"Alegrémonos
todos en el Señor, al celebrar esta fiesta en honor de
todos los Santos, de cuya solemnidad se alegran los Ángeles,
y ensalzan al Hijo de Dios".
Queridos hermanos y hermanas,
Nuestra Celebración Eucarística
se inició con la exhortación "Alegrémonos
todos en el Señor". La liturgia nos invita a compartir
el gozo celestial de los santos, y a unirnos a su alegría.
Los santos no son un grupo selecto de elegidos, sino una muchedumbre
innumerable, de gran parte de ellos no conocemos ni el rostro,
ni el nombre.
Al celebrar hoy la fiesta de Todos los Santos,
una expresión tan "amplia" nos lleva a una
primera reflexión sobre ese "todos" ¿Quiénes
son esos "todos"? La respuesta más lógica
y única posible es que todos son todos. Y lo que puede
parecer una simpleza, en la práctica no lo es tanto,
pues de hecho, para la gran mayoría de nosotros los
cristianos eso de "todos" equivale solamente a unos
cuantos.
Hay santos canonizados, oficialmente proclamados
como tales; a lo largo del año litúrgico vamos
celebrando sus fiestas. Pero también hay santos no
canonizados, pero no por eso son menos santos; todos aquellos
que gozan de la compañía de Dios, aunque no
se les haya reconocido oficialmente esa condición.
Y algo que siempre intentamos omitir, hay
"santos en proceso", que somos nosotros, los que
hemos aceptado la fe y nos esforzamos por vivir en coherencia
de vida. Este tipo de santidad es reconocida ya por San Pablo,
quien solía llamar "santos" a los fieles
a los que dirigía sus cartas. Con esta amplitud de
miras hay que entender, pues, a Todos los Santos, aunque hablando
con precisión hoy estamos festejando a esa muchedumbre
innumerable, donde bien seguro, tenemos muchos familiares
y amigos.
San Bernardo Abad, iniciaba en un día
como este, su homilía preguntándose: ¿de
qué sirve nuestra alabanza a los santos, nuestro tributo
de gloria y esta solemnidad nuestra?. A esta pregunta, San
Bernardo daba una respuesta sencilla, que debemos meditar
mucho, decía: "Nuestros santos no necesitan nuestros
honores y no ganan algo con nuestro culto, pero suscitan en
nosotros el gran deseo de ser como ellos, felices por vivir
cerca de Dios, en su luz, en la gran familia de los amigos
de Dios. Ser santo significa vivir cerca de Dios, vivir en
su familia¨ ( Opera Omnia Cisterc. 5, 364 ss)
En otras palabras la santidad en los santos,
nos debe recordar la nuestra. "Todos los fieles cristianos,
de cualquier condición y estado, fortalecidos con tantos
y tan poderosos medios de salvación, son llamados por
el Señor, a la perfección de aquella santidad,
con la que es perfecto el mismo Dios y Padre" . Con estas
palabras tan claras recordaba el Concilio Vaticano una realidad
que había quedado un tanto relegada al olvido: todos
estamos llamados a ser santos. Pero lo cierto es que los buenos
propósitos del Concilio aún no han dado muchos
frutos, porque aún no hemos asumido, sinceramente y
de forma generalizada, el hecho de que todos estamos llamados
a la santidad.
La santidad exige un esfuerzo constante y
es posible para todos, porque más que obra del hombre,
es ante todo don de Dios. En la segunda lectura tomada de
una carta del apóstol san Juan hemos escuchado: "Miren
qué amor nos ha tenido el Padre pues no sólo
nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos" (1 Jn
3, 1). Por consiguiente, es Dios quien nos ha amado primero.
Ante esta realidad debemos preguntarnos: ¿Cómo
no responder al amor del Padre celestial con una vida llena
de alegría al reconocernos como hijos amados por Dios?
Aquí es donde en esplendor entramos
en la profundidad del Evangelio proclamado este domingo, el
discurso del monte, en las bienaventuranzas proclamadas por
Jesús, que son un itinerario de esta santidad y alegría
que nos introduce al Reino de Dios. Nunca olvidemos que el
Reino es una presencia aquí y ahora en la medida en
que vivimos esas actitudes que Jesús enuncia: la felicidad
del Reino no pertenece a los grandes, a los que sabios, sino
a los pobres de espíritu, los pacientes, los que lloran,
los hambrientos de justicia y paz, los perseguidos..., todos
ellos conforman el ejército de los santos de Dios.
Es así que el santo no es una persona
excepcional; y eso es lo extraordinario de su santidad: la
santidad humilde del hombre cualquiera, la de Zaqueo y Magdalena:
la santidad de los apóstoles, llenos de imperfecciones,
pero confiando al fin y al cabo en que Dios hará de
ellos auténticos hombres de fe.
Cuando escuchamos las bienaventuranzas, descubrimos
inmediatamente que el camino de santidad que nos traza Cristo,
parece pensado justamente para el hombre de hoy: para el casado
y para el soltero, para el laico y para el religioso, para
el obrero, el profesional o el político.
El Reino se establece en cualquier hombre
que entienda que la vida es una constante búsqueda
de algo que ansiamos y que no tenemos, por lo que siempre
nos sentimos pobres y vacíos. El santo que cree que
ya tiene la santidad es un hipócrita. De ahí
el paradójico lenguaje de Jesús: el Reino de
Dios es algo tan absolutamente distinto a los llamados valores
del mundo, algo tan nuevo, algo tan «divino»,
que no puede ser descrito ni menos aferrado. Sólo nos
resta abrirnos a él, sentirnos ante él como
un pobre desprovisto de todo, como quien lucha con paciencia,
como quien busca consuelo en su llanto, como quien tiene hambre
y sed de justicia, como quien necesita misericordia, como
quien es destruido por la persecución.
Hermanos, hermanas: ¿Qué debemos
hacer, entonces, nosotros? Dejarnos invadir por el Reino de
Dios; dejarnos penetrar por la Palabra divina; dejarnos poseer
por el Evangelio. Por eso la pobreza de espíritu es
la primera y esencial bienaventuranza y el resumen de todas
ellas: sólo quien se desprende de sí mismo y
se hace un ser totalmente disponible es capaz de dejarse penetrar
totalmente por el Reino.
Aquí precisamente, en 1531, nuestro
hermano Juan Diego Cuautlatoatzin, se dejo envolver totalmente
por el Reino, abrazar por la ternura maternal de la Madre
de Dios, la Santísima Virgen María, al grado
de expresar con profunda alegría y sencillez:
¿Dónde estoy? ¿Dónde
me veo? ¿Acaso allá donde dejaron dicho los
antiguos nuestros antepasados, nuestros abuelos: en la tierra
de las flores, en la tierra del maíz, de nuestra carne,
de nuestro sustento; acaso en la tierra celestial? ( Nican
Mopohua 10)
Hagamos nuestras estas palabras, dejémonos
envolver por este amor tan lleno de ternura, que nuestra Niña
y Señora nos ofrece hoy al habernos llamado hoy sentir
esta cercanía de la comunión de los santos.