento histórico, que cambió profundamente la historia y en él nuestra fe.

Ahora estamos aquí porque deseamos que continúe cambiando nuestra historia personal y nuestra historia comunitaria en nuestros pueblos de la montaña entre nuestros hermanos y hermanas Mepa, Náhuatl, Nazahui y entre nuestros hermanos y hermanas mestizos.

Hoy hemos escuchado en la primera lectura tomada del Libro del profeta Ezequiel, como el profeta ve salir agua del templo, era un agua que daba vida y fertilidad. Así debe ser este Acontecimiento Guadalupano, debe dar vida y fertilidad en Cristo. Este acontecimiento que ha marcado profundamente nuestra fe nos conduce a recordar, que nuestra Iglesia debe de actuar con signos que surgen del hecho guadalupano, deben de estar presentes en nuestra vida, como discípulos y misioneros. Y por lo tanto estos signos si están presentes en nuestra vida, deben de estar presentes en nuestro Plan Pastoral y así en nuestro actuar. Estos signos, hermanas y hermanos, nos dan vida y, entonces, nos dan fertilidad en Cristo.

Pensando en algunos signos, yo quisiera destacar tres:

Primero: destacar con espíritu de pobreza y humildad evangélica, contemplando a Santa María. Ella aparece en la Escritura, como aquella sierva humilde, que tiene puesta su esperanza en Dios, por eso Ella sobresale entre los pobres de espíritu, que esperan en Dios. Los pobres tienen necesidad y sed de Dios. Ella se aparece a san Juan Diego con amor, cariño y humildad, y le dice: sábelo, ten por cierto hijo mío, el más pequeño, que yo soy la perfecta siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios por quien se vive. El Creador de las personas; el Dueño de la cercanía y de la inmediación; el Dueño del cielo; el Dueño de la tierra. Mucho deseo que aquí me levanten mi casita sagrada.

Hermanas y hermanos, así nuestra Madre de Guadalupe se manifiesta a los pobres, que esperan y que confían en Dios, y ésta es la razón por la que Ella se manifiesta a un hombre de espíritu humilde, a un pobre que ante los retos de la vida y problemas tiene puesta su esperanza en Dios y tiene sed de Dios. Ahora que estamos preparando nuestro Plan Diocesano de Pastoral. Hemos identificado en nuestra diócesis la presencia de signos de muerte, de hechos, acciones y formas de actuar, que nos alejan de la esperanza y su presencia nos aleja de la fe. Y entonces al analizarlos podemos ver que nosotros tenemos sed de Dios, porque no podemos seguir comulgando con estos signos.

En el documento que estudiamos para el segundo paso de nuestro Plan Diocesano de Pastoral, el juzgar, las comunidades han dicho, entre otras: vemos con dolor que la cultura de nuestro pueblo está siendo atacada e incluso en lo religioso por la realidad actual. Es triste observar que muchas de las enseñanzas de los abuelos y antepasados sobre nuestra vida espiritual se han ido perdiendo poco a poco. Tenemos que recuperar lo que los abuelos hacían: practicar la costumbre, educar a los hijos en las tradiciones; sacar la fiesta de los santos patrones; invitar a los demás pueblos; no negarnos a dar servicio; no creer en brujerías. Ellos nos enseñaron a curarnos con la medicina tradicional; a mantener la sabiduría propia de nuestros pueblos y cristiana; a no ir a otras religiones; a no buscar el mal para nadie; a no creer en los malos agüeros; a no profanar los lugares sagrados; a no desconocer la Palabra de Dios.

Hermanas y hermanos, el reconocer la presencia de estos signos nos lanza como personas de fe y esperanza a encontrar caminos que nos ayuden a transformarlos, los signos de muerte por signos de vida en Dios.

En segundo lugar: no podemos hablar de la evangelización de nuestros pueblos originarios, sin hablar de la presencia viva de Santa María de Guadalupe en nuestro peregrinar. Nos cuenta la historia que unos años después del encuentro de nuestra cultura con la europea, la siempre Virgen María de Guadalupe se hace presente en nuestra historia. Así Ella es parte de nuestro pueblo, es el alma de nuestro pueblo y su encuentro con san Juan Diego es signo para que nuestros pueblos originarios acepten el Evangelio de su Hijo que transforma, que ilumina, que reclama la presencia de una Iglesia que sea instrumento de salvación. Así Santa María de Guadalupe llega a estar con nosotros, a ser de nosotros proclamando a su Hijo Jesucristo. Nuestros pueblos se identifican particularmente con el Cristo sufriente, lo vemos ahora durante estos días de la Cuaresma y estos grandes viernes que vivimos en la montaña, lo miran a Jesús, lo besan, tocan sus pies lastimados, como diciendo este es el que me amó y se entregó por mí. Muchos de ellos golpeados, ignorados, despojados no bajan los brazos con su religiosidad característica se aferran al inmenso amor que Dios les tiene y que les recuerda permanentemente su propia dignidad. También encuentran la ternura y el amor de Dios en el rostro de María, en Ella ven reflejado el mensaje esencial del Evangelio, nuestra Madre querida desde el santuario de Guadalupe hace sentir a sus hijos más pequeños, que ellos están en el hueco de su manto.

Hermanas y hermanos, así estamos llamados a buscar caminos en nuestro Plan Diocesano de Pastoral, para que nuestra iglesia de Tlapa este presente, como Santa María de Guadalupe en el corazón de cada hermano y hermana; en el corazón de cada pueblo que sea luz y sal, ejemplo de fidelidad, de entrega y de fe.

En tercer lugar: es muy claro el ejemplo que Santa María de Guadalupe nos ha dado, Ella es el modelo de una Iglesia que vive el anuncio del Reino de su Hijo en la promoción integral de la persona y eso quiere decir que: evangelización y desarrollo humano son dos acciones inseparables. Analicemos su encuentro con san Juan Diego. Le habla en náhuatl, usa palabras que lejos de hacerlo sentir una persona desprotegida le hacen sentir su amor, su respecto, por eso san Juan Diego no se espanta, no huye, se ve y se siente valorado por Santa María de Guadalupe, por la Madre del verdadero Dios.

Es éste, entonces, hermanas y hermanos, el modelo que debemos de seguir desde el hecho guadalupano, es ese el modelo para nuestra iglesia que peregrina en la montaña, que desea aprender de Santa María, ser nueva, renovada, en y desde Santa María. Pero para esto hay que ser humildes, como Santa María; para esto hay que estar con Jesús; para esto hay que acercarnos a la cruz, porque solamente así aprendemos, como Ella de su Hijo estando junto a su Hijo en la cruz.

Madre nuestra, Santa María de Guadalupe, hoy venimos a tus pies a ofrecerte y a pedirte, que bendigas a tu iglesia, que peregrina en Chiapas. Te la ofrecemos juntamente con nuestros sufrimientos y glamores. Te la ofrecemos a ti que estas aquí presente con nosotros. Te la ofrecemos con nuestros cantos, velas y flores. Te pedimos bendigas a nuestras familias y pueblos, a nuestros animales y frutos. Que bendigas a nuestras autoridades. Que bendigas a nuestros jóvenes y señoritas. Despertando en ellos el deseo de la vocación sacerdotal y religiosa para que sean tus discípulos y misioneros. Que bendigas especialmente a nuestros sacerdotes, ahora particularmente en este año que oramos por ellos, para que sean santos, como tu Hijo Jesucristo es Santo.

Santa María de Guadalupe, Tú te encuentras presente en nuestra historia, eres nuestra historia, tu presencia es señal del amor de tu Hijo Jesucristo en nosotros. Tu imagen está presente en nuestros corazones, en nuestras casas, en nuestros pueblos, montañas y campos. Deseamos ser como Tú en el seguimiento de tu amado Hijo Jesucristo. Ayúdanos siguiendo tus pasos, anunciando el Evangelio de paz y amor, construyendo desde nuestro futuro Plan Diocesano de Pastoral una iglesia viva, alimentada por la Palabra y la Eucaristía donde tenemos la presencia real de tu Hijo Jesucristo nuestro Señor. Que deseamos, que viva y reine en nuestra montaña por los siglos, de los siglos.

Amén.

¡Qué viva Santa María de Guadalupe!
¡Qué viva Cristo Rey!
¡Qué viva nuestra Diócesis de Tlapa!

 
 
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