¡ESAS MIRADAS
DE JESÚS!
Queridos hermanos, nuestro
buen Padre Dios jamás deja de llamarnos con lazos de amor,
como dijera el profeta Oseas. Su Palabra viva, que es su Hijo,
nos revela ese misterio de amor indefectible con que se ocupa
de nosotros para hacernos cada día más plenamente hijos suyos.
Por eso seguir a Jesús no es otra cosa que decirle un sí permanente
a su Padre; un sí por la gloria de Dios que se convierte en
el bien supremo al que nunca, sin la revelación de Jesús,
nos hubiéramos atrevido a aspirar. Ese bien supremo, que Dios
nos concede, siempre como don, es la felicidad plena que inicia
siendo discípulos de su Hijo y llega a su plenitud en el encuentro
definitivo con el Padre.
Pero para llegar a ser discípulo de Jesús
es necesario, porque así lo exige Él, SEGUIRLO DESPUÉS DE
ESCUCHARLO, CONOCERLO Y AMARLO. En la escucha de Jesús abrimos
el corazón y la mente, todo el ser, y tratamos, entonces,
de entender y aceptar lo que nos pide para seguirlo, aunque
a veces parezca una aventura. Pero ESTE ESCUCHAR A JESÚS IMPLICA
HONESTIDAD Y AMOR POR LA VERDAD. Amor y verdad que encarna
Jesús de una manera única y perfecta. De manera que, si estamos
abiertos a la verdad y al amor, sólo podemos encontrarlos
en Cristo Jesús, al grado de que sólo en Él podamos confiar
plenamente para ser felices. Es la locura de la cruz.
Lo que pasa con el rico del evangelio
de hoy es, en cierto modo, lo contrario de esto que venimos
diciendo. Este hombre buscaba tal vez sinceramente, pero tenía
dos trabas o lastres que pesaban en su vida: en primer lugar,
el estar casado con la idea de que para salvarse o tener vida
eterna, como dice, es necesario hacer cosas. Igual era la
actitud de los grandes observantes de la Ley, es decir de
los escribas y fariseos. En segundo lugar, estar muy atado
a sus bienes que le daban toda la seguridad, la adquirida
por él. Eran todo a lo que él podía aspirar. Pero se descubre
vacío; LA RIQUEZA NO SATISFACE LA NECESIDAD DE PLENITUD Y
FELICIDAD. Busca, indaga, pregunta; y nada menos que al que
es la verdad y la vida. Pero sus prejuicios con los que se
identifica existencialmente, puesto que los lleva muy arraigados
en los más profundo de su ser, le impiden abrirse a otras
posibilidades de realización y felicidad auténtica y profunda.
Acerquémonos nosotros, hermanos, con
sinceridad y verdadero deseo de saber lo que Dios nos pide
por medio de su palabra escrita y, especialmente por su Palabra
viva que es Jesucristo.
El libro de la Sabiduría, texto de mediados
del primer siglo antes de Cristo, es decir, ya muy cercano
a la encarnación del Señor, nos hace escuchar nuevamente la
oración que, en una ocasión importante en el proceso de consolidación
de su reinado, Salomón (siglo X) pronunció pidiendo a Dios
sólo sabiduría para gobernar y poder para discernir entre
lo bueno y lo malo (1Re 3,9). Ahora, en su reflexión sapiencial
a manera de testimonio, nos dice cómo una vez que Dios se
la concedió, colocó a la sabiduría por encima de cualquier
otra cosa por lo que Dios le concedió, junto con ella, todos
los bienes que lo hicieron famoso. Este libro posee un gran
valor por la época en la que fue escrita, pues con estas reflexiones,
los judíos de Alejandría se defendían contrarrestando la influencia
de la sabiduría propia de la cultura pagana del helenismo:
la sabiduría de la sola razón. Además hay que notar que Salomón
considera la sabiduría, como don de Dios, por encima de las
riquezas que caracterizaron su reinado.
El evangelio de hoy nos lleva a valorar
también los bienes que nos ofrece Cristo al seguirlo. Pero
es necesario deshacernos de todo lo que nos impide obtenerlos.
El domingo pasado reflexionamos sobre la vocación del ser
humano a salir de sí mismo para ir al encuentro del Otro,
el que es totalmente otro, Dios y de los otros. Originalmente,
entonces, mis hermanos, nuestro ser no está orientado a poseer
para ser felices; pero la triste realidad es que, por el pecado,
estamos muy propensos a tergiversar el objeto de nuestra felicidad
volviéndonos hacia la obsesiva posesión de los bienes materiales
como objeto de nuestro interés principal. Y nos aferramos
tanto a lo material que en lugar de vivir sirviéndonos de
eso, nos hacemos más bien sus esclavos, hasta el grado de
convertirse para nosotros en un verdadero ídolo.
Jesús le pide a ese hombre rico, y hoy
a nosotros, no que despreciemos los bienes adquiridos legítima
y honradamente, sino que NO PONGAMOS TANTO EN ELLOS NUESTRA
SEGURIDAD QUE NOS IMPIDAN APRECIAR Y ANHELAR LOS VALORES DEL
REINO, entre éstos y par empezar, una profunda confianza y
entrega a la providencia amorosa de Dios que nos permita poner
al servicio de los que menos tienen no sólo nuestros bienes
materiales, sino nuestra persona misma.
Mis hermanos, la propuesta de Jesús es,
entonces, arriesgarnos a vivir con un proyecta de vida fundada
en una lógica o una sabiduría que va más allá de la felicidad
que se identifica con el poseer y disfrutar al máximo de
bienes adquiridos aunque sea legítimamente. Se trata de una
manera nueva de vivir que permite seguir radicalmente a Jesús.
Se trata de correr el riesgo y la aventura con Jesús que sólo
cuenta con su Padre providente pues Él, por su parte, ni siquiera
tiene dónde reclinar su cabeza (Mt 8,20). SEGUIRLO A ÉL ES
VENDER TODO, es decir DESHACERSE DE TODO, PARA ADQUIRIR EL
TESORO ESCONDIDO DEL REINO (Mt 13, 44-45), porque nadie que
se decida por seguir a Jesús, se queda sin recompensa (Mc
9,41).
Y si estamos ya libres de toda atadura,
entonces, mis hermanos, estamos ya totalmente disponibles
para Dios y para los demás. De esta manera realizamos verdaderamente
nuestra vocación original: SER PARA DIOS Y PARA LOS DEMÁS.
Ésa es la lógica y la sabiduría del Reino. Es lo que no entendió
el hombre rico con la mirada comprensiva y misericordiosa
de Jesús. Mis queridos hermanos pidámosle a Nuestra Niña y
Celestial Señora, Santa María de Guadalupe y a su muy digno
embajador y confidente, San Juan Diego Cuauhtlatoatzin; que
no esquivemos nosotros sus miradas porque se nos puede ir
la oportunidad de encontrarnos con Él.
Que así sea, mis amados hermanos.