12 de septiembre de
2010
Muy estimados y apreciados
señores curas y sacerdotes, que hoy nos acompañan. Infinitamente
agradecido con ustedes por su presencia, por su participación
y por el entusiasmo con el que han influido en el ánimo
de todos aquellos a quienes se les ha confiado y como respuesta
la presencia también de ellas y ellos, hoy nos acompañan.
Que el sacrificio, el esfuerzo, la abnegación, la falta
de comodidad, como implica una peregrinación como esta y
como cualquier otra peregrinación a otro santo lugar, pero
me refiero a esta en especial. Vale la pena, porque es encontrarnos
en la casa de nuestra Madre, contemplar su milagrosa imagen
es motivo para nosotros: de alegría, de lloro, de contento,
pero sobretodo de unción, porque María está cumpliendo aquellas
palabras con las que Ella expresó a Juan Diego el motivo
para invitarle a que hiciera esta casa, era precisamente
para mostrar ahí todo su amor, su compasión, su ternura
y también acoger la humilde suplica de sus hijos. Esto,
este milagro es el que hoy se ha realizado a favor de todos
nosotros.
Zacatecanos, sintámonos privilegiados,
sí, sintámonos privilegiados, porque la palabra y promesa
de María se hace verdad y realidad a favor de nosotros,
pero también quiere ser verdad y realidad al mirar en nosotros
a cada una de nuestras parroquias, a cada una de las familias
zacatecanas, a cada uno de los miembros de nuestros hermoso
Estado de Zacatecas, todos a todos queremos que también
los mire hoy, y que justo también hoy reciban de Ella todo
su amor, su ternura, su compasión y venga también en auxilio
de ellos para que su súplica y su petición sea atendida.
Por eso decía, es un momento, es un gran privilegio, necesitamos
como hemos escuchado en la Palabra de Dios, nos dice la
segunda lectura: necesitamos, que la Palabra de Dios,
el amor misericordioso de Dios, así como renovó el espíritu
de san Pablo, la vida de san Pablo Apóstol, así también
a nosotros el mismo amor de Dios Padre, que por medio de
Cristo Jesús nos los entregó, ese mismo amor nos renueve
el corazón.
Solo el amor es capaz de convocarnos;
solo el amor es capaz de unirnos, solo el amor es capaz
de vernos, como Ella quiere vernos, María, como quiere vernos
también nuestro Padre Dios. Vernos en familia esto es lo
que necesitamos vernos y tratarnos como familia. Este también
es templo que nosotros, quienes hoy hemos venido, estamos
llamados a construir, a levantar y a sobretodo cuidar que
ese templo sea el amor. El amor misericordioso del Padre
quien vino al encuentro de Moisés; quien vino al encuentro
de Pablo; quien vino al encuentro del hijo prodigo. Ese
amor sea el que hoy encentremos aquí con la intercesión
de María, sí, ese amor lo necesitamos ¿para qué? para que
nos purifique, porque también nosotros muchas veces nos
hemos constituido en “Hermano Mayor” y con nuestros juicios
y acciones hemos dividido, hemos humillado, hemos ofendido,
hemos pasado por la dignidad de los demás y eso no es lo
que quiere.
Hoy nuestro Padre Dios quien
por medio de Cristo Jesús nos propone: quieren precisamente
sea el amor de misericordia lo que impregne nuestro pensamiento,
nuestro corazón. En este amor también nosotros, como
el Padre seremos capaces de salir al encuentro de los demás,
seremos capaces de lavar las ofensas, seremos capaces de
revestirlos con esa dignidad con la que en esta parábola
el Padre revistió al hijo prodigo lo hizo nuevamente un
digno hijo de aquella casa donde reina el amor.
Así, también, queremos que
en Zacatecas ese sea nuestro propósito, reine el amor, pero
el amor de Dios, para que a través de nuestros juicios no
condenemos; a través de nuestros juicios haya propuestas
donde se deje sentir, como hemos dicho, que abrimos nuestros
brazos, damos nuestra mano a todas nuestras hermanas y hermanos.
Y así luchamos porque Zacatecas sea una familia unida, una
familia que ha tomado opción: la paz, la convivencia. Y
así progresen nuestros pueblos. Y así no haya pueblos pobres
en carencia de amor, sino ricos en amor y ricos en propuestas
para que se establezca la justicia y así la paz se dé. Es
así como podemos nosotros corresponder a este amor misericordioso
del que hemos encontrado en la Palabra de Dios. Este amor
grande, bondadoso y tierno que nos ha entregado María justo
en este lugar, es ese amor el que tenemos que llevarnos.
Zacatecas nos espera, sí nos espera cargados de cariño,
de amor, pero no olvidemos qué amor. Un amor misericordioso
donde se deje sentir los brazos abiertos, las manos tendidas,
para levantar, para ayudar, pero también para comprometernos
con la vida del otro, como lo hizo el padre del hijo pródigo.
Así sea.