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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Luis Felipe Gallardo Martín del Campo, Obispo de la Diócesis de Veracruz, en ocasión de la peregrinación de su diócesis, a la Basílica de Guadalupe.

17 de mayo de 2010

Hermanos y hermanas, ya hemos recibido el saludo litúrgico al inicio de nuestra celebración, y el saludo que en representación de esta Arquidiócesis de México, y de este santuario nacional guadalupano nos han dado en esta casa.

Ahora yo me agrego dando mi saludo a todos en primer lugar a quienes venimos de la Diócesis de Veracruz: los presbiterios, los seminaristas, diáconos y ciertamente un nutrido grupo de fieles. Venimos a esta que es nuestra casa, venimos convocados por la Madre de todos nosotros y venimos a este lugar, porque aquí quiso Ella por un designio de lo alto visitarnos en los años difíciles de la conquista y de la apertura, pudiéramos decir de esa epopeya evangélica, de la predicación del Evangelio y del surgimiento de la fe en estas tierras. Venimos desde luego agradecer a María Santísima su intercesión poderosa y eficaz a favor de todos nosotros. Ella precisamente se presentó así venida de parte de Dios: Yo soy la Madre del Verdadero Dios por quien se vive. Y vino precisamente a socorrer a este pueblo, que soportaba condiciones, que a decir verdad son condiciones que esta el día de hoy les siguen siendo de riesgo, le siguen siendo de amenaza.

Era difícil que en circunstancias de violencia, como había sido la conquista pudiera acogerse una fe; que predica el amor; que predica la caridad; que predica la fraternidad. Fue necesaria la presencia de una Madre, para que en nombre del Señor suscitara en este pueblo la confianza, suscitara en este pueblo la apertura a este don a esta gracia del don de la fe. Y si hemos podido ser testigos históricos, porque formamos parte de esta historia y recordamos también vivamente los acontecimientos del pasado.

Sabemos que estas amenazas contra la fe y contra la paz son amenazas que han venido acompañando a nuestra historia desde la conquista. No por nada las intensiones que enfoca de manera perfecta la oración que hemos elevado al Señor por intercesión de Santa María de Guadalupe al inicio de la Eucaristía. Ponen estas dos realidades, como la súplica que constantemente volvemos a repetirle a María Santísima para que nos obtenga del Señor esa fortaleza de fe que necesita nuestro pueblo, para que no sucumba a las amenazas siempre nuevas a veces por enemigos externos; a veces por un ambiente y una cultura divagante y a veces también por la confusión y fragilidad de nosotros mismos.

Hoy podemos pensar, se repite mucho, que si son las sectas, que si son estas novedades venidas de Oriente o que si son, pues, estas imaginaciones, verdad del esoterismo, que son todas estas ciencias ocultas, la magia, en fin, infinidad de cosas, que se están imponiendo a una fe y aún conocimiento lucido de las realidades trascendentes, como ha venido a revelarnos y a enseñarnos Jesucristo nuestro Señor en su venida al mundo para realizar la obra de la Redención.

Y si no es esto, pues, es también la cultura moderna del relativismo, que nos hace relativizar todo inclusive la realidad de los seres que existen de la verdad misma y de la existencia de Dios y de la normal moral. Pudiéramos decir que ya no hay ningún fundamento en el cual podemos, pues, apoyarnos para salir adelante en un proyecto de vida, que ciertamente no debe, no puede estar cerrado a las condiciones de este mundo. Puesto que venimos de Dios y nuestro destino está en Dios.

Esto lo hemos celebrado hermosamente el domingo pasado, ayer, en la Solemnidad de la Ascensión del Señor donde precisamente hemos contemplado a un Cordero degollado, a un Sumo y Eterno Sacerdote, que ha penetrado los cielos, ese santuario no construido por manos humanas, para presentarle al Padre esa ofrenda de su propio sacrificio, que no es otra sino  la Eucaristía que seguimos nosotros ofreciendo desde la Última Cena hasta el día de hoy y hasta el final de los tiempos. Pues estos son los enemigos de la fe, una realidad que nos ha acompañado desde entonces, desde los inicios de la predicación hasta el día de hoy.

Y le pedimos, hoy también, para nuestra iglesia diocesana, para todo México, para toda la Iglesia Universal que interceda, como buena Madre, como lo hizo aquí en los albores de la evangelización, para que crezca, para que se renueve esta evangelización misionera que precisamente en el encuentro de Aparecida, la Iglesia Latinoamérica ha reivindicado pidiéndonos a todos que renovemos nuestra condición de discípulos adictos a esta enseñanza del Maestro; a este Evangelio de verdad y de vida para que también luego nosotros convertidos en misioneros podamos continuar esta tarea, que Cristo antes de subir al cielo nos ha dejado como misión en este mundo.

Pero hay también, hermanos, la otra realidad, la realidad de la violencia esa violencia que experimentaron los primeros pobladores originarios de estas tierras en aquellos años de la conquista. Cuando fueron sometidos a sangre y fuego, a hierro, a violencia y ciertamente, pues, después quedo esa dominación que de un modo o de otro los marginaba, los hacía pasar en un segundo lugar, no los aceptaban plenamente en la sociedad y nos damos cuenta que esta condición de nuestros indígenas sigue siendo hasta el día de hoy una condición no del todo superada. Pudiéramos decir que en muchos lugares permanece igual, porque aún quienes nos decimos originarios de estas tierras, pero que tal vez no nos sentimos plenamente identificados con esas culturas, porque ya somos modernos, ya somos de otra cultura. Pues, seguimos despreciando o seguimos marginando a estos hermanos nuestros, que son ciertamente los pobres, los más pobres en estas tierras.

Pero, hoy, también esa violencia que nos ha acompañado desde la guerra de Independencia, porque a partir de entonces la violencia de guerras nos siguió acompañando hasta la Revolución y más allá. Y hoy esta violencia se ha transformado en delincuencia organizada en cárteles de la droga, secuestros, en todo esto que no repito porque son noticias de todos los días. Esta violencia sigue presente entre nosotros. Y si ya en aquellos tiempos, si ya en la oración de siempre que hacemos a Dios por intercesión de María le pedimos: que estos pueblos de América, que este pueblo de México pueda crecer, pueda desarrollarse en armonía y en paz. Es algo que venimos hoy a re-proponer, como gran intensión, como lo ha hecho el Episcopado de México a través de este documento que ciertamente muchos conocen y que todos debemos conocer, para que guiados por esta Palabra, que ciertamente está inspirada en el Evangelio. Una Palabra que se alimenta, precisamente, de estos criterios quiere comprometernos a todos. Precisamente para que a la vez, que le pedimos a Dios su ayuda podamos todos hoy comprometernos por promover el desarrollo precisamente edificando la paz. Una paz que tenemos que reconstruir; una paz que debemos transmitir juntamente con el don de la fe, porque el don de la fe nos ha dicho, que precisamente Cristo es nuestra paz. Él ha venido a reconciliarnos en primer lugar con el Padre, con quien nos habíamos enemistado a causa del pecado. Y si no recuperamos esta armonía, esta paz, esta reconciliación con Dios a través de una renovación de nuestra vida cristiana nunca podremos ser capaces de promover el desarrollo y edificar la paz. Esto deberá ser una tarea educativa; esta deberá ser una tarea de la familia y de la vida comunitaria.

Tenemos que difundir pensamientos de paz; tenemos que fomentar sentimientos de paz; tenemos que impulsar acciones y gestos de paz; tenemos que promover un leguaje de paz. Basta ver, pues, las imágenes y las noticias de todos los días, como están llenas de violencia. Tenemos que alejar de nuestro ambiente y de nuestro medio, toda realidad de violencia, para que vaya surgiendo desde una cultura de la legalidad hacia una cultura también de paz y de fraternidad.

Todo esto, pues, debe también trabajarse en la vida social, en la vida política y en la vida de la cultura. Diríamos que no hay espacio, no hay situación que pueda quedar fuera de este compromiso, porque si de algo estamos necesitando es precisamente de esta tranquilidad, de esta paz, de esta seguridad, de esta armonía. Que pasan los días y vemos que se aleja y se aleja porque siguen creciendo los números de los desaparecidos, los números de los asesinados, los números de los extorsionados, los números, etc.

Queridos hermanos, yo los invito a que elevemos nuestra oración hoy en este día a María Santísima, para que Ella con nosotros interceda ante su Hijo y le digamos todos juntos:

Señor Jesús, Tú eres nuestra paz.
Mira nuestra patria dañada por la violencia y dispersa por el miedo y la inseguridad.
Consuela el dolor de quienes sufren, da acierto a las decisiones de quienes nos gobiernan.
Toca el corazón de quienes olvidan que somos hermanos y provocan sufrimiento y muerte, dales el don de la conversión, del arrepentimiento.
Protege a las familias, a nuestros niños, adolescentes y jóvenes a, nuestros pueblos y comunidades, que como discípulos, misioneros tuyos, ciudadanos responsables sepamos ser promotores de justica y de paz.

Para que en Ti nuestro pueblo tenga vida digna.

Amén.

 
 
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