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Homilía
pronunciada por Mons. Francisco Moreno Barrón, Obispo de la Diócesis de Tlaxcala, en ocasión de su peregrinación, a la Basílica de Guadalupe.

11 de noviembre de 2010

Muy queridos hermanos en Cristo Jesús:

A un año de haber celebrado las Fiestas Jubilares por los 50 años de nuestra diócesis y cuatro días antes de la XXX Asamblea Diocesana de Pastoral, acudimos al encuentro anual con la Virgen de Guadalupe en este rinconcito de amor. Aquí está el pueblo de Dios representado en los laicos, seminaristas, religiosos, religiosas, presbíteros y obispo de la iglesia particular de Tlaxcala. Nuestros corazones laten con fuerza y al unísono al experimentar esta cercanía con "la Madre del verdadero Dios por quien se vive".

En Tlaxcala la Virgen María siempre nos acompaña como santa patrona en Nuestra Señora de Ocotlán y en otras advocaciones. ¿Para qué peregrinar, entonces, hasta esta Basílica, si la tenemos tan cerca, si siempre está a nuestro lado? Éste es el templo que Santa María de Guadalupe pidió que le construyéramos para escuchar nuestros ruegos. ¡Cuántos de nuestros antepasados han depositado aquí sus penas y alegrías, sus preocupaciones y proyectos, sus enfermedades y su vida misma! México entero está aquí en el corazón de la dulce Señora. Hoy hemos venido para expresar nuestra solidaridad y unión con el pueblo de México en el momento histórico que vive y a experimentar con él la predilección y protección amorosa de la Virgen de Guadalupe, confiados en sus propias palabras: "¿no estoy yo aquí que soy tu madre? ¿no estás sentado en mi regazo? ¿no corres por mi cuenta? ¿qué te preocupa? ¿qué te aflige?"

Los aquí congregados hacemos presente a todo nuestro pueblo que saluda, honra y bendice a la Morenita del Tepeyac. Le confiamos a nuestros niños, adolescentes y jóvenes, el amor de los esposos, la unidad de nuestras familias, a las instituciones, gobernantes y sociedad tlaxcalteca.

La Palabra de Dios nos da vida y nos ayuda a comprender el profundo sentido de nuestra peregrinación a esta Basílica. Podemos reconocer un interesante paralelismo entre la escena del Evangelio que se ha proclamado y las apariciones de Santa María de Guadalupe en el Tepeyac hacia el año 1531.

En el Evangelio, la Virgen María, que ha quedado en cinta por obra y gracia del Espíritu Santo, fue al encuentro de su prima Isabel en las montañas de Judea, igual que vino a este Cerro del Tepeyac para encontrarse con los habitantes de estas tierras a través de Juan Diego. En ambos casos, ella toma la iniciativa para acercarse a personas que ama en modo especial. Ella cumple la voluntad del Padre Celestial y es el Espíritu Santo quien la impulsa con su gracia. El indito Juan Diego, hoy san Juan Diego, nos representa a todos los mexicanos. Somos el Juan Diego de hoy con quien la Señora del Cielo prosigue el incomparable coloquio iniciado en la colina del Tepeyac hace 479 años. Superficialmente mirada, la historia de México puede ser la historia de cualquier pueblo, pero, si la vemos con cuidado, no es otra cosa, sino la historia de una relación amorosa entre la Virgen de Guadalupe y el pueblo mexicano.

El Evangelio dice que María "saludó a Isabel" y el Nican Mopohua narra que Ella se dirigió a Juan Diego con estas palabras: "Juanito, Juan Dieguito, a quien amo como a tierno y delicado...” Qué atención y delicadeza la de la Virgen María: da un trato personal, cercano y cariñoso a cada uno de nosotros. Con su pedagogía femenina y maternal toca lo más íntimo de nuestras almas, para disponernos al encuentro, al diálogo, a la intimidad, a la transformación... Así nos ha recibido hoy: llamándonos por nuestro nombre y con una sonrisa que nos hace estar a gusto en su casa.

Observemos que en el Evangelio María no va sola a visitar a su prima, lleva en sus entrañas al  mismo Hijo de Dios. En realidad el verdadero encuentro se da entre Jesús y el Bautista, a través del encuentro de María e Isabel. Así también, cuando la Virgen de Guadalupe se le apareció a Juan Diego, se presentó como una mujer en cinta, con su vientre abultado y un moño a la altura de su cintura que significa también su embarazo. Ella no viene sola a nosotros, trae en su seno a Cristo, el Salvador. En realidad ella es una emisaria, una mensajera que trae a su Hijo a los hombres.

Aunque Jesucristo había nacido 1531 años antes en Belén y aunque ya habían llegado los primeros misioneros a estas tierras de lo que hoyes México, eran muy pocos los naturales que aceptaban la nueva fe. Sabemos por la historia que, a partir del encuentro milagroso en el Tepeyac, se multiplicaron las conversiones y eran muchos los que pedían el bautismo. No cabe la menor duda de que la Virgen de Guadalupe nos trajo el regalo más preciado, la fe en su Hijo Jesucristo.

San Lucas escribe en su Evangelio que, "en cuanto Isabel oyó el saludo de María, la creatura saltó de gozo en su seno". Juan Bautista, con seis meses de concebido, se regocija en las entrañas de su madre ante la presencia del Salvador recién concebido en el seno de la Virgen Madre. De la misma manera, Juan Diego, en medio de su sorpresa y sobresalto ante el inesperado encuentro con aquella hermosa mujer, se alegró y, con él, todo el pueblo mexicano se regocija por que la Virgen de Guadalupe nos ha traído a Cristo, el Salvador, y no dejamos de agradecerle y de exclamar con las mismas palabras de Isabel: “¡Bendita, tú, entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!”

La Virgen María permaneció con Isabel unos meses para asistirla en su embarazo, en el parto y en su recuperación; se olvida de sí misma y se pone al servicio de su prima. Ella siempre es la mujer de la entrega total y sin medida. A los mexicanos no nos visitó por algunos momentos, sino que decidió permanecer con nosotros y por eso nos dejó su hermosísima imagen en el tosco ayate de Juan Diego. Nosotros cortamos las rosas que ella misma nos proveyó en aquel crudo invierno, las depositamos en la tilma, ella las tocó con su mano de nieve y ocurrió el milagro de amor: quedó estampada su bendita imagen en el burdo lienzo y grabó su rostro maternal en la mente y en el corazón del pueblo mexicano. Así ha permanecido la Virgen de Guadalupe entre nosotros y así se quedará para siempre, engendrando a Cristo en el alma de su pueblo.

En los tiempos actuales, vivimos en un país marcado por la violencia e inseguridad, por la pobreza y la marginación, donde muchos jóvenes no encuentran el verdadero sentido a su vida y son presa fácil de las drogas, el relativismo, el hedonismo, el consumismo y el secularismo; un país donde también encontramos mexicanos que quieren un mundo sin Dios; un país en el que la Iglesia está sufriendo el abandono de unos, el alejamiento de otros o la contradicción entre fe y vida de muchos más. Ante esta adversa realidad, hemos de reconocer también signos de vida en muchos ambientes, esfuerzos sinceros en la sociedad y en la Iglesia para responder al bien integral del hombre. En este peregrinar cotidiano, entre luces y sombras, nos acompaña siempre nuestra Madre de Guadalupe. Ella quiere unidos a los mexicanos y que le abramos el corazón a su divino Hijo. Este es el camino seguro para reconstruir y dar vida a las personas, familias e instituciones y para hacer de México un país donde reine la justicia y se viva en paz.

En este día en que la Virgen de Guadalupe nos ofrece una vez más a su Hijo, renovemos nuestra esperanza en un mañana mejor para México, haciendo nuestras las palabras del Papa Benedicto XVI: ¡No teman! ¡Abran más todavía, abran de par en par las puertas a Cristo! ... quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada -absolutamente nada- de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y nos libera... ¡No tengan miedo de Cristo! Él no quita nada y lo da todo. Quien se da a Él, recibe el ciento por uno. Sí, abran, abran de par en par las puertas a Cristo y encontrarán la verdadera vida" (DA 15).

¿Necesitamos más motivos para amar a la Virgen de Guadalupe? Nos sobran razones para disfrutar de esta cita de amor. Nuestra relación personal y comunitaria con Cristo y María es la verdadera razón de nuestra presencia aquí y ahora: venimos a nutrir nuestra fe en Cristo y nuestro amor filial a la Virgen de Guadalupe.

Ella es la primera discípula y misionera del Señor Jesús. Esta peregrinación anual nos fortalece como discípulos y misioneros de Jesús, nuestro Maestro. Contemplando e imitando a María, queremos conocer, amar y seguir a Jesucristo, hasta asemejarnos cada vez más a Él, al tiempo que nos empeñamos en revelar en la vida cotidiana su rostro atractivo, para que muchos le abran su corazón y lo reconozcan como el enviado del Padre. Esta es la misión que tenemos como Diócesis de Tlaxcala, junto con América latina y el Caribe, en lo que llamamos la Misión Continental.

Esta Misión Continental nos exige pasar de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera. Exige cambio de mentalidad y de actitud particularmente en los obispos, presbíteros y agentes de pastoral. Exige desde luego conversión que sólo la escucha atenta de la Palabra nos puede dar. Las estructuras no se convierten, se transforman, las personas son las que se convierten, y porque el problema es de actitud, se necesita en nosotros valentía al estilo de los profetas y de los grandes santos. No es tarea fácil, dada la inercia de los siglos anteriores, pero ciertamente es el camino para responder a los desafíos actuales.

Para responder a la Misión Continental, en el espíritu de Aparecida, es indispensable promover la renovación de la Parroquia, para que sea casa y escuela de la comunión, es decir, lugar de participación y formación para convertir a los actuales feligreses en discípulos y misioneros, capaces de poder transmitir la fe en Cristo a las actuales generaciones, especialmente a los niños, adolescentes, jóvenes, padres de familia, profesionistas y líderes sociales.

Nuestro Plan Diocesano de Pastoral 2009-2019 nos marca el camino que hemos de transitar en esta labor misionera: conversión personal y comunitaria, formación permanente, renovación pastoral de la parroquia, testimonio de unidad en el amor y anuncio gozoso de la Buena Nueva, nutridos siempre por la Palabra de Dios y la Sagrada Eucaristía, para ir impregnando de Evangelio y vida nueva los corazones, los hogares y los ambientes del pueblo tlaxcalteca. ¡Qué hermoso llamado hemos recibido de Jesús y qué gran misión nos ha confiado! En este empeño y poco a poco lograremos dar "un nuevo rostro de Iglesia para el Tlaxcala de hoy".

Como la Virgen María fue dócil al Espíritu de Dios, engendró a Cristo y lo entregó a los hombres; como la Virgen de Guadalupe vino a estas tierras para sembrar la semilla de la fe en su Hijo amado, así también nosotros dejémonos conducir por el Espíritu Santo en nuestra experiencia de discípulos misioneros y llevemos con fidelidad el anuncio gozoso de Cristo resucitado a nuestros hermanos.

Santa María de Guadalupe, Reina de México, salva nuestra patria y conserva nuestra fe.

Amén.

 
 
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