Excelencia Don Rafael Romo, Arzobispo
de Tijuana y responsable de la Dimensión Pastoral de la Movilidad
Humana de la Conferencia del Episcopado Mexicano; Monseñor Jorge Palencia,
vicerrector de la Basílica, con el cabildo, hermanos sacerdotes, hermanos
y hermanas:
Esta noche hemos venido para celebrar
el Bautismo del Señor. Unos días después de la Celebración del Nacimiento
del Jesús, celebramos este acontecimiento misterioso del Bautismo
del Señor en el río Jordán. Se sorprende, Juan, el precursor, cuando
Jesús se presenta a la orilla del río Jordán para bautizarse. Juan
no esperaba a Jesús, porque él sabía que no tenía esa dignidad, que
Jesús era el Mesías: “Yo soy quien debe ser bautizado por Ti ¿y
Tú vienes a que yo te bautice?”. Jesús, en esta circunstancia
no le da mucha explicación: “Haz ahora lo que te digo, porque es
necesario que cumplamos así todo lo que Dios quiere”.
¿Qué nos quiere decir Jesús con esta
opción de hacerse bautizar por Juan y por qué Él empieza así su vida
pública a las orillas del Jordán? ¿Qué significan, también, estas
palabras que se oyen durante el bautismo: “Éste es mi Hijo muy
amado, en quien tengo todas mis complacencias”?
Los pecadores que esperaban la venida
del Mesías, venían precisamente en ese lugar donde bautizaba Juan.
Jesús quiere empezar su misión y cumplir así la voluntad de Dios,
porque Jesús se ha puesto totalmente en la dependencia de su Padre.
Él ha venido a hacer la obra de Dios, Jesús quiere empezar esa misión
entrando en el mundo de los pecadores y también penetrando por fondo
en el agua del Jordán.
Y es en ese momento de entrada en el
misterio de la humanidad pecadora, una humanidad que sufre, Jesús
oye a su Padre, a Dios confirmar su misión precisamente de anunciar
la Buena Noticia a los pobres y a los pecadores, porque Él ha venido
para rescatarlos y llevarles a la liberación. Entonces, en este momento
desciende sobre Jesús el Espíritu para realizar en Él una tierra nueva,
una nueva creación.
En este momento se relacionan la tierra
y el cielo; y del cielo baja una voz: “Éste es mi Hijo muy amado”,
una voz que confirma el origen divino de Jesús. Ahí nos encontramos
con el hombre verdadero, pero el hombre que desde el inicio de su
misión anuncia su origen y su naturaleza divina. Jesús se presenta
en el Jordán como el nuevo Moisés que invita a toda la humanidad esclava
y pecadora a un nuevo éxodo, hacia la liberación.
También, el Bautismo de Jesús es como
un compromiso con la justicia; es decir, un mundo nuevo, donde se
acabarán todas las injusticias. Jesús, asocia a Juan con la justicia
y también Él se identifica con la predicación de Juan, que invitaba
a los hombres y a las mujeres que venían a bautizarse, hacer acto
de conversión, a transformar su vida, volverse a Dios, encontrar un
nuevo sentido a su vida, reestablecer la justicia en el mundo.
Hoy, hermanos y hermanas, celebramos
este acontecimiento del Bautismo de Jesús por Juan. Jesús el Salvador
del mundo quiere entrar en nuestro mundo haciéndose bautizar, penetra
profundo en el agua del Jordán, para poder identificarse con nosotros.
Él, el Emmanuel, Dios con nosotros quiere verdaderamente compartir
nuestra existencia humana, de hecho el Niño Jesús desde el inicio
de su vida, ha vivido lo que también en el mundo de Israel, cuando
nació Jesús, era un mundo de movilidad humana. Jesús desde el inicio,
antes de su nacimiento, tuvo que, a través de sus padres moverse,
no ha nacido en el lugar donde la familia de Jesús tenía sus raíces
y luego nos cuenta la Escritura, tuvo que escapar de la ira de Herodes,
irse a Egipto a esperar ahí, es decir, vivir la inestabilidad que
muchos de nuestros hermanos también hoy viven.
Hoy, la Iglesia nos invita precisamente
a reflexionar en esta liturgia del Bautismo de Jesús y no es solamente
una coincidencia, una de las situaciones más difíciles, que viven
los hombres de hoy en todas las partes de nuestra tierra, pero la
situación que desde el origen de la humanidad los hombres y las mujeres
han vivido: la movilidad, la migración.
Hoy es el Día de los Migrantes, no
hace falta, para nosotros hermanos, aquí en nuestro país, el descubrir
lo que significa migrar, viajar, hasta lo desconocido, con todas las
dificultades que millones y millones de nuestros hermanos en este
país, experimentan cada día en este momento.
Hace unos días me tocó vivir en una
de las fronteras del norte de este país, en Nuevo Laredo, nuestro
hermano el Arzobispo de Tijuana podría también hablar con mucha sabiduría
y conocimiento de lo que pasa también en su frontera, en Tijuana.
Me acuerdo, también, cuando vivía en Uganda, yo he vivido de Uganda
hace unos meses, cuantas veces encontré hermanos africanos del norte
de Uganda que hace más de diez años fueron obligados a refugiarse
en campos de desplazados y vivir ahí en condiciones muy difíciles.
Bueno, vivimos en un mundo donde la
movilidad humana y las migraciones forzadas son una realidad. No podemos
escapar de ellas, podemos intentar, como se intenta levar muros, de
establecer barreras, mas sabemos que eso no dura y no es la solución
verdadera. Las soluciones no son fáciles de encontrar y no tengo
la ambición de proponer soluciones definitivas, no es mi papel, pero
yo quería más bien en esta ocasión simplemente dar un eco a un documento,
una declaración, una invitación, del Santo Padre Benedicto XVI, en
su mensaje para la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado.
Cada año el Santo Padre nos invita
a reflexionar sobre este tema, que es una realidad, que nos toca a
cada uno de nosotros y hoy como ustedes ya saben, él nos invita a
reflexionar en particular, sobre los jóvenes migrantes.
De hecho los jóvenes, son tal vez,
las personas que más sufren de la situación de migración. El Santo
Padre, nos dice, que el amplio proceso de globalización del mundo,
lleva de todas maneras una necesidad de movilidad que impulsa también
a muchos jóvenes a emigrar y a vivir lejos de sus familias, de sus
países y tomar riesgos para buscar una vida mejor. De hecho los migrantes
que encontré hace unos días, en Nuevo Laredo, me dijeron; todos que
ellos están buscando una vida mejor para ellos, para sus familias.
Entonces, como consecuencia de esto,
los jóvenes abandonan a sus países, sus lugares y tienen que integrarse
a un nuevo mundo y sabemos que esto no es fácil. Bueno, el Santo Padre,
que es el pastor universal, nos pide a nosotros pastores, obispos,
sacerdotes, y pide a todos los miembros de la Iglesia de buscar juntos
en un sentido de solidaridad y fraternidad soluciones que puedan ayudar
a nuestros hermanos que migran y ayudarles a encontrar una vida mejor.
Esas soluciones tenemos todos que buscarlas, cada uno a su propio
nivel de responsabilidad en la sociedad.
El Papa quiere en este mensaje atraer
nuestra atención en particular sobre los que más sufren de esta situación
de migración. Él habla en particular de los jóvenes que más fácilmente
caen víctimas de la explotación, de chantajes morales, e incluso de
toda clase de abuso, de hecho hay siempre en todas circunstancias,
personas más vulnerables, personas que no tienen posibilidad de reaccionar
a una situación nueva y que pueden caer en todos los peligros de la
vida y entonces, nos dice el Papa, estos chicas y chicas terminan
con frecuencia en la calle abandonados, así mismos y víctimas de explotadores
sin escrúpulos, que más de una vez los transforman en objeto de violencia
física, moral y sexual.
Esto nos demuestra la caridad con la
cual el Santo Padre nos habla y tenemos todos un deber de eso tal
vez es la responsabilidad de nosotros como Iglesia de estar cerca
de los que pueden caer como víctimas. La Iglesia no tiene la intención
de resolver todos los problemas y respeta lo que es responsabilidad
de los políticos: resolver de los problemas y buscar verdaderas soluciones,
que son siempre difíciles.
Pero la Iglesia tiene el deber de estar
cerca de los que sufren, de acompañarlos de ayudarlos, de rescatarlos,
de curarlos. Y también en este país sabemos que muchas personas de
buena voluntad, en nuestra Iglesia y nuestra sociedad, ofrecen a los
que sufren y en particular a nuestros hermanos migrantes de este país
o de otros países de América Latina, les ayudan a pasar este momento
difícil estando a su lado, ayudándolos. Pero sabemos que esto no es
suficiente. La Iglesia también quiere ofrecer su contribución, quiere
elevar su voz para ayudar a esta sociedad a encontrar soluciones justas
a los problemas que son la verdadera causa de la migración.
Esos problemas los conocemos todos:
la pobreza, que desde sus raíces, en la injusticia y entonces las
personas que sufren de injusticia, que sufren de pobreza buscan también
ellos una solución como lo sabemos puede ser la tentativa de emigrar.
Claro que la sociedad tiene responsabilidad y necesidad de organizarse,
pero esta organización siempre debe tener como finalidad ayudar a
los más pobres.
El Papa entonces quiere alentarlos,
ayudarlos a reconstruir un mundo justo y solidario. El Papa también
nos invita individualmente y como comunidad a participar en la elaboración
de este mundo más justo y fraterno. Así, dice a los jóvenes el Santo
Padre: “Queridos jóvenes Migrantes preparaos a construir con vuestros
coetáneos una sociedad más justa y fraterna cumpliendo escrupulosamente
y con seriedad vuestros deberes con vuestras familias, con la sociedad
y con el Estado. Respetad las leyes y no os dejes llevar nunca por
el odio y la violencia, procurar más bien ser protagonistas desde
ahora de un mundo donde reinen la comprensión y la solidaridad, la
justicia y la paz”.
Y en particular dice, el Santo Padre:
“A vosotros jóvenes creyentes, os pido que aprovechéis el tiempo
de vuestros estudios para crecer en el conocimiento y en el amor a
Cristo”. Así vemos que la invitación no es solamente a transformar
la sociedad desde fuera, el Papa pide a cada uno de nosotros, que
participamos de esta sociedad, que vivemos en esta sociedad, a cambiar
de actitud, cambiar de vida para poder contribuir al advenimiento
de un mundo de justicia y de paz.
Y entonces, el Santo Padre termina,
y yo quiero terminar también con esta invocación a María, aquí estamos
en esta Basílica, para pedirle también. Ella que ha vivido también
la migración a María Madre de toda la humanidad y a José su castísimo
esposo ambos prófugos con Jesús en Egipto les encomiendo a cada uno
de vosotros, a vuestras familias, a los que trabajan de distintos
modos en el amplio mundo de jóvenes migrantes, a los voluntarios y
a los agentes de pastoral que os acompañan con su disponibilidad y
con su apoyo de amigos.
Que el Señor esté siempre cerca de
vosotros, de vuestras familias para que juntos puedan superar los
obstáculos y las dificultades materiales y espirituales que encontrasen
en vuestro camino. Y el Papa termina acompañando esos votos con una
especial bendición apostólica, para cada uno de los que sufren, en
particular en la situación de migración y para las personas que ofrecen
su vida para ayudar a sus hermanos.
Amén.