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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la Misa Exequial por Pedro Infante Jr., en la Basílica de Guadalupe.


21 de abril de 2009

Los invito a que juntos meditemos e interioricemos la Palabra que Dios nos ha dado y con esta Palabra de vida iluminemos este acontecimiento que estamos viviendo, que vive la Familia Infante Torrentera.

Cuando muere un ser querido; cuando muere un amigo; cuando muere un hermano o un familiar siempre, Dios nos da la oportunidad de pensar en la caducidad de la vida, de pensar en que somos peregrinos, un pueblo en marcha, un pueblo que camina. Y la casita de la Virgen de Guadalupe es oportunidad frecuente y constante para tomar conciencia de esta realidad, no apoltronarnos, no podemos acomodarnos, estamos de paso, nuestra patria definitiva es allá en el reino de los cielos.

El 1° de abril el Señor llamó a su reino a Pedro Infante Torrentera Jr., hijo, lo sabemos todos, de uno de los más grandes ídolos que orgullosamente ha representado a México. El legendario e inmortal Pedro Infante, cuyo 52 aniversario de muerte celebramos hace a penas unos días. Y Pedro Infante Torrentera Jr., pues, heredó la pasión y el amor por el arte de la actuación y el canto de su padre. También, sabemos que el logró ganarse el cariño de su público a lo largo de su trayectoria artística, ya que aparte de su participación en sus múltiples películas en las que ha participado como actor principal. Pues, ha grabado varios discos y nuestra gente los escucha con agrado. No obstante este talento artístico que lo heredó por parte de sus dos padres de Pedro y de Lupita, aquí presente, que ella también participó y apareció, verdad, en varias películas del ídolo del cine mexicano. Pues, él fue teniendo, Pedro Infante Jr., su propia personalidad, con su sencillez que lo caracterizaba, ha deleitado con su estilo muy particular a cada uno de sus seguidores.

Pues, mis hermanos, el Señor nos invita a reflexionar sobre la realidad de la muerte. Dios no creó la muerte, sino la vida. El hombre destruye, Dios crea. El hombre mata, Dios resucita. El hombre entierra en fosas y sepulcros, Dios habré los sepulcros, precisamente celebramos con grande gozo como el Espíritu del Padre arrancó a Jesús del sepulcro y vive para siempre. Nosotros hablamos de todo tipo de muerte y de sepulcros, hay muertes biológicas, psicológicas, sociológicas y espirituales.

Mis hermanos, Dios puede librarnos de todas ellas, como libró al pueblo de Israel de la fosa babilónica con la energía de su Espíritu, como liberó al Señor Jesús desde luego de la corrupción del sepulcro. Por eso el cristiano ha recibido el Espíritu de Cristo que ha recibido y el Espíritu tiene que ver siempre con la vida. Si hay Espíritu, mis hermanos, Espíritu con mayúscula, por tanto Espíritu Santo, no hay pecado, que es muerte. Si hay Espíritu no habrá corrupción, sino resurrección, como la de Jesucristo. Si hay Espíritu desde luego habrá vida, nosotros decimos e invocamos estos días al Espíritu Santo: ven Espíritu Santo, Señor y dador de vida.

Y luego, mis hermanos, fíjense, qué hermoso texto de san Juan hemos proclamado. En un cuadro plástico de intensidad y belleza se nos pinta a la vida y a la muerte enfrentadas ante el sepulcro de Lázaro. La muerte como hemos escuchado, fíjense como está escoltada, desde siempre, como hoy en día. También, la muerte está escoltada, mis hermanos, de un triste acompañamiento fúnebre del llanto, de la duda, de la desesperación, de la tristeza, de la loza, del mal olor de la corrupción. En cambio la vida, y Vida con mayúscula, se ve arropada por la fe, por la amistad, por la esperanza, por la fuerza de la Palabra y contra el mal olor el perfume del Espíritu Santo.

Jesucristo lleno del Espíritu Santo resucitó a su amigo Lázaro, llora por él claro, como ahora la familia cercana de Pedro Infante Jr., le lloran, ¿por qué? porque Jesucristo era humano, nosotros somos humanos, no somos de piedra, nos duele cuando se va un ser querido. Pero, miren, hermanos, como Cristo resucita a Lázaro porque tiene Jesucristo el poder de Dios. Él puede abrir los sepulcros, toda clase de sepulcros, como profetizaba ya Ezequiel: yo abriré vuestros sepulcros. Esta resurrección, mis hermanos, de Lázaro es el anuncio de la victoria de Cristo sobre la muerte y lo dice, bien clarito: él que cree en Mí aunque haya muerto vivirá. Y es un anticipo esto que hace Jesús de su propia resurrección.

Yo creo que Pedro Infante Jr., creyó en Jesús, dentro de sus debilidades, dentro de sus fragilidades, por eso el mensaje central de esta tarde ante el féretro de Pedro Infante Jr., mis hermanos, debe ser esta Buena Noticia, esta Palabra de Jesús: Yo soy, importan naturalmente las muertes y las lágrimas, pero mucho más importa, mis hermanos, la resurrección de Lázaro aunque limitada y temporal, pero importa sobretodo el anuncio de Jesús: el que crea y en mí y espera en mí no morirá jamás. Yo soy el que crea y el que sostiene todo. Yo soy el que da sentido a la existencia. Yo soy diríamos el contrapunto del vacío y de la nada. Yo soy la meta hacía a la que todo camina y todo confluye.

Así es, mis amados hermanos, Jesús dice: sí, Yo soy la luz, Yo soy la vida, Yo tengo las llaves de la muerte y del infierno, por eso a mí no se me muere nadie y menos un amigo, Yo puedo abrir vuestros sepulcros, Yo puedo rescatarlos de la muerte, de todas las muertes, porque Yo la he vencido. Y la he vencido para siempre.

Dichoso, bienaventurada de Pedro Infante porque seguramente esta allá en la casa de Dios. Creemos en la misericordia de Dios, en el perdón de Dios, porque valemos, mis hermanos, la Sangre preciosa de nuestro Señor Jesucristo y Él no quiero que nos perdamos y Él busca las maneras de rescatarnos, de comunicarnos y hacernos experimentar la vida eterna, la vida en plenitud. Jesús, decía: Yo soy el agua viva, quien la beba ya no volverá a tener sed y vivirá. El agua se convertirá en un manantial de vida lleno de él. Agua de eternidad, mis amados hermanos, es el agua que recibimos en el Bautizo. Yo soy el Pan Vivo quien lo coma no sabrá lo que es morir.

Mis amados hermanos, cada bocado es una medicina contra la muerte, cada Eucaristía que manducamos, que gustamos, que saboreamos es una medicina contra la muerte, es una semilla de inmortalidad. Fíjense, que maravilla que el Señor mismo se nos haya quedado en la humildad y en la sencillez del pan para comerle, para llenarnos desde ahora de eternidad. Yo soy la resurrección y la vida. Quien cree en Mí aunque muera vivirá. Yo estaré en él y él estará en Mí y la vida será bendición y dicha creciente, es decir: amor desbordante.

Miren, Martha, también se moría porque la muerte del hermanos produjo en ella una herida mortal. Ella creía en Jesús, pero dudaba, como voy a creer si a muerto mi hermano, dice Martha. Estaba en una situación parecida a la de los discípulos cuando murió Jesús: ¿cómo podemos creer si nuestro Mesías ha sido derrotado y ha sido torturado hasta la muerte? Si al final de todo termina en la muerte, mis hermanos, al final de todo termina en la nada ¿para qué nos sirve entonces el mesías? No creían en ese momento en los discípulos. Miren, pero Martha creyó, como creyeron los discípulos también en Jesús. Si yo creo en el Señor resucitado me adhiero a Él, yo también con Él moriré y con el resucitar Él.  Sí, Señor, dice Martha, yo creo que Tú eres el Mesías; que Tú eres el Hijo de Dios. Y miren, se lleno de luz y de esperanza. Eh aquí a Martha verdadera discípulo de Jesús, no sólo sabía servir, también sabía escuchar y guardar la Palabra y supo sobretodo dar testimonio de la presencia del Maestro porque fue enseguida comunicárselo a sus hermanos y a contagiarla de su fe, a su hermana María, y a contagiarla de su fe renovada.

Mis amados hermanos, mis amadas hermanas, querida Familia Infante, miren, esta resurrección de Lázaro era una profecía un signo diríamos, era una prueba de las palabras que Jesús acababa de pronunciar. Jesús es la resurrección, pero una resurrección contagiosa y una resurrección definitiva. Estamos celebrando la Pascua de resurrección de Jesucristo, pero no sólo la Pascua de Jesucristo, celebramos también nuestra propia Pascua. Ya definitiva para Pedro Infante, él ya ha dado el paso de la tierra al cielo, de este tiempo a la eternidad a vivir para siempre.

Mis hermanos, si la vida terminara aquí que absurdo y que vacío, no, por eso los cristianos que ponemos en nuestra tumba una cruz, si se fijan ponemos una palabra D.E.P., que significa: Descanse en paz o le ponemos R.I.P. en latín, Requiescat in Pace. Porque creemos, como dice el Libro del Apocalipsis: que los mueren en el Señor descansan de sus trabajos, decantan de sus fatigas. Si no creyéramos en Cristo Jesús, no tendríamos derecho a poner R.I.P. o D.E.P., en las tumbas de nuestros seres queridos, cuando mucho una “A” y una “H” grandota, que creen que signifique una “A” y una “H” grandota, que se imaginan que significa eso: al hoyo, si la vida a terminar en un hoyo, que sentido tiene amar, trabajar, luchar, todo va a terminar en un triste hoyo, no. Jesús, dice: el que cree en Mí vivirá siempre. Y nosotros creemos que nuestros difuntos, nuestros seres queridos viven para siempre, que ya descansan de sus trabajos, de sus fatigas.

Resucitamos con Cristo, mis amados hermanos, es nuestra su resurrección. Cristo es la resurrección y contagia a todos de vida resucitada. Cristo resucitó a Lázaro, pero Lázaro no tardaría en volver a morir. Miren, la resurrección que Cristo promete es otra cosa: no morirás para siempre, él que cree en Mí no morirá para siempre. Esta es la cuestión que nos hace hoy el Señor ante el féretro de Pedro Infante creemos enserio, de verdad, vivimos adheridos y cimentados en el Señor Jesús, nuestra Niña y Muchachita María de Guadalupe nos lo trajo hace 477 años. Ella, dice: soy la Madre del arraigadísimo Dios por quien se vive.

Hermanos, estamos arraigados en Jesús; estamos apoyados en Él; de verdad Él es nuestra vida; nuestra esperanza; Él es nuestra verdad; Él es nuestra resurrección. Mis amados hermanos, este signo de resurrección no se cierra en sí, sino que abre un horizonte nuevo. Hay  otra realidad que va más allá de la muerte y Cristo tiene el poder y la gracia de llegar a ella, quiere decir que lo último no son las lágrimas, lo último no es la tristeza, lo último no es lo negro del luto que llevamos, no, ese no es lo último, no, aunque estas sean cosas que vivimos.

Mis hermanos, lo último es la vida, lo último, fíjense lo que digo, es estar fuera, vive, entra en el gozo de tu Señor, entra en el océano del corazón misericordioso de Dios esto es lo último y nuestra Muchachita Santa María de Guadalupe nos hace experimentar esto, nos hace vivir esto, mis amados hermanos. La resurrección, pues, empieza ya, la vida eterna desde aquí la vamos consiguiendo o nunca llega. No hay un más allá, sino un acá. No hay un después, sino una hora. La resurrección empieza ya Cristo nos hace ya participes de su vida resucitada, sufrimos muchas clases de muertes, de todas nos puede sacar el Señor. Por eso le pedimos: Señor resucítame, Señor líbrame de mi debilidad, líbrame de mis dudas, líbrame de mis orgullos, de mis soberbias, de mis egoísmos, líbrame de mis tristezas, de mis ruindades, de mis codicias, de todo lo que hay de muerte en mí y lléname desde ahora de tu vida. Y cuando amamos vamos viviendo esa vida misma de Dios.

Pensemos en esto, que la Señora del Cielo Santa María de Guadalupe, Señora de la nueva vida nos haga gustar y saborear esta vida que Dios nos ofrece en Cristo Glorioso, en Cristo Resucitado, si en Él nos apoyamos, si en Él nos cimentamos y desde Él edificamos nuestra vida y esta va por caminos de alegría, de gozo, de paz, de perdón, de misericordia. Es la tarea del cristiano construirla civilización del amor. Es la tarea del cristiano contrarrestar la cultura de la muerte, que se expresa en la violencia, en el narcotráfico, en la mentira, en la corrupción, en la inseguridad, en estas cosas que vemos y nos causan tanto daño y tristeza, porque es muerte.

Que el Señor, pues, nos haga tomar conciencia de que en nosotros está la semilla de inmortalidad y de eternidad y que hay que cultivarla para que se proyecte siempre en todos los instantes de nuestra vida. Dichoso Pedro Infante que ya está en la casa del Señor, que desde allá rece por su mamá, por sus hermanos, por su familia, por los suyos que le quieren.

Que así sea, mis hermanos.

Amén.

 
 
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