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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe, rector del Santuario en el XXXIII Domingo Ordinario.

15 de noviembre de 2009
Año Sacerdotal

EL FUTURO SE CONSTRUYE HOY

Mis amados hermanos y hermanas, bendigamos al Señor y Dios Padre,  de nuestro Señor Jesucristo, que en su providencia nos ha hecho unidos a su Hijo, protagonista de nuestra propia salvación. Pues, en su proyecto de amor por la humanidad nos hace por su Espíritu participar a todos por la obediencia de la fe, la esperanza y el amor, que vivimos cada día en la libertad y en la responsabilidad.

Miren, mis queridos hermanos y hermanas, la salvación es una realidad misteriosa e histórica. Es misteriosa, porque es un don de Dios y no tenemos ninguna clase de dominio sobre ella. Es histórica, porque exige ser acogida hoy, aquí y ahora en nuestra historia por la creatura humana, la cual ha de corresponder a este don en la libertad y en el amor. Esta dimensión histórica coloca a la fe cristina, como a la judía, en un lugar muy diferente de otras religiones, que se rigen por supuestas relaciones y principios recibidos por el fundador, pero ajenos a la experiencia de la comunidad creyente. Así nos lo hace ver el autor de la segunda lectura de este domingo, la Carta a los Hebreos, al referirse al sacrificio de Cristo en la cruz. Sacrificio, que realizó una sola vez, sacrifico que ha realizado una sola vez y para siempre en la historia y que obtuvo para toda la humanidad la plenitud de la salvación.

Nosotros, mis amados hermanos y hermanas, al hacer nuestra, es decir: aceptando esta oferta de salvación le damos su dimensión histórica, que apunta hacia su plenitud en cada uno de nosotros ya desde ahora. Puesto que aunque es algo ya realizado por Dios mediante el acto redentor de su Hijo somos nosotros los que con nuestra respuesta libre y agradecida hacemos de esta realidad misteriosa algo histórico, algo concreto, algo encarnado en nuestras propias vidas e historias. Por eso, mis hermanos, podemos afirmar, que el cristiano está en tensión permanente entre el presente y el futuro. En este futuro en el que alcanzamos la plenitud de lo que ya hemos recibido inicialmente. Con la resurrección de Jesús, de hecho el mundo en la historia ha adentrado en su fase final en la plenitud de los tiempos. Las promesas de Dios se han cumplido y los cielos y la tierra nuevos, ya se han inaugurado, son ya una realidad inicial presente, pero todavía tiene que llegar a su plena realización, cuando Cristo sea todo en todos, como, dice el apóstol Pablo. Y como lo vivimos en el Año Litúrgico, por eso el próximo domingo celebraremos a Cristo Rey y Señor.

Miren, mis amados hermanos y hermanas, existe en la Sagrada Escritura un lenguaje, que hemos de saber entender sin pretender tomarlo al pie de la letra. Es imposible, como nos impactan los textos de hoy, tanto en el profeta Daniel, como el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo. Miren, cuando se leen las profecías apocalípticas de Daniel uno se pregunta ¿si no estaremos viviendo los tiempos, que el predice? Todo nos habla de desastre ¿cuánto miedo? ¿cuánta inseguridad? ¿cuánta violencia? ¿cuánta corrupción? ¿cuánta porquería estamos viviendo hoy, mis hermanos? El hombre con toda su ciencia y su tecnología no ha podido traer a la humanidad lo que ésta espera.

Hemos ofendido a la naturaleza envenenándolo todo. ¿Y qué pasa? mis hermanos, la naturaleza se comienza a vengar: montañas, valles erosionados, mares, flora, fauna destrozada, desecha. Mis hermanos, el ambiente nos preocupa, pero nosotros lo hemos contaminado, lo hemos envenenado todo. Hemos pecado contra el suelo y la tierra nos da alimentos insuficientes, mis hermanos, para el sustento diario.

Hemos asesinado al hombre, cuando lo hemos dejado sin ideales, sin ilusiones, sin principios, sin valores espirituales, sin un asidero a algo trascendente, a algo de que cogernos y decir: me siento seguro, me siento firme. Hemos nulificado la conciencia moral haciendo de ella una fábrica del bien y del mal a su arbitrio, cada quien hace su bien o su mal según le convengan, según le parezca. En este mundo, mis amados hermanos, profanizado y ateo ni la cultura, ni las artes, ni la vida diaria de individuos y naciones, nos hablan de Dios o de una vida más feliz en el más allá. Más allá evidentemente, que no se dará sin un acá, un después que no se dará sin un ahora, definitivamente, hermanos. Vaya si tenía razón el profeta Daniel. Quizá no haya habido tiempos tan difíciles, como los nuestros, pero, amados hermanos, no todo está perdido, mientras quede un pedacito de esperanza, mientras quede un rescoldo de amor y de fe, hay salvación.

Los hombres buscamos ardientemente la salvación de la naturaleza, la salvación del hombre, la salvación de la humanidad. Ya comenzamos a darnos cuenta de que esta salvación no puede venir del mundo. No, definitivamente y por eso estamos aterrados, pero hay una Palabra para los creyentes; para los hombres de buena voluntad; hay una palabra para nosotros discípulos de Jesucristo seguidores del Dios por quien se vive; del arraigadísimo Dios; Creador del Cielo y de la Tierra. Mis hermanos, y esta Palabra de este arraigadísimo, que nos trajo la Morenita del Tepeyac, hace 477 años, son estas: Yo estaré con ustedes hasta el fin de los tiempos. Yo estaré con ustedes hasta el fin de los tiempos…

Hoy digámosle al Señor por intercesión de Santa María de Guadalupe, que nos ayude a salvarnos, que colaboremos en esta salvación. Miren, mis hermanos, no se trata, pues, de aterrorizarnos frente al futuro, sino de disponernos  a vivirlo con confianza de que en la nueva situación a la que somos llamados a participar alcanzaremos la promesa que Cristo hace a quienes lo siguen hoy en la fidelidad.

A este respecto dice un autor, me pregunto si el discurso escatológico contiene más referencias al futuro o al presente. Ciertamente, el cuadro está dominado por la perspectiva de las realidades últimas, sobresale sin duda la visión del hijo del hombre. Sin embargo, la mirada está concentrada en el hoy, como si la única manera para ser contemporáneo del futuro consista en vivir en plenitud el presente. El único modo para permanecer fieles a lo eterno está en no traicionar el presente.

Amados hermanos, hemos sido creados para la plenitud de la vida y esa plenitud la tenemos que saborear ya, ahora, la tenemos que gustar ya. Miren, esta enseñanza de Jesús es un señalamiento sobre lo que verdaderamente importa: vivir intensamente el presente con el deseo de alcanzar el futuro. Futuro que no sabemos, cuando vendrá, pero para el cual hemos de estar preparados mediante la vigilancia paciente y responsable. Mediante la oración, permanente, intensa y constante, mediante el amor, el servicio y la entrega generosa a nuestros hermanos. Esto implica, que afinemos la atención, es decir: la capacidad de valorar en su justa dimensión los acontecimientos de la historia presente. El auténtico cristiano es un hombre contemplativo, va contemplando la acción de Dios en  su propia historia y en la que va haciendo con los demás.

De esta manera, mis amados hermanos, que no caigamos en el desánimo y en la angustia estéril, sino que veamos todo, como oportunidades para crecer, para madurar, para alcanzar lo que nos promete el Señor en el amor y nosotros acogemos en la gratitud responsable. Nada por terrible que sea es del todo negativo, nada, con la ayuda divina podemos sacar bien y mucho del mal, que nos hace sufrir, del mal que nos preocupa y nos azota y nos angustia.

Amados hermanos y hermanas, nosotros cristianos específicamente los católicos sabemos, como sólo es necesario que nos decidamos porque tenemos siempre ante nosotros cada domingo la imagen, la enseñanza, el apoyo solidario y Espíritu de Aquel que asumió con nuestra carne, también, nuestra historia, para transformarla junto con nosotros de pecadora en justa. En fin, mis hermanos, cada domingo decimos: Maranatha, ven Señor Jesús. Y esto no es sólo un mero deseo, es ante todo un compromiso de amor en el trabajo diario de darle vida en plenitud a nuestro mundo, a nuestra historia. Pues, somos como dice, un documento de la antigüedad cristiana, la Carta a Diogneto, dice: lo que es el alma en el cuerpo, es lo que deben ser los cristianos en el mundo.

Amados hermanos y hermanas, que nuestra Niña y Muchachita, nuestra Celestial Señora, Santa María de Guadalupe, Madre y Maestra nuestra nos aliente con su ejemplo, con su intercesión y continuemos construyéndole la casita, que nos ha pedido desde hace 477 años.

Amén.

 
 
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