17 de mayo de 2010
Hermanos y hermanas, ya hemos
recibido el saludo litúrgico al inicio de nuestra celebración, y
el saludo que en representación de esta Arquidiócesis de México,
y de este santuario nacional guadalupano nos han dado en esta casa.
Ahora yo me agrego dando mi
saludo a todos en primer lugar a quienes venimos de la Diócesis
de Veracruz: los presbiterios, los seminaristas, diáconos y ciertamente
un nutrido grupo de fieles. Venimos a esta que es nuestra casa,
venimos convocados por la Madre de todos nosotros y venimos a este
lugar, porque aquí quiso Ella por un designio de lo alto visitarnos
en los años difíciles de la conquista y de la apertura, pudiéramos
decir de esa epopeya evangélica, de la predicación del Evangelio
y del surgimiento de la fe en estas tierras. Venimos desde luego
agradecer a María Santísima su intercesión poderosa y eficaz a favor
de todos nosotros. Ella precisamente se presentó así venida de parte
de Dios: Yo soy la Madre del Verdadero Dios por quien se vive.
Y vino precisamente a socorrer a este pueblo, que soportaba
condiciones, que a decir verdad son condiciones que esta el día
de hoy les siguen siendo de riesgo, le siguen siendo de amenaza.
Era difícil que en circunstancias
de violencia, como había sido la conquista pudiera acogerse una
fe; que predica el amor; que predica la caridad; que predica la
fraternidad. Fue necesaria la presencia de una Madre, para que en
nombre del Señor suscitara en este pueblo la confianza, suscitara
en este pueblo la apertura a este don a esta gracia del don de la
fe. Y si hemos podido ser testigos históricos, porque formamos parte
de esta historia y recordamos también vivamente los acontecimientos
del pasado.
Sabemos que estas amenazas
contra la fe y contra la paz son amenazas que han venido acompañando
a nuestra historia desde la conquista. No por nada las intensiones
que enfoca de manera perfecta la oración que hemos elevado al Señor
por intercesión de Santa María de Guadalupe al inicio de la Eucaristía.
Ponen estas dos realidades, como la súplica que constantemente volvemos
a repetirle a María Santísima para que nos obtenga del Señor esa
fortaleza de fe que necesita nuestro pueblo, para que no sucumba
a las amenazas siempre nuevas a veces por enemigos externos; a veces
por un ambiente y una cultura divagante y a veces también por la
confusión y fragilidad de nosotros mismos.
Hoy podemos pensar, se repite
mucho, que si son las sectas, que si son estas novedades venidas
de Oriente o que si son, pues, estas imaginaciones, verdad del esoterismo,
que son todas estas ciencias ocultas, la magia, en fin, infinidad
de cosas, que se están imponiendo a una fe y aún conocimiento lucido
de las realidades trascendentes, como ha venido a revelarnos y a
enseñarnos Jesucristo nuestro Señor en su venida al mundo para realizar
la obra de la Redención.
Y si no es esto, pues, es también
la cultura moderna del relativismo, que nos hace relativizar todo
inclusive la realidad de los seres que existen de la verdad misma
y de la existencia de Dios y de la normal moral. Pudiéramos decir
que ya no hay ningún fundamento en el cual podemos, pues, apoyarnos
para salir adelante en un proyecto de vida, que ciertamente no debe,
no puede estar cerrado a las condiciones de este mundo. Puesto que
venimos de Dios y nuestro destino está en Dios.
Esto lo hemos celebrado hermosamente
el domingo pasado, ayer, en la Solemnidad de la Ascensión del Señor
donde precisamente hemos contemplado a un Cordero degollado, a un
Sumo y Eterno Sacerdote, que ha penetrado los cielos, ese santuario
no construido por manos humanas, para presentarle al Padre esa ofrenda
de su propio sacrificio, que no es otra sino la Eucaristía que
seguimos nosotros ofreciendo desde la Última Cena hasta el día de
hoy y hasta el final de los tiempos. Pues estos son los enemigos
de la fe, una realidad que nos ha acompañado desde entonces, desde
los inicios de la predicación hasta el día de hoy.
Y le pedimos, hoy también,
para nuestra iglesia diocesana, para todo México, para toda la Iglesia
Universal que interceda, como buena Madre, como lo hizo aquí en
los albores de la evangelización, para que crezca, para que se renueve
esta evangelización misionera que precisamente en el encuentro de
Aparecida, la Iglesia Latinoamérica ha reivindicado pidiéndonos
a todos que renovemos nuestra condición de discípulos adictos a
esta enseñanza del Maestro; a este Evangelio de verdad y de vida
para que también luego nosotros convertidos en misioneros podamos
continuar esta tarea, que Cristo antes de subir al cielo nos ha
dejado como misión en este mundo.
Pero hay también, hermanos,
la otra realidad, la realidad de la violencia esa violencia que
experimentaron los primeros pobladores originarios de estas tierras
en aquellos años de la conquista. Cuando fueron sometidos a sangre
y fuego, a hierro, a violencia y ciertamente, pues, después quedo
esa dominación que de un modo o de otro los marginaba, los hacía
pasar en un segundo lugar, no los aceptaban plenamente en la sociedad
y nos damos cuenta que esta condición de nuestros indígenas sigue
siendo hasta el día de hoy una condición no del todo superada. Pudiéramos
decir que en muchos lugares permanece igual, porque aún quienes
nos decimos originarios de estas tierras, pero que tal vez no nos
sentimos plenamente identificados con esas culturas, porque ya somos
modernos, ya somos de otra cultura. Pues, seguimos despreciando
o seguimos marginando a estos hermanos nuestros, que son ciertamente
los pobres, los más pobres en estas tierras.
Pero, hoy, también esa violencia
que nos ha acompañado desde la guerra de Independencia, porque a
partir de entonces la violencia de guerras nos siguió acompañando
hasta la Revolución y más allá. Y hoy esta violencia se ha transformado
en delincuencia organizada en cárteles de la droga, secuestros,
en todo esto que no repito porque son noticias de todos los días.
Esta violencia sigue presente entre nosotros. Y si ya en aquellos
tiempos, si ya en la oración de siempre que hacemos a Dios por intercesión
de María le pedimos: que estos pueblos de América, que este pueblo
de México pueda crecer, pueda desarrollarse en armonía y en paz.
Es algo que venimos hoy a re-proponer, como gran intensión, como
lo ha hecho el Episcopado de México a través de este documento que
ciertamente muchos conocen y que todos debemos conocer, para que
guiados por esta Palabra, que ciertamente está inspirada en el Evangelio.
Una Palabra que se alimenta, precisamente, de estos criterios quiere
comprometernos a todos. Precisamente para que a la vez, que le pedimos
a Dios su ayuda podamos todos hoy comprometernos por promover el
desarrollo precisamente edificando la paz. Una paz que tenemos que
reconstruir; una paz que debemos transmitir juntamente con el don
de la fe, porque el don de la fe nos ha dicho, que precisamente
Cristo es nuestra paz. Él ha venido a reconciliarnos en primer lugar
con el Padre, con quien nos habíamos enemistado a causa del pecado.
Y si no recuperamos esta armonía, esta paz, esta reconciliación
con Dios a través de una renovación de nuestra vida cristiana nunca
podremos ser capaces de promover el desarrollo y edificar la paz.
Esto deberá ser una tarea educativa; esta deberá ser una tarea de
la familia y de la vida comunitaria.
Tenemos que difundir pensamientos
de paz; tenemos que fomentar sentimientos de paz; tenemos que impulsar
acciones y gestos de paz; tenemos que promover un leguaje de paz.
Basta ver, pues, las imágenes y las noticias de todos los días,
como están llenas de violencia. Tenemos que alejar de nuestro ambiente
y de nuestro medio, toda realidad de violencia, para que vaya surgiendo
desde una cultura de la legalidad hacia una cultura también de paz
y de fraternidad.
Todo esto, pues, debe también
trabajarse en la vida social, en la vida política y en la vida de
la cultura. Diríamos que no hay espacio, no hay situación que pueda
quedar fuera de este compromiso, porque si de algo estamos necesitando
es precisamente de esta tranquilidad, de esta paz, de esta seguridad,
de esta armonía. Que pasan los días y vemos que se aleja y se aleja
porque siguen creciendo los números de los desaparecidos, los números
de los asesinados, los números de los extorsionados, los números,
etc.
Queridos hermanos, yo los invito
a que elevemos nuestra oración hoy en este día a María Santísima,
para que Ella con nosotros interceda ante su Hijo y le digamos todos
juntos:
Señor Jesús, Tú eres nuestra paz.
Mira nuestra patria dañada por la violencia y dispersa por el miedo
y la inseguridad.
Consuela el dolor de quienes sufren, da acierto a las decisiones
de quienes nos gobiernan.
Toca el corazón de quienes olvidan que somos hermanos y provocan
sufrimiento y muerte, dales el don de la conversión, del arrepentimiento.
Protege a las familias, a nuestros niños, adolescentes y jóvenes
a, nuestros pueblos y comunidades, que como discípulos, misioneros
tuyos, ciudadanos responsables sepamos ser promotores de justica
y de paz.
Para que en Ti nuestro pueblo tenga vida digna.
Amén.