Hermanos,
hermanas, muy estimados señores diáconos, padres, mis hermanos
canónigos del Venerable Cabildo de Guadalupe, podemos comenzar
comentando la Palabra de Dios para este domingo con este episodio
de la visita de Jesús a su pueblo Nazaret, el cual ha suscitado
la famosa frase, de uso universal: “nadie es profeta en su tierra”.
El episodio del Evangelio
de este Domingo nos permite dilucidar, una doble y triste realidad:
por un lado, el desconocimiento de Cristo como profeta y por
otra parte como los habitantes de Nazaret no se beneficiaron
de la acción salvífica de Cristo, como Hijo Unigénito de Dios.
Ambas realidades pueden
resumirse en una sola conclusión: falta de fe, la desconfianza
en Dios, que sabemos es devastadora para el ser humano. Podemos
encerrarnos en la necedad, en el descalificar todo lo bueno
que Dios nos da y así vivir amargamente sumergidos en el pesimismo
y en la depresión. Vivir sin fe, sabemos que ha sido el drama
del ser humano de todos los tiempos y en época reciente y actual
que nos ha conducido a lo absurdo y al caos de la existencia.
Esta reacción humana de
no aceptar la acción de Dios a través de la sencillez, de lo
ordinario, de lo común y corriente, encierra al hombre en una
vida sin sentido, sin el horizonte de la presencia divina no
podemos penetrar esos designios de Dios y nuestras realidades
frágiles y humanas nos van encerrando cada día más.
Casi siempre nos escudamos
y encerramos en sólo en poner atención en lo grande, en lo que
relumbra, en lo magnificente, en lo presentado con esa envoltura
de gran apariencia. Pero precisamente en las lecturas de este
domingo no olvidamos que el Plan salvífico de Dios para la humanidad,
tiene su origen en la Encarnación de Dios, está fundamentado
en la sencillez de esa encarnación en el seno virginal de María
Santísima. El nacimiento del Hijo Unigénito de Dios en un establo,
no tuvo nada de espectacular. El anuncio del Reino de Dios siempre
estuvo apoyado de realidades humanas sencillas, simples, que
las tenemos contenidas en pequeños cuentos o parábolas rabínicas
a partir de cosas muy sencillas ¿cómo crece una semilla? ¿cómo
las acciones humanas de pescar, de barrer, de buscar, de ser
un padre o una madre de familia nos llevan al gran misterio
de Dios? De esta manera encontramos como Dios siempre se ha
valido de lo ordinario, de lo común y corriente, para enraizar
ahí su infinito amor, su perdón sin límites, su misericordia.
No olvidemos como la Nueva Alianza está sellada con la humanidad
y Dios a través de algo muy sencillo esa sangre que brota de
Jesús crucificado. Y por otra parte el triunfo magnífico, sobre
el mal, la muerte y el pecado, está recubierto de la sencillez
y frescura de esa mañana de la Resurrección.
Hermanos, hermanas, así
es el actuar de Dios, así es como lo realiza en nuestras vidas,
a cada instante de nuestra existencia, a nosotros nos toca descubrir
esa acción omnipotente en la sencillez de nuestras realidades
ordinarias.
Sabemos que nuestra rebeldía
ante Dios, y sirva de ejemplo la rebeldía del pueblo de Israel,
respecto a los designios a Dios, constantemente se opone a lo
que Dios quiere. Jesús nos describe precisamente este drama,
muchas veces, en las parábolas, de cómo el ser humano constantemente
quiere despedazar hacer desaparecer la acción de Dios, dar la
espalda a su amor infinito. Sirva el ejemplo de Jesús cuando
Jesús se atribuye las palabras del Profeta Isaías, que hemos
cantado antes del Evangelio: “el
Espíritu del Señor está sobre mí, me ha enviado a anunciar el
Evangelio a los pobres” esa frase causo escándalo. Sus contemporáneos
no admitían que la sabiduría de alguien común y corriente, como
lo veían a Cristo, con su cercanía, con esa familiaridad no
tenía nada que decirles.
Nosotros ante esta realidad,
hermanos, y para servir a esta Palabra de Dios y a este episodio
del Evangelio de Dios de este domingo, debemos siempre tener
mucha atención en lo que sucede a nuestro alrededor en las manifestaciones
de nuestra vida ordinaria y diaria. Cristo muchas veces se nos
presenta en la persona de los hermanos más débiles, quizás los
más insignificantes, quizás aquellos que para nosotros son nada
o que según nosotros decimos tú no sabes nada, yo sí.
Es muy importante estar
abierto a cualquier inspiración del Espíritu Santo y debemos
pedirle a Dios ese discernimiento para saber lo que Dios, quiere
expresar en el esplendor de la verdad en esta cotidianidad.
Podríamos decir, hermanos y hermanas, nos falta humildad. Sabemos
que la humildad es el buen camino para descubrir del designio
de Dios para amar y respetar a nuestros semejantes. Comenzando
por aquellos que comparten nuestra vida, en nuestro barrio,
en nuestra colonia, en nuestro pueblo o ciudad, que no son famosos,
que no salen en la tele, ni en el periódico, que no son importantes,
pero por ellos Dios nos puede hablar.
Esa humildad que nos hace
falta debemos ir a la escuela María Santísima. Ella que supo
reconocer el esplendor de la verdad y el amor de Dios con un
sencillo hágase “sí” ahí radica en nosotros seguir ese mismo
camino. Debemos acercarnos con humildad y sencillez de corazón
a lo que Dios nos propone cada día e intentar descubrir en su
acción en esta cotidianidad. Sirva, hermanos y hermanas, un
ejemplo sencillito para comprender: hoy es día de elecciones
en nuestra Patria y quizás nada más limitarnos o pensar en cumplir
nuestra responsabilidad cívica de votar. Sin embargo, como cristianos,
no debemos nunca olvidar e intentar preguntarnos lo que Dios
nos inspirarnos en el momento de votar. De una sencilla acción
humana y cívica, Dios se valido y se vale para conformar el
futuro político y social de una nación. Por tanto, hermanos,
no podemos dar la espalda a nuestras responsabilidades y derechos
como ciudadanos. Dios en su infinita sabiduría se valdrá de
nuestras decisiones para instaurar con aquello que quizás despreciamos
o desconfiamos o consideramos que no es lo correcto para instaurar
su Reino de amor, de justicia, de paz, de concordia y de reconciliación.
Sabemos como mexicanos que su designio ha estado siempre presente
en nuestra historia no por algo lo dice un verso de nuestro
himno nacional: “… que por el dedo de Dios escribió”. Sí, hermanos,
Dios ha escrito muchas veces en nuestra historia su designio,
lo ha escrito de manera portentosa y admirable en el humilde
ayate de nuestro hermano san Juan Diego Cuautlatoatzin, ahí
está y aquí estamos hoy delante del gran amor, del moreno rostro
de nuestra Madre, Santa María de Guadalupe. A Ella, en el cruce
de su manto colocamos hoy, aquí, en su santuario el destino
histórico, político y social de nuestro querido México, sabedores
que Ella siempre escucha nuestras necesidades y a forjado nuestra
patria.
Recordemos en este día
tan importante para nosotros sus maternales palabras: ¿no estoy
yo aquí que soy tu Madre? ¿qué te apura? ¿qué te aflige? Con
humildad digámosle a Ella: Señora, Niña voy a cumplir tu aliento,
lo que tú me mandes.
Que así sea, hermanos.