JESÚS, LA ENFERMEDAD Y LOS ENFERMOS
Muy amados hermanos y hermanas, en el corazón de Cristo Jesús,
agradezcamos a Dios, nuestro Padre por su Palabra que nos ilumina,
nos fortalece y nos consuela. Esta Palabra suya es Jesucristo que,
como nadie, nos habla del Padre y, de parte suya, realiza en nosotros
el designio salvífico de su voluntad soberana y santísima por la acción
de su Espíritu.
Su Palabra viva, mis amados hermanos y hermanas, que es Jesucristo,
nos cura de las enfermedades que nos aquejan, nos tienen postrados
en el dolor, la pena y el sufrimiento. La enfermedad y el sufrimiento,
que acompañan toda nuestra vida, producen en nosotros un estado permanente
de miedo e inseguridad. Así, vamos por la vida sin una luz que nos
hace anhelar en la misma proporción la paz y así vamos y nos permite
ver el final de un túnel lleno de conflictos, fracasos y frustraciones
que nos hace anhelar en la misma proporción la paz, la seguridad y
la felicidad que parecen cada día más incansable. Paradójicamente,
podríamos pensar que lo que más anhelamos y nos proponemos alcanzar
es lo que, por imposible, menos deberíamos buscar. Pero el hecho,
mis amados hermanos y hermanas, es que, a pesar de esa enorme dificultad,
llevamos inscrito este deseo profundo en lo más íntimo de nuestro
ser.
Miren, mis hermanos, esa era la experiencia del autor del libro
de Job. Este libro, uno de los cinco libros sapienciales, describe
muy bien la experiencia de todos y cada uno de los hombres y mujeres
que formamos la humanidad y para quienes la vida, según Job, no es
otra cosa que un duro trabajo sobre la tierra, como un servicio militar
o el trabajo de un jornalero que sólo espera su salario o bien, como
un esclavo que sólo suspira por la sombra. Pareciera que la vida del
hombre sobre la tierra nos es más que suspirar y vivir de ilusiones
y de afanes inútiles. La vida para Job no es más que un soplo y un
suspiro.
Ante la vida que Job describe desde su experiencia, no le queda
otra cosa que pedir la muerte o pedir el auxilio de Dios. Por eso
el personaje que nos representa no le queda otra salida que apelar
a recuerdo de Dios sobre la realidad del ser humano: recuerda,
Señor que mi vida es un soplo. Esta apelación tiene como finalidad
otra cosa que traer a la memoria el proyecto de un Dios fiel que no
quiere el sufrimiento por sí mismo, no, mis amados hermanos, Dios
no quiere el sufrimiento nuestro. El sufrimiento en sí mismo no tiene
un sentido, no, el sufrimiento tiene un sentido y no necesariamente
está ligado directamente a un pecado personal, como lo aseguran los
amigos de Job. No es sino con la fe cristiana como se ve la enfermedad
y el sufrimiento: o bien como una prueba que Dios manda para consolidar
la fe de los creyentes, o bien como un medio de purificación.
En el Evangelio de hoy tenemos, queridos hermanos, el texto
del evangelista Marcos que nos presenta en tres pequeños cuadros,
pero de una manera intensa, la actividad liberadora de Jesús que consiste
en curar, pero sobre todo, en predicar. Jesús libera con su Palabra.
Como siempre tenemos, en la vida de Jesús, que Palabra y acción van
unidas íntimamente.
Decíamos hace ocho días, lo recordaran mis hermanos, que los
milagros de Jesús no son lo más importante, sino que, unidos a su
enseñanza, son confirmación de su autoridad de Mesías como Hijo de
Dios. Lo verdaderamente central y trascendente de su mensaje sobre
el misterio del Reino. Misterio que Él mismo encarna y hace presente
en la historia a través de su Palabra y de su obra. Desde esta perspectiva
es como vemos a Jesús como liberador del hombre en su realidad más
profunda, es decir, en su situación de incapacidad existencial para
alcanzar la plenitud de la felicidad por sí mismo. Jesús vino para
anunciar y realizar la salvación, para darnos vida en plenitud, para
conducirnos a la casa del Padre. Así podemos entender la afirmación
suya en el Evangelio de hoy: pues para esto salí, para esto estoy
aquí.
Cuando Jesús libera de los males que afligen a las personas
que le acercan o acuden a Él, quiere mostrar, ante todo, que el mal
no puede convivir en igualdad de derechos con el bien hacia el cual,
por voluntad divina, está orientado originalmente el ser humano. Es
muy importante, mis amados hermanos y hermanas, que nos quede bien
claro que no nacimos para ser infelices, desgraciados y esclavos de
la ignorancia, la violencia, la mentira, la soberbia y el egoísmo,
por más que nos veamos rodeados de todos esos y otros muchos males,
no, hemos nacido para la vida y la vida en plenitud y esa vida nos
la da el Señor Jesús. Ni siquiera podemos resignarnos a sufrir todos
estos males, cuando los padecemos en el interior de cada uno. Dios
hizo todo y lo hizo bien: vio Dios que todo era bueno, nos
dice el Génesis en la narración de la creación. El mal, mis hermanos,
no tiene derechos en el mundo, y mucho menos los tiene sobre el ser
humano creado a imagen y semejanza de Dios, como un retrato de Dios.
Por tanto, hermanos, hemos de tratar de entender que, a partir
de Cristo, el sufrimiento y la enfermedad, no son un valor en sí mismos,
pero, considerados desde la pasión y muerte del Señor Jesús, tienen
un valor que sólo en la fe, en el amor y la esperanza, podemos comprender.
Por eso nos reunimos cada domingo a celebrar la muerte del
Señor que nos trae la salvación y nos revela el amor incondicional
y sin medida de Dios. Esto es la Sagrada Eucaristía, mis hermanos,
que jubilosamente celebramos domingo tras domingo. Sólo este amor,
vivido y celebrado en la fe y en la esperanza nos hace libres y alegres
en medio de los sufrimientos de la vida diaria. Desde luego que debe
ser combatido, todo mal, puesto que el mal, en cualquiera de sus manifestaciones,
no es propio del ser humano, ni del mundo tal como Dios los creó originalmente.
De manera que tiene plenamente sentido que el hombre luche, que el
hombre se esfuerce por combatir, especialmente el mal moral, con el
recurso de la ciencia y de los valores de la verdad y de la vida.
Que nuestra Niña y dulce Madrecita Santa María de Guadalupe,
quien nos dijera: que nada te espante, que nada te preocupe ¿no
estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿no estoy yo aquí para escuchar tus
quejas, penas, lamentos y curar todos tus males? Que esta dulce
Señora del Cielo nos alcance del Padre, por los méritos de su Hijo,
la gracia de hacer, como Jesús, siempre el bien, en medio de tantos
males que nos agobian.
Que así sea, mis amados hermanos.