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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por el Nuncio Apostólico en México, S.E.R. Mons. Christophe Pierre, en ocasión del Día del Migrante, en la Basílica de Guadalupe.

13 de enero de 2008

Excelencia Don Rafael Romo, Arzobispo de Tijuana y responsable de la Dimensión Pastoral de la Movilidad Humana de la Conferencia del Episcopado Mexicano; Monseñor Jorge Palencia, vicerrector de la Basílica, con el cabildo, hermanos sacerdotes, hermanos y hermanas:

Esta noche hemos venido para celebrar el Bautismo del Señor. Unos días después de la Celebración del Nacimiento del Jesús, celebramos este acontecimiento misterioso del Bautismo del Señor en el río Jordán. Se sorprende, Juan, el precursor, cuando Jesús se presenta a la orilla del río Jordán para bautizarse. Juan no esperaba a Jesús, porque él sabía que no tenía esa dignidad, que Jesús era el Mesías: “Yo soy quien debe ser bautizado por Ti ¿y Tú vienes a que yo te bautice?”. Jesús, en esta circunstancia no le da mucha explicación: “Haz ahora lo que te digo, porque es necesario que cumplamos así todo lo que Dios quiere”.

¿Qué nos quiere decir Jesús con esta opción de hacerse bautizar por Juan y por qué Él empieza así su vida pública a las orillas del Jordán? ¿Qué significan, también, estas palabras que se oyen durante el bautismo: “Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo todas mis complacencias”?

Los pecadores que esperaban la venida del Mesías, venían precisamente en ese lugar donde bautizaba Juan. Jesús quiere empezar su misión y cumplir así la voluntad de Dios, porque Jesús se ha puesto totalmente en la dependencia de su Padre. Él ha venido a hacer la obra de Dios, Jesús quiere empezar esa misión entrando en el mundo de los pecadores y también penetrando por fondo en el agua del Jordán.

Y es en ese momento de entrada en el misterio de la humanidad pecadora, una humanidad que sufre, Jesús oye a su Padre, a Dios confirmar su misión precisamente de anunciar la Buena Noticia a los pobres y a los pecadores, porque Él ha venido para rescatarlos y llevarles a la liberación. Entonces, en este momento desciende sobre Jesús el Espíritu para realizar en Él una tierra nueva, una nueva creación.

En este momento se relacionan la tierra y el cielo; y del cielo baja una voz: “Éste es mi Hijo muy amado”, una voz que confirma el origen divino de Jesús. Ahí nos encontramos con el hombre verdadero, pero el hombre que desde el inicio de su misión anuncia su origen y su naturaleza divina. Jesús se presenta en el Jordán como el nuevo Moisés que invita a toda la humanidad esclava y pecadora a un nuevo éxodo, hacia la liberación.

También, el Bautismo de Jesús es como un compromiso con la justicia; es decir, un mundo nuevo, donde se acabarán todas las injusticias. Jesús, asocia a Juan con la justicia y también Él se identifica con la predicación de Juan, que invitaba a los hombres y a las mujeres que venían a bautizarse, hacer acto de conversión, a transformar su vida, volverse a Dios, encontrar un nuevo sentido a su vida, reestablecer la justicia en el mundo.

Hoy, hermanos y hermanas, celebramos este acontecimiento del Bautismo de Jesús por Juan. Jesús el Salvador del mundo quiere entrar en nuestro mundo haciéndose bautizar, penetra profundo en el agua del Jordán, para poder identificarse con nosotros. Él, el Emmanuel, Dios con nosotros quiere verdaderamente compartir nuestra existencia humana, de hecho el Niño Jesús desde el inicio de su vida, ha vivido lo que también en el mundo de Israel, cuando nació Jesús, era un mundo de movilidad humana. Jesús desde el inicio, antes de su nacimiento, tuvo que, a través de sus padres moverse, no ha nacido en el lugar donde la familia de Jesús tenía sus raíces y luego nos cuenta la Escritura, tuvo que escapar de la ira de Herodes, irse a Egipto a esperar ahí, es decir, vivir la inestabilidad que muchos de nuestros hermanos también hoy viven.

Hoy, la Iglesia nos invita precisamente a reflexionar en esta liturgia del Bautismo de Jesús y no es solamente una coincidencia, una de las situaciones más difíciles, que viven los hombres de hoy en todas las partes de nuestra tierra, pero la situación que desde el origen de la humanidad los hombres y las mujeres han vivido: la movilidad, la migración.

Hoy es el Día de los Migrantes, no hace falta, para nosotros hermanos, aquí en nuestro país, el descubrir lo que significa migrar, viajar, hasta lo desconocido, con todas las dificultades que millones y millones de nuestros hermanos en este país, experimentan cada día en este momento.

Hace unos días me tocó vivir en una de las fronteras del norte de este país, en Nuevo Laredo, nuestro hermano el Arzobispo de Tijuana podría también hablar con mucha sabiduría y conocimiento de lo que pasa también en su frontera, en Tijuana. Me acuerdo, también, cuando vivía en Uganda, yo he vivido de Uganda hace unos meses, cuantas veces encontré hermanos africanos del norte de Uganda que hace más de diez años fueron obligados a refugiarse en campos de desplazados y vivir ahí en condiciones muy difíciles.

Bueno, vivimos en un mundo donde la movilidad humana y las migraciones forzadas son una realidad. No podemos escapar de ellas, podemos intentar, como se intenta levar muros, de establecer barreras, mas sabemos que eso no dura y no es la solución verdadera. Las soluciones no son fáciles de encontrar  y no tengo la ambición de proponer soluciones definitivas, no es mi papel, pero yo quería más bien en esta ocasión simplemente dar un eco a un documento, una declaración, una invitación, del Santo Padre Benedicto XVI, en su mensaje para la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado.

Cada año el Santo Padre nos invita a reflexionar sobre este tema, que es una realidad, que nos toca a cada uno de nosotros y hoy como ustedes ya saben, él nos invita a reflexionar en particular, sobre los jóvenes migrantes.

De hecho los jóvenes, son tal vez, las personas que más sufren de la situación de migración. El Santo Padre, nos dice, que el amplio proceso de globalización del mundo, lleva de todas maneras una necesidad de movilidad que impulsa también a muchos jóvenes a emigrar y a vivir lejos de sus familias, de sus países y tomar riesgos para buscar una vida mejor. De hecho los migrantes que encontré hace unos días, en Nuevo Laredo, me dijeron; todos que ellos están buscando una vida mejor para ellos, para sus familias.

Entonces, como consecuencia de esto, los jóvenes abandonan a sus países, sus lugares y tienen que integrarse a un nuevo mundo y sabemos que esto no es fácil. Bueno, el Santo Padre, que es el pastor universal, nos pide a nosotros pastores, obispos, sacerdotes, y pide a todos los miembros de la Iglesia de buscar juntos en un sentido de solidaridad y fraternidad soluciones que puedan ayudar a nuestros hermanos que migran y ayudarles a encontrar una vida mejor. Esas soluciones tenemos todos que buscarlas, cada uno a su propio nivel de responsabilidad en la sociedad.

El Papa quiere en este mensaje atraer nuestra atención en particular sobre los que más sufren de esta situación de migración. Él habla en particular de los jóvenes que más fácilmente caen víctimas de la explotación, de chantajes morales, e incluso de toda clase de abuso, de hecho hay siempre en todas circunstancias, personas más vulnerables, personas que no tienen posibilidad de reaccionar a una situación nueva y que pueden caer en todos los peligros de la vida y entonces, nos dice el Papa, estos chicas y chicas terminan con frecuencia en la calle abandonados, así mismos y víctimas de explotadores sin escrúpulos, que más de una vez los transforman en objeto de violencia física, moral y sexual.

Esto nos demuestra la caridad con la cual el Santo Padre nos habla y tenemos todos un deber de eso tal vez es la responsabilidad de nosotros como Iglesia de estar cerca de los que pueden caer como víctimas. La Iglesia no tiene la intención de resolver todos los problemas y respeta lo que es responsabilidad de los políticos: resolver de los problemas y buscar verdaderas soluciones, que son siempre difíciles.

Pero la Iglesia tiene el deber de estar cerca de los que sufren, de acompañarlos de ayudarlos, de rescatarlos, de curarlos. Y también en este país sabemos que muchas personas de buena voluntad, en nuestra Iglesia y nuestra sociedad, ofrecen a los que sufren y en particular a nuestros hermanos migrantes de este país o de otros países de América Latina, les ayudan a pasar este momento difícil estando a su lado, ayudándolos. Pero sabemos que esto no es suficiente. La Iglesia también quiere ofrecer su contribución, quiere elevar su voz para ayudar a esta sociedad a encontrar soluciones justas a los problemas que son la verdadera causa de la migración.

Esos problemas los conocemos todos: la pobreza, que desde sus raíces, en la injusticia y entonces las personas que sufren de injusticia, que sufren de pobreza buscan también ellos una solución como lo sabemos puede ser la tentativa de emigrar. Claro que la sociedad tiene responsabilidad y necesidad de organizarse, pero esta organización siempre debe tener como finalidad ayudar a los más pobres.

El Papa entonces quiere alentarlos, ayudarlos a reconstruir un mundo justo y solidario. El Papa también nos invita individualmente y como comunidad a participar en la elaboración de este mundo más justo y fraterno. Así, dice a los jóvenes el Santo Padre: “Queridos jóvenes Migrantes preparaos a construir con vuestros coetáneos una sociedad más justa y fraterna cumpliendo escrupulosamente y con seriedad vuestros deberes con vuestras familias, con la sociedad y con el Estado. Respetad las leyes y no os dejes llevar nunca por el odio y la violencia, procurar más bien ser protagonistas desde ahora de un mundo donde reinen la comprensión y la solidaridad, la justicia y la paz”.

Y en particular dice, el Santo Padre: “A vosotros jóvenes creyentes, os pido que aprovechéis el tiempo de vuestros estudios para crecer en el conocimiento y en el amor a Cristo”. Así vemos que la invitación no es solamente a transformar la sociedad desde fuera, el Papa pide a cada uno de nosotros, que participamos de esta sociedad, que vivemos en esta sociedad, a cambiar de actitud, cambiar de vida para poder contribuir al advenimiento de un mundo de justicia y de paz.

Y entonces, el Santo Padre termina, y yo quiero terminar también con esta invocación a María, aquí estamos en esta Basílica, para pedirle también. Ella que ha vivido también la migración a María Madre de toda la humanidad y a José su castísimo esposo ambos prófugos con Jesús en Egipto les encomiendo a cada uno de vosotros, a vuestras familias, a los que trabajan de distintos modos en el amplio mundo de jóvenes migrantes, a los voluntarios y a los agentes de pastoral que os acompañan con su disponibilidad  y con su apoyo de amigos.

Que el Señor esté siempre cerca de vosotros, de vuestras familias para que juntos puedan superar los obstáculos y las dificultades materiales y espirituales que encontrasen en vuestro camino. Y el Papa termina acompañando esos votos con una especial bendición apostólica, para cada uno de los que sufren, en particular en la situación de migración y para las personas que ofrecen su vida para ayudar a sus hermanos.

Amén.

 
 
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