6
de septiembre de 2009
Mis
amados hermanos, el Señor hoy nos llena de gozo, de alegría
con la Palabra que hemos proclamado. El Señor nos dice, hoy:
“Ánimo, ánimo, no tengan miedo. Ánimo, díganle a aquellos que
están tristes, deprimidos, apachurrados, sin ilusiones, sin
esperanzas: aquí está su Dios. Vengador y justiciero viene ya
para salvarnos”. Bien, animo, aquellos que están tristes
porque han perdido un ser querido; aquellos que experimentan
una enfermedad, que tal parece que no tiene solución; aquellos
que vivimos en medio de la violencia, de la inseguridad, del
narcotráfico, de la corrupción, etc., ánimo, nos dice
el Señor. Él se ha humanado, la Palabra eterna del Padre en
el Señor Jesús. Jesús Mesías es el verdadero realizador de la
Salvación y Jesús sigue vivo en medio de nosotros a través del
Sacerdocio Ministerial. Es Cristo quien bautiza. Es Cristo quien
perdona y absuelve. Es Cristo quien preside nuestra Asamblea
Litúrgica, que nos alimenta con la Palabra, con su Cuerpo y
su Sangre. Es Cristo quien bendice el amor de los esposos. Es
Cristo quien dispone al moribundo, al enfermo para que llegue
a la casa del Padre y a través del sacerdote el va realizando,
verdad, esta misión salvadora.
Escuchemos
el mensaje, que hoy, el Rector del Seminario va a entregarnos
a propósito, precisamente, del Día del Seminario.
Agradezco
con mucho aprecio y reconocimiento a Monseñor Diego Monroy,
Rector de esta Insigne y Nacional Basílica de Guadalupe, la
acogida siempre afectuosa y cariñosa que tiene con el Seminario
Conciliar de México, así como con todos los fieles que llegamos
a esta casa esperando el consuelo y el amor de nuestra Madre
del Cielo. También, quiero agradecer el cariño y la cercanía
del Cabildo de la Basílica y de todos los Padres Capellanes
de Coro, que en esta casa como hermanos prestan el servicio
ministerial que el Señor les ha concedido. Y de una manera muy
particular, quiero dirigir desde este lugar donde se proclama
la Palabra de Dios todo mi reconocimiento y aprecio, todo mi
compromiso y con ello el compromiso de todo el seminario con
el pueblo de Dios, que congregado en este momento representa
al Iglesia de todo el mundo, porque es con la Iglesia de todo
el mundo que se tienen que comprometer las instituciones de
la Iglesia. Que es mirando el bien, de cada uno de ustedes.
Es mirando las preocupaciones y necesidades sobrenaturales de
cada uno de los miembros de la comunidad: que se tiene que pensar
la pastoral; que se tienen que pensar la actividad de los ministros
del Señor. Y en concreto que tenemos que pensar también desde
el seminario la formación de los futuros sacerdotes.
Ya
nos decía Monseñor Diego, esta Palabra que brota del profeta
y que es una Palabra intensa y cargada de emoción, porque Dios
nos dice por boca del profeta y por boca de la Iglesia a todos
los que nos acercamos desde nuestra propia necesidad a Él: ánimo,
ánimo, su Dios viene a salvarlos.
Y
este ánimo se dirige a los de corazón apocado. A los
que tal vez sufren la ceguera de no poder ver lo que Dios les
está pidiendo. A los que sufren la sordera, es decir la incapacidad
de entender un mensaje salvífico, que les ayude realmente a
en causar sus pasos. Aquellos que caminan como cojos, torpemente
por la vida sin saber exactamente que están buscando o hacia
donde van. El corazón apocado, que tantas veces nosotros mismos
hemos reconocido en nuestro interior. ¿Qué estamos haciendo
con nuestros días? ¿hacia dónde se dirigen nuestros pensamientos?
¿qué es lo que nos detenemos a mirar cuando vamos por la calle,
cuando peregrinamos por la vida? ¿en dónde descansa nuestra
mirada? ¿qué es lo que cultivamos como los sentimientos cotidianos
en nuestro corazón? ¿de qué manera tratamos a nuestros hermanos
en la familia? ¿qué es lo que buscamos cuando trabajamos? Estas
preguntas muchas veces lamentablemente nos llevan a una respuesta
lejana a Dios y lo que nosotros necesitamos, lo único que en
realidad nuestro corazón está buscando es la cercanía de Dios.
Es esta imagen de los manantiales que llegan a cubrir las tierras
secas; cuánto hemos tenido que implorar la lluvia para nuestras
tierras, cuánto esas tierras secas reflejan de alguna manera
lo que México también en su corazón está viviendo una necesidad
de volver a ser empapado del amor de Dios, reconocer el amor
de Dios y poder acceder a los instrumentos que la gracia de
Dios quiere ofrecernos particularmente a través de los sacerdotes.
Y el elemento simbólico, maravilloso, no sólo del agua, sino
de este signo que realiza Jesús en el Evangelio puede ser muy
elocuente.
Tenemos
ahí a un hombre que no puede hablar bien porque es sordo, está
de alguna manera incapacitado de convertir el lenguaje; lo que
es su sentimiento, lo que es su impresión, lo que es experiencia
cotidiana que va teniendo no la logra formular de manera correcta,
no logra hablar bien. Y esto es simbólico por supuesto de todas
las palabras torpes que a veces pronunciamos; de todas las condenaciones;
de todas las críticas que lanzamos con facilidad. Todo ese modo
incorrecto de hablar, de alguna manera esta simbolizado en este
hombre: sordo y mudo.
En
la raíz de la enfermedad está la incapacidad de escuchar. Nosotros
todos los domingos y en realidad todos los días tenemos la posibilidad
de encontrarnos con la Palabra viva que viene a sacudirnos,
que viene a ofrecernos un motivo de alegría, porque el Evangelio
es eso Buena Noticia: noticia alegre, motivo de regocijo, para
nuestro corazón, motivo de esperanza para nuestro camino, motivación
para el amor en nuestras relaciones cotidianas. ¿Por qué no
lo logramos? porque tal vez cada uno de nosotros ha entrado
también en esa lógica del no recibir la Palabra de Dios.
El
signo de Cristo es muy bello: toma aparte este hombre.
No permite que los ojos curiosos y chismosos estén mirando el
momento. Algo interesante nos pasa en esta Basílica: llega cada
uno con su propio dolor, con su propio silencio, con su propia
angustia, con su propia alegría, con su propio niño en brazos
y se da cuenta de que María de Guadalupe lo mira de manera individual.
Podemos ser miles los que estamos dentro de la Basílica, la
mirada de Dios a través de sus instrumentos elegidos sabe posarse
sobre cada uno de nosotros y cada uno de nosotros nos está mirando.
Así Jesús tomó a este sordomudo: lo separó, lo trató personalmente,
lo atendió conforme a su necesidad ¿cuál era su necesidad? no
escuchaba, no podía hablar. El gesto de Jesús toca precisamente
el dolor y la necesidad del hombre; toca el oído cerrado; toca
con saliva del mismo Jesús la boca del que no habla.
Dice,
el texto: que Jesús guarda silencio y suspira, y de esta
manera se nos está reflejando como Cristo entra en la intimidad
de su corazón para buscar ahí a su Padre y que el Espíritu que
lo unge como Cristo pueda actuar en este hombre concreto que
lo necesita. El gesto es el mismo gesto que acompaña el Bautismo
una palabra misteriosa efetá, ábrete. Y es el mismo gesto
del profeta ánimo, es la palabra que nos vuelve a levantar,
cuando estamos cansados, cuando estamos abatidos, es la Palabra
de gracia que nos dice: la vida tiene sentido, la vida es rica,
la vida vale la pena si dejamos entrar a Dios en ella, porque
si no nos quedamos desiertos en el corazón verdaderamente yermos
en nuestra búsqueda vital. Aquí viene, hermanos, la invitación
de este domingo para todos nosotros: ábrete.
Todos
nosotros hemos sido esclavos del pecado. Todos nosotros hemos
sido esclavos del pecado. Todos nosotros hemos conocido la necesidad,
el miedo, la angustia, la calumnia. Todos nosotros hemos sido
víctima de la incomprensión de los hermanos, pero todo esto
es secundario, si abrimos nuestro corazón. Desde el bautismo
quedamos marcados por esta capacidad de estar abiertos a la
acción de Dios, volvamos abrirnos a la gracia.
Dios
nos dice hoy con esta Palabra que se ha anunciado, que se ha
proclamado: ábrete, abre tu corazón al cariño de Dios; abre
tu corazón a la salvación de Dios; abre tu corazón a las acciones
que en la Iglesia se llevan a cabo; abre tu corazón a aquellas
acciones que Dios han querido que sean realizadas a través de
sus ministros.
Yo
quiero darles las gracias a todos ustedes por el cariño y la
oración que manifiestan siempre por nuestros seminarios, por
los diocesanos y también por los de vida religiosa, por todas
las casas de formación. Y hoy en particular quiero elevar mi
testimonio de gratitud por todo el esfuerzo que el pueblo de
Dios realiza para que el Seminario Conciliar de México, el de
la Arquidiócesis de México, pueda seguir trabajando en esta
delicada misión de generar instrumentos dóciles para que puedan
seguirle repitiendo al pueblo de Dios: ábrete Dios está presente,
Dios está salvando, Dios quiere meterse en su vida, pero si
tú te cierras no hay modo de entrar. Y con esta gratitud
también reconozco, en particular, que se nos haya permitido
posponer en el 2009 a la Basílica, porque el día que teníamos
que venir era precisamente el día que se cerraron los templos
por la influenza. Y esto nos debe de llevar a recordar a nosotros
como sacerdotes formadores y a todos los hermanos seminaristas
que están en puertas, que la necesidad y la fragilidad del pueblo
están ahí siempre latiendo, reclamándonos una respuesta fiel,
dijo el santo Cura de Ars: el sacerdocio es el amor del corazón
de Cristo.
Yo
quisiera provocar en cada uno de ustedes una oración por los
sacerdotes, por las personas que como instrumento les vuelven
a decir: ábrete a la gracia. Y al mismo tiempo pedirle
a Dios para todos los sacerdotes del mundo, en particular los
de nuestra diócesis, esta fidelidad para seguir respondiendo,
como instrumento dóciles a la acción de Dios, para atender las
necesidades concretas de cada uno de los sordos, ciegos, mudos,
cojos, tristes, que están en el mundo necesitando una Palabra
de Dios, que tiene que ser pronunciada a través de un sacerdote.
Que
Dios los bendiga a todos y agradezco, ciertamente, toda la ofrenda
que se recolecta en este día, que es para el mantenimiento de
nuestro seminario.
Que
Dios los bendiga a todos y que la protección de María los acompañe
siempre.