Demos gracias a Dios,
mis amados hermanos y hermanas, demos gracias al Padre de nuestro
Señor Jesucristo que nos ha llamado a la vida a través de la muerte.
La bondad infinita de este Dios en quien creemos consiste en que nosotros
habíamos pecado y habíamos merecido, por eso, la muerte; sin embargo,
siendo su misericordia la característica más propia de su ser misterioso,
no podía más que llamarnos a la vida verdadera precisamente a través
de la muerte de su Hijo: por la fe en su Hijo muerto y resucitado.
Mis queridos hermanos y hermanas, la
enseñanza sobre la misericordia indefectible de Dios es una verdad
que, como doctrina de la fe judía, escuchaba ya el pueblo elegido,
de labios de los profetas. Cristo Jesús la reveló en toda su plenitud
con su persona, su obra y su enseñanza, pero ya estaba presente en
la predicación de los profetas, como lo podemos comprobar hoy en la
lectura que hemos escuchado del libro del profeta Jeremías.
El trozo que escuchamos, se encuentra
en una sección del libro que los especialistas han llamado “libro
de la consolación”. Se trata, mis amados hermanos y hermanas,
de una profecía que el profeta grita como anuncio de la misericordia
divina: El pueblo tendrá que sufrir un terrible castigo por sus pecados,
pero se le asegura al mismo tiempo que cuando paguen sus culpas el
Señor les mostrará que no ha sido deseo suyo el castigarlos sino que
es el resultado de sus pecados. Ya desde ahora se lo asegura: han
de pasar por el momento de purificación para que Dios establezca
una nueva alianza que será observada desde lo más profundo del ser
de cada miembro del pueblo. Pero será obra de la misericordia divina.
La profecía de Jeremías tiene, entonces,
como finalidad, en ese momento previo al destierro que ha de sufrir
como castigo, animar al pueblo a aceptarlo como purificación, pero
también busca ser una advertencia de que no es propio de Dios el castigo,
sino el amor, la misericordia y la reconciliación, ya decíamos el
domingo pasado, que desechemos de una vez por todas esas expresiones:
Dios te va a castigar, Dios te castigo. Mis hermanos, es propio de
Dios la misericordia, el amor y la reconciliación, nunca jamás el
castigo. Por eso el profeta habla del regreso del exilio como una
nueva alianza que, como la anterior, es obra de la iniciativa divina
pero está vez tendrá, por obra divina (Cf. Ez 36,26) sus raíces en
lo más profundo del corazón del hombre arrepentido.
Jesús, en el Evangelio de san Juan,
asegura que Él realizará efectivamente esa nueva y definitiva alianza
con su muerte a la que se entrega voluntariamente mediante la cruz.
De esta manera, mis hermanos, Jesús nos asegura la salvación ya no
por la mera observancia de la Ley que, por otro lado, sabemos por
experiencia que nos resulta imposible, sino por la pura misericordia
del Padre manifestada y realizada en la muerte a la que ahora da la
cara voluntariamente: para esto he venido, para aceptar esta hora.
Sucede, en efecto, mis amados hermanos y hermanas, que no basta con
que el hombre se arrepienta, es necesario que Dios quiera perdonar
como de hecho lo hace Él por la muerte de su Hijo Jesucristo.
Mis hermanos, el versículo anterior
a la lectura del Evangelio de hoy, el evangelista: relata que los
fariseos, acérrimos enemigos de Jesús, comentan entre sí que no consiguen
nada con perseguirlo pues todo mundo lo sigue (v.19). Y así
es, no sólo algunos de los judíos sino ya también los paganos quieren
verlo (v.21). Jesús, con esta ocasión, les habla a sus apóstoles
diciéndoles que ha llegado la hora, ‘su hora’ en la que dará la vida
por todos los que se acercan a Él: atraeré a todos hacia mí
(v.32). Esta ‘hora’ es el momento de morir en la cruz para la salvación
de todos. Sus discípulos no lo entienden, pero lo entendieron después
de la resurrección.
Para Jesús, mis amados hermanos, su
muerte no es un fracaso sino todo lo contrario: el momento de su glorificación,
el momento de su exaltación, pero también el momento de la glorificación
del Padre (Cf. Jn 17,1) puesto que, en el momento de su muerte en
la cruz se manifestará toda la misericordia de Dios por nosotros los
pecadores, así como el poder de Dios sobre el mal porque el que
tiraniza a este mundo va a ser arrojado fuera (v. 31).
Mis hermanos, con la muerte de Jesús,
la muerte del hombre adquirió un sentido y un valor inmensos, de suma
trascendencia. Ahora podemos entender que no se muere nada más por
morir, no. Se trata, más bien, de aprender a morir cada día
con sentido, por amor, y a todo aquello que se opone a los valores
del Reino. Se trata de vencer el odio con el amor, se trata de vencer
la mentira con la verdad, se trata de vencer la injusticia con la
caridad, las tinieblas con la luz, el egoísmo con la solidaridad.
En eso consiste dar fruto, como nos dice Jesús. En fin morir, para
el verdadero creyente es renunciar a todo lo que le separa de Dios,
de servirlo antes que seguir las consignas del egoísmo y la cobardía.
Es así como, mis amados hermanos, ya desde ahora, se dan frutos de
vida eterna. No hay un más allá sin un acá. No hay un después, sino
un ahora, es así como nosotros desde ahora tenemos que dar fruto en
la media en que pisoteamos nuestro orgullo, nuestra soberbia daremos
frutos de entrega, de servicio, de amor, de perdón, de alegría, de
esperanza, de ilusión. Aún en medio de las crisis, aún en medio de
las dificultades y de los problemas, aún en medio de la violencia
y de todo esto que estamos viviendo.
Esa es la razón, mis amados hermanos,
por la que celebramos en la Sagrada Eucaristía todos los días, y en
especial, cada domingo. Celebramos la vida toda, pero especialmente
la vida eterna que Dios nos regala en el Cuerpo y la Sangre de su
Hijo que murió por nosotros en el madero de la cruz. En el sacrificio
de la Misa, mis amados hermanos, renovamos la alianza que Dios nos
ofrece en la sangre de su Hijo. Y, a la vez, aceptamos en nuestra
vida la cruz como paso necesario para la salvación nuestra y del mundo.
Nuestra Muchachita, la Dulce Señora
del Cielo, nuestra amada Madrecita Guadalupe, siempre presente en
nuestro caminar, ofrece con nosotros este sacrificio de alabanza
y gratitud a Dios nuestro Padre.
Amén.