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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Carlos Cabrero Romero, Obispo de la Diócesis de Zacatecas, en ocasión de su peregrinación a la Basílica de Guadalupe.

12 de septiembre de 2010

Muy estimados y apreciados señores curas y sacerdotes, que hoy nos acompañan. Infinitamente agradecido con ustedes por su presencia, por su participación y por el entusiasmo con el que han influido en el ánimo de todos aquellos a quienes se les ha confiado y como respuesta la presencia también de ellas y ellos, hoy nos acompañan. Que el sacrificio, el esfuerzo, la abnegación, la falta de comodidad, como implica una peregrinación como esta y como cualquier otra peregrinación a otro santo lugar, pero me refiero a esta en especial. Vale la pena, porque es encontrarnos en la casa de nuestra Madre, contemplar su milagrosa imagen es motivo para nosotros: de alegría, de lloro, de contento, pero sobretodo de unción, porque María está cumpliendo aquellas palabras con las que Ella expresó a Juan Diego el motivo para invitarle a que hiciera esta casa, era precisamente para mostrar ahí todo su amor, su compasión, su ternura y también acoger la humilde suplica de sus hijos. Esto, este milagro es el que hoy se ha realizado a favor de todos nosotros.

Zacatecanos, sintámonos privilegiados, sí, sintámonos privilegiados, porque la palabra y promesa de María se hace verdad y realidad a favor de nosotros, pero también quiere ser verdad y realidad al mirar en nosotros a cada una de nuestras parroquias, a cada una de las familias zacatecanas, a cada uno de los miembros de nuestros hermoso Estado de Zacatecas, todos a todos queremos que también los mire hoy, y que justo también hoy reciban de Ella todo su amor, su ternura, su compasión y venga también en auxilio de ellos para que su súplica y su petición sea atendida. Por eso decía, es un momento, es un gran privilegio, necesitamos como hemos escuchado en la Palabra de Dios, nos dice la segunda lectura: necesitamos, que la Palabra de Dios, el amor misericordioso de Dios, así como renovó el espíritu de san Pablo, la vida de san Pablo Apóstol, así también a nosotros el mismo amor de Dios Padre, que por medio de Cristo Jesús nos los entregó, ese mismo amor nos renueve el corazón.

Solo el amor es capaz de convocarnos; solo el amor es capaz de unirnos, solo el amor es capaz de vernos, como Ella quiere vernos, María, como quiere vernos también nuestro Padre Dios. Vernos en familia esto es lo que necesitamos vernos y tratarnos como familia. Este también es templo que nosotros, quienes hoy hemos venido, estamos llamados a construir, a levantar y a sobretodo cuidar que ese templo sea el amor. El amor misericordioso del Padre quien vino al encuentro de Moisés; quien vino al encuentro de Pablo; quien vino al encuentro del hijo prodigo. Ese amor sea el que hoy encentremos aquí con la intercesión de María, sí, ese amor lo necesitamos ¿para qué? para que nos purifique, porque también nosotros muchas veces nos hemos constituido en “Hermano Mayor” y con nuestros juicios y acciones hemos dividido, hemos humillado, hemos ofendido, hemos pasado por la dignidad de los demás y eso no es lo que quiere.

Hoy nuestro Padre Dios quien por medio de Cristo Jesús nos propone: quieren precisamente sea el amor de misericordia lo que impregne nuestro pensamiento, nuestro corazón. En este amor también nosotros, como el Padre seremos capaces de salir al encuentro de los demás, seremos capaces de lavar las ofensas, seremos capaces de revestirlos con esa dignidad con la que en esta parábola el Padre revistió al hijo prodigo lo hizo nuevamente un digno hijo de aquella casa donde reina el amor.

Así, también, queremos que en Zacatecas ese sea nuestro propósito, reine el amor, pero el amor de Dios, para que a través de nuestros juicios no condenemos; a través de nuestros juicios haya propuestas donde se deje sentir, como hemos dicho, que abrimos nuestros brazos, damos nuestra mano a todas nuestras hermanas y hermanos. Y así luchamos porque Zacatecas sea una familia unida, una familia que ha tomado opción: la paz, la convivencia. Y así progresen nuestros pueblos. Y así no haya pueblos pobres en carencia de amor, sino ricos en amor y ricos en propuestas para que se establezca la justicia y así la paz se dé. Es así como podemos nosotros corresponder a este amor misericordioso del que hemos encontrado en la Palabra de Dios. Este amor grande, bondadoso y tierno que nos ha entregado María justo en este lugar, es ese amor el que tenemos que llevarnos. Zacatecas nos espera, sí nos espera cargados de cariño, de amor, pero no olvidemos qué amor. Un amor misericordioso donde se deje sentir los brazos abiertos, las manos tendidas, para levantar, para ayudar, pero también para comprometernos con la vida del otro, como lo hizo el padre del hijo pródigo.

Así sea.

 
 
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