Bendito y alabado sea
nuestro Padre Dios quien, en su infinito amor por nosotros, dispuso
enviarnos a su amado Hijo a fin de que por la fe en Él podamos todos
alcanzar la salvación que nos obtuvo en su muerte y resurrección.
Mis amados hermanos y hermanas, en
la primera lectura, tomada del segundo libro de las Crónicas, tenemos
un resumen muy dramático de una etapa de la historia de Israel, tal
vez la más fuerte en la experiencia del pueblo con Dios. La caída
de Jerusalén, el destierro en Babilonia y el retorno. Y, como efectivamente
lo reconoció el pueblo, eso se debió a sus innumerables infidelidades
a pesar de las llamadas de Dios, siempre fiel, les hizo mediante sus
mensajeros los profetas. No podemos dejar de maravillarnos ante el
contraste entre la fidelidad de Dios y la infidelidad y la necedad
del pueblo. Pero es muy importante, para nuestro aprovechamiento espiritual,
que no podemos evitar vernos reflejados en esa situación; sino al
contrario, si somos honestos nos vemos obligados a contemplar y a
agradecer la gran misericordia de Dios frente a nuestras constantes
rebeldías, frente a nuestras constantes infidelidades y pecados.
La segunda lectura, tomada de la carta
de san Pablo a los Efesios, también toca el tema del amor indefectible
y, por lo mismo, amor admirable del Padre que por su Hijo y en su
Hijo Jesucristo nos ha dado, por pura generosidad suya, la vida eterna.
Pero el mismo Jesucristo quien, hablándonos
una vez más del tema en el Evangelio de san Juan, nos revela el misterio
del amor de Dios mediante la cruz. Es en ella, en la cruz, según nos
enseña, donde Dios ha mostrado definitivamente el amor entrañable
que nos tiene. Es Jesús en la cruz donde podemos contemplar y experimentar
no sólo el amor sino todavía más, mis hermanos: la fuente de ese amor,
la fuente de la salvación. No nos queda otra cosa que ver en Jesús
crucificado la fuente de la vida eterna. Esa vida a la que nos había
destinado desde la creación, por pura gracia suya como dice san Pablo.
Mis amados hermanos y hermanas, estas
consideraciones nos llevan a sacar consecuencias muy importantes para
nuestra fe. En primer lugar, valorar para entender lo que dice Jesús:
tanto amó Dios, tanto, fíjense lo que valemos, mis hermanos,
la sangre preciosa de nuestro Señor Jesucristo: tanto amó al mundo
que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los creen
en Él, sino que tengan vida eterna. Esto significa, mis amados
hermanos, y aquí está la enseñanza central de este domingo: JESÚS
ES EL MEJOR REGALO QUE DIOS HA DADO AL MUNDO, es decir a toda
la humanidad. El evangelista Juan a él debemos la definición más hermosa
y luminosa de Dios: ¡Es Amor! ¡Su Nombre es Amor!
Antes nos acercábamos a Dios, y por
sus distancias manifestaciones conocíamos algunos de sus atributos,
como el poder, la sabiduría, la providencia, la justicia, y sobre
todo, la paciencia y la misericordia. Estaba claro, mis hermanos,
que Dios tenía mucha misericordia con el hombre, mucha generosidad,
mucha ternura. Se parece al mejor de los padres y de las madres. Y
sus predilectos serán los pobres, los débiles e indefensos. Salmos
y profetas, como Isaías, Jeremías, Oseas, ya nos habían convencido
de esta pintura tan entrañable de Dios. No había nación, ni religión
que tuviera un Dios tan cercano y tan humano, tan sublime y atrayente.
Pero es el evangelista Juan que nos
dice algo más, es Jesús en el Evangelio de Juan: nos dice que Dios
se define como Amor, que toda realidad divina es amor, que todo lo
que hace es desde el amor, que nada puede hacer que vayan en contra
del amor, porque se destruiría así mismo. Como ya señalaba, mis
amados hermanos y hermanas: la mayor prueba del amor de Dios y la
más brillante manifestación del Dios-Amor es Jesucristo.
Mis hermanos, convenzámonos que Jesucristo
es la máxima expresión y prueba de amor que Dios nos ofrece. Siempre
podremos experimentar muchas otras, pero ésta es la fuente de todas
las demás. También significa esto que Dios, antes que otra cosa,
sabe amar, y amar con un amor propio de su naturaleza infinita. Es
decir, infalible, permanentemente fiel, total y que si lo aceptamos
y nos dejamos invadir por él, estaremos viviendo auténticamente en
la fe. Para eso nos envía al Espíritu Santo, que es Amor, fíjense
como la Pascua culmina con la efusión del Espíritu Santo para penetrarnos,
para invadirnos del mismo amor de Dios. De este amor infalible, permanente,
fiel y total.
Mis amados hermanos, esto a su vez
significa: que fe es igual a corresponder a su amor. De aquí que lo
más importante, mis hermanos, para ser verdaderos creyentes, es necesario
experimentar continuamente su amor. Antes que nada el creyente ha
de saberse amado y sobretodo dejarse amar. Sólo así, mis queridos
hermanos, seremos capaces de observar cabalmente el mandamiento del
amor. Por lo general intentamos cumplir el mandamiento prescindiendo
de la fuente del amor. Pero lo peor, mis hermanos, es que nos consideramos
pecadores sin pasar por la experiencia del amor de Dios. Y la verdad
es que sólo a la luz del amor crucificado de Dios es como nos podemos
reconocer auténticamente pecadores. Eso lo podemos vivir en la contemplación
de la cruz, símbolo del amor infinito de Dios.
No huyamos, refugiándonos en observancias
superficiales de la Ley. En criterios moralizantes y miopes frente
a ella. Si, como decíamos el domingo pasado, logramos apreciar la
Ley como un don de Dios, la abrazaremos gozosa y agradecidamente en
el amor. ¿Cómo no abrazar la cruz de Cristo? Si lo abrazamos a Él,
todo fue en ella.
Por otro lado, una consecuencia más
de esta reflexión sobre la Palabra de hoy es que hemos de ser muy
atentos y muy interesados en ocuparnos de anunciar, de proclamar ante
todo, el gran amor que Dios nos tiene. Es éste el corazón de la Buena
Nueva. No las amenazas constantes de condenación y de castigos: mira
que Dios te va a castigar, no por favor. Mis hermanos, Dios no es
como un gran policía con la macana en la mano para darnos el golpe
tan pronto fallecemos, por el amor de Dios, no. Anunciemos al mundo
que creer consiste precisamente, en amar a Dios sobre todas la cosas
porque Él, como dice san Juan en su primera carta: el amor
consiste en que Él nos amó primero (4,10) porque hemos conocido
lo que es el amor en aquel que dio la vida por nosotros (3,16),
pues Dios ha demostrado el amor que nos tiene enviando al mundo
a su Hijo único para que vivamos gracias a Él (4,9). Y si verdaderamente
amamos al único Dios verdadero, entonces, mis amados hermanos, amaremos
también a todo lo que Él ama, especialmente nuestros hermanos, pero
también la creación entera.
Anunciemos con nuestra vida que Dios
es un Dios de amor. Que Dios es un Dios de misericordia viviendo como
Él vivió (Cf. 1Jn 2,6), es decir, proyectando el amor a través de
nuestras actitudes, de nuestros pensamientos, de nuestros sentimientos,
de nuestra comprensión, de la tolerancia, de la paciencia frente a
los desórdenes del mundo. No condenemos, ni discriminemos: Más
bien animémonos a dejarnos amar por Dios, es decir, a dejarnos salvar
por el amor infinito de Dios, y esta experiencia llevémosla a los
demás.
Por lo demás, queridos hermanos, es
lo que celebramos diariamente, pero especialmente el domingo con toda
la comunidad: que Dios no deja de amarnos y nos sigue dando la oportunidad
de salvarnos. Nosotros, con nuestra participación asidua en la Santa
Eucaristía, con nuestra asistencia asidua a la Santa misa le damos
la oportunidad de que nos salve por su sangre derramada por amor a
nosotros y, aún más, ahí aprendemos, aquí en la Eucaristía a ser capaces
de amar como Él ama, hacer de nuestra vida un pan que llene, que sacié,
que se entregué generosamente a los demás. Que los demás saboreen,
que los demás gocen y disfruten.
María, Madre del Amor, la Dulce Señora
del Cielo, nuestra Muchachita y amada Madrecita es experta en esto
y nos sabrá enseñar y acompañar en esta noble tarea.
Amén.