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Versión estenográfica de la
Homilía

pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en ocasión de la Solemnidad de la Anunciación del Señor.


25 de marzo de 2009
“Año Jubilar Paulino”

Mis amados hermanos y hermanas, ¡Alabemos y glorifiquemos a nuestro Buen Padre Dios, porque nos ha enviado a su Hijo envuelto en carne de pecado!

El Misterio de la Encarnación es una maravilla, nos extasía, mis hermanos, en cierta forma se puede afirmar, que constituye el momento cumbre de la historia de la Salvación. Esto es de la historia que Dios ha venido preparando en relación con nosotros los hombres. La historia del proceso de acercamiento de Dios al hombre. Es increíble ir constatando en la Sagrada Escritura como se va dando este encuentro. Historia que comienza con la elección por parte de Dios del pueblo de Israel, y que continúa con el constante envío de profetas que anunciaron la Palabra de Dios al pueblo. Que se cimentó sobre la Alianza por la que Dios manifestaba su iniciativa amorosa con respecto a todos los hombres. Iniciativa de la que Israel tenía que hacer para todos los hombres de la tierra signo, sacramento. Por fin, mis amados hermanos, Dios se hace hombre y desde el momento en que esto sucede nosotros creyentes en Cristo Jesús, nosotros cristianos no tenemos otro quehacer de mayor importancia que el de acercarnos a ese Hombre-Dios para que todo se constituya, diríamos, en camino, Él mismo, en camino, verdad y vida. Por medio del Señor Jesús, mis amados hermanos, cada uno de nosotros puede constantemente reproducir en su propia vida la maravilla de la Encarnación del Señor, porque en ella se nos muestra increíblemente, mis amados hermanos, si a uno no le es permitido hablar así, pues, el mecanismo de la unión de Dios con el hombre, pero esto es realmente. El Señor Jesús para nosotros es el verdadero ángel del Señor, que desea que la vida de Dios se convierta en vida humana.

Mis amados hermanos, podemos afirmar que este misterio de la Encarnación, es el sí de Dios al hombre. Dios ama al hombre desde que lo crea a su imagen y semejanza. Dios ama al hombre desde siempre y no lo abandona en sus errores y miserias, no. Dios ama al hombre como amigo; ama al hombre como padre. Pero siempre, mis hermanos, que increíble es esto, nos respeta, siempre. Hay a lo largo de los siglos derroches de bendiciones y de gracias. En Jesucristo Dios no sólo habla al hombre. Sino que en Jesucristo Dios busca al hombre es una búsqueda que nace en lo íntimo de Dios y tiene su punto culminante precisamente en el misterio de la Encarnación del Verbo.

Meditábamos, el domingo pasado: tanto, tanto amó Dios al hombre; tanto amó Dios al mundo que nos dio a su Hijo para que se hiciera hombre. Un misterio de amor, es más que un amor especial porque se unirá con el hombre no de manera accidental, no de manera pasajera, sino con unión substancial. Dios asumido la condición humana, diríamos toda la dramática realidad humana, toda la historia humana, toda la causa humana. Dios ha hecho una opción definitiva por el hombre al humarse, al encarnarse. Y, miren, mis amados hermanos, hay aquí toda una serie de consecuencias, pensemos, reflexionemos lo que supone de abajamiento, de limitación para Dios, lo que supone de la elevación y de dignificación para la creatura humana. Pablo dirá: se anonadó, se abajó, se metió en nuestra humanidad, pero para levantarnos a nosotros los hombres. Bastaría contemplar, mis hermanos, esta bella estampa del Evangelio de san Lucas que ha sido proclamada hoy: Dios convertido en embrión humano. Pocas veces pensamos en esto Dios convertido, mis hermanos, en un embrión humano imperceptible, milimétrico, vulnerable. Mil quinientos años después vendrá la Señora del Cielo embarazada, aquí está. Trayendo en sus benditas entrañas al Nahui ollin, al Ometeotl, al arraigadísimo, al Dios por quien se vive. Ahí está el Verbo Eterno, en el vientre virginal de María convertido en un embrión humano imperceptible, vulnerable, milimétrico. Y la Santísima Virgen María convertida en templo de Dios, empapada de Dios, diríamos divinizada.

Alcanza de algún modo, mis amados hermanos, los límites de la divinidad o sea Dios hecho Hijo de una joven desconocida. Y Nazaret, ni aparecía en los mapas, ¡qué increíble! Esto se realiza en un pueblo desconocido, no en la gran Babilonia, no en la intelectual Atenas, ni siquiera en el Santo Templo de Jerusalén, sino en un pueblecillo de por allá olvidado: Nazaret. Va  el ángel a Nazaret con esta joven desconocida, y que increíble María hecha Madre de Dios.

El Misterio de la Encarnación está envuelto, mis amados hermanos en sencillez, en humildad, en anonimato, en pobreza, en respeto, sobretodo en respecto hacia el hombre. Contemplemos esta bella estampa del Evangelio de hoy: ¿cómo viene Dios? no viene apabullando, imponiéndose, exigiendo, no. Se despoja de su gloria, se despoja de su grandeza, de su poder y riqueza, incluso de su sabiduría. De lo que no se despoja es de su misericordia, es de su amor misterioso, es de su amor entregado.

Pero, también, mis amados hermanos, la Encarnación es el sí de la creatura humana a Dios. Con el sí de María el hombre se eleva a la condición divina, es una opción afirmativa que nace de un gran amor y que supone una entrega total, que supone una entrega confiada.

La Santísima Virgen María, la anahuim, la pobre Yahvé va a concentrar la respuesta de la raza humana al proyecto de Dios. Dios necesita de Ella, para iniciar esta historia, Dios necesita de su voluntad, de su cuerpo, de su mente, de su vientre, de su corazón, de sus entrañas. María, mis amados hermanos, tiene en su mano la posibilidad de aceptar la colaboración pedida o tiene en sus manos también el rechazarla, claro es creatura. Sin embargo, María responde: he aquí la esclava del Señor, con una fe absoluta, con una fe total, con una fe generosa. María dijo: sí, no es necesario pensar que fuera conciente de todo lo que se le pedía y de todo lo que su aceptación significaba. Imposible que captará todo el misterio, imposible. En los evangelios mismos lo dice que María poco a poco iba captando, iba saboreando, iba gustando, iba guardando estas cosas en su corazón. No entendía, mis hermanos, siquiera lo que decían los pastores, como nos pasa a nosotros cuando iniciamos una vocación, cuando se nos encomienda una tarea, pero María dio el primer paso afirmativo, el primer sí a la voluntad de Dios. Era el principio de toda una cadena de aceptaciones, de toda una cadena de entregas hasta llegar a la entrega nuestra, cada vez que el hombre dice: sí a Dios, Dios se humana. Dios se encarna, Dios se hace uno de nosotros. Pero este sí nuestro debe ser a la medida de la Santísima Virgen María a ejemplo de esta bendita Señora. Miren, la respuesta afirmativa de María la eleva a la máxima dignidad, se convierte en aliada de Dios, se convierte en Madre de Dios. La persona humana alcanza de algún modo, como María, los límites de la divinidad, diríamos sin temor a equivocarnos, nos divinizamos.

Amados hermanos, miren, María no lo consigue con su esfuerzo, sino con su fe, su fe absoluta, su fe total, su fe generosa, con su acogida de la Palabra, con su apertura al misterio y al don, diríamos: María se deja divinizar. Lo decíamos el domingo pasado: el amor consiste no que amemos nosotros a Dios, sino en dejarnos amar por Él. Miren, no la afecta a Ella sólo individualmente, la afecta, también, en cuanto creatura humana. Y todo lo que sucede en la Santísima Virgen María ese llamado a suceder en cada uno de nosotros, esto es una gran consecuencia y con esto quiero terminar.

Todo lo que sucede en María está llamado a suceder en la Iglesia y en cada creyente. Ella es anticipo, Ella es modelo, pero todos podemos ser Madre de Dios. Y esta es nuestra misión aquí en la Basílica para nosotros sacerdotes, canónigos y capellanes, ser Madre de Dios para el peregrino, por eso nuestra pastoral lleva ese tinte materno. Nuestra pastoral siempre tiene que ir marcada y sellada con la bondad, con la alegría, con la sencillez, con la ternura, todos podemos participar de la naturaleza divina. Cuando dice sí la persona humana se entronca con Dios. Por un sí el Hijo de Dios se humanó, se humaniza, lo hemos escuchado en la segunda Carta a los Hebreos: he aquí que vengo Dios para hacer tu voluntad. Por un sí la Virgen, la creatura humana, alcanza a Dios.

Amados hermanos, esa afirmación, ese sí arranca de un amor muy grande y significa una entrega total, nace de alguien que se ha despojado en sí mismo y pone toda su voluntad en otro, y es lo que estamos haciendo en la Cuaresma, vaciarnos de nosotros mismos para que Dios nos llene. Porque en eso consiste la auténtica conversión: vaciarme de mí para que me llene Dios. Dar testimonio de Él que es bueno y es santo, no de mi santidad, no de mi bondad, no, sino de Él que es bueno, de Él que es santo. Tengo que creer menos en mí para creerle más a Él y creerles más a mis hermanos. Tengo que despojarme más de mí para estar más al servicio de mis hermanos.

Amados hermanos, es una respuesta incondicional enteramente confiada la que se nos pide a diario. El “sí” de María debe alentarnos e impulsarnos. El “sí” de María es una decisión llena de matices, un fruto de vida muy bello, muy intenso, supone fe y confianza. No entiende el misterio, pero se acepta. No se mide en los resultados, pero pone su vida. Hermanos, y así lo hace María pone su vida en otras manos, en las manos de Dios mismo. Miren, esto supone docilidad creciente. Un “sí” que se irá renovando día a día, supone generosidad, supone entrega, no se sabe lo que se va a exigir, pero la voluntad ya está entregada

Al conjunto de todas estas actitudes, mis amados hermanos, podemos llamarle con una sola AMOR. Que la Dulce Señora del Cielo nos aliente, nos anime, nos impulse, nos promueva para saber decir, también, nosotros siempre “sí” de esa manera Dios se encarna en nuestras vidas y lo encarnemos en nuestro mundo y en nuestra realidad.

Que así sea.

 
 
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