Mis amados hermanos, la Dulce Señora del Cielo, nuestra Niña
y Muchachita Santa María de Guadalupe camina con nosotros desde hace
447 años, y Ella está aquí a nuestro lado, venimos a encontrarnos
con Ella. Para que Ella nos lleve a su Hijo Jesucristo, camino seguro
para llegar al Padre. La Señora nos acerca a su Hijo, al arraigadísimo
Dios por quien se vive, el Creador de las personas, el Dueño del cerca
y del junto, el Señor del cielo y de la tierra para que Jesucristo
nos lleve al Padre. Y permanentemente está aquí nuestra morenita para
decirnos una y otra vez: “Hagan lo que mi Hijo les pida. Hagan
lo que mi Hijo le diga”. Cada vez que venimos al Tepeyac a esta
casa solariega de los mexicanos, de los que vivimos en el Continente
de América escuchamos a Cristo Jesús, nos sentimos animados por la
Señora del Cielo para escuchar a Cristo Jesús y poder hacer lo que
Él nos diga, poder hacer lo que Él nos pida.
Miren, hoy, mis amados hermanos, en el Evangelio: Jesús resume
toda la ley en el mandamiento del amor. Y es a través del profeta
Oseas, como nos dispone para acoger esta Palabra de vida con eficacia.
El profeta Oseas en el Viejo Testamento era también el profeta y el
poeta del amor, hoy y mañana vamos a escuchar a Oseas. Hoy y mañana
en nuestra liturgia va a resonar la voz de este profeta.
Ese amor es aún más hermoso, que presenta Oseas, porque ya
nosotros vivimos en la plenitud de los tiempos: ese amor de Dios se
ha humando, ese amor se ha encarnado, es el amor que nos ha traído
la Morenita del Tepeyac, es el amor que descubrimos en su rostro dulce,
tierno y sereno. No es sólo un amor que promete felicidad, si se es
fiel, como lo escuchamos en Oseas. Es un amor que perdura y que pide
volver y volver cada día a ese amor, porque nosotros nos separamos
de él. El pecado nos lleva a faltar a ese amor. El pecado, mis hermanos,
no es trasgredir una ley, no es trasgredir preceptos. El pecado no
es, como a veces dicen ustedes hacer cosas. El pecado es darle la
espalda Aquel que nos ama entrañablemente. Es no amar como Él nos
ama, ese es el pecado: traicionar una amistad, traicionar a un amigo,
no corresponder al amor de Dios. Expresado ese amor en el amor al
prójimo.
El profeta Oseas vivió una experiencia terrible en su propio
hogar. Y él mismo narra en su propio libro: que su propia mujer
lo había abandonado, que su propia mujer los había traicionado, le
había sido infiel, se había ido con amantes. Y cuenta, como
vio en ello una parábola del sufrimiento de Dios, cuando nosotros
lo abandonamos, cuando Dios abandonado por nosotros frecuentemente
se siente triste. Dios le pidió que aceptase de nuevo a esa mujer
a pesar de haberle traicionado. Dios le pidió que acogiera a la mujer
que se había ido con amantes y que volvía con él y Dios le pide esto
para simbolizar con ello lo que Él mismo está haciendo una y otra
vez.
Dios es el amado, Jesucristo es el Amor de los amores y nosotros
¿cuántas veces traicionamos este amor? ¿cuántas veces abandonamos
este amor? Después de cada una de nuestras faltas Dios es capaz de
volver de nuevo a amarnos. Dios es capaz de otra vez decir ven, vuelve,
que ahí están los confesionarios, vean cuanta gente esta confesándose,
porque están volviendo al Amor de los amores. Para eso es la reconciliación
para eso es la confesión para volver al Amor de los amores. Para volver
como el hijo prodigo: “padre he pecado contra el cielo y contra
ti; padre ya no merezco llamarme hijo tuyo”. Y vamos a recuperar
esa amistad con Dios, esa amistad con nuestros hermanos que rompemos
frecuentemente, como dos esposos que se perdonan, como dos amigos
que reprenden su amistad después de una temporada de frialdad, de
indiferencia.
Mis hermanos, así es el encuentro con Dios. En el confesionario,
en el Sacramento de la Penitencia. Dice, el profeta Oseas, dice el
Señor a través de profeta: “entonces, sanaré sus infidelidades,
les amaré generosamente”. Dios-Amor decepcionado es quien dice
estas cosas. Mis amados hermanos, y hemos todos de escuchar estas
palabras de ternura, que enseguida nos dice, y que ustedes, mis amados
hermanos, peregrinos de Bosques, Parques y Jardines pueden entender
mucho mejor, porque ustedes están en contacto con la tierra, en contacto
con las plantas, en contacto con los bosques. Su tarea es embellecer
esta Ciudad de México tan deshumanizada por la violencia, tan deshumanizada,
tan terrible por el narcotráfico, por la inseguridad, por la corrupción,
por la injusticia, ustedes tienen la tarea y la misión de embellecer
esta ciudad, de oxigenarla con los parques, con los jardines, con
los bosques. Vivimos en un bosque de concreto donde sólo nos cuidamos
unos de otros ¿por qué? Por qué no amamos; por qué no estamos en
comunión con Dios; por qué no nos tratamos como hermanos; por qué
siempre andamos cuidándonos unos de otros. Ojalá que ustedes a través
de su tarea, de su trabajo, Sección 30 de este Sindicato Único de
Trabajadores, nos hagan menos dura la existencia y el caminar por
esta ciudad.
Dice, hoy, Dios a través del profeta: yo perdonaré sus infidelidades,
los amaré aunque no lo merezcan, porque mi cólera se ha apartado y
seré, (aquí viene la comparación tan bella), como el rocío.
Mi pueblo florecerá como el lirio hundirá profundamente sus raíces,
como el álamo y sus renuevos se propagarán, su esplendor será como
el del olivo y tendrá la fragancia de los Cedros de Líbalo. Volverán
a vivir bajo mi sombra, cultivarán los trigales y las piñas que serán
tan famosas, como las del Líbano.
¡Qué hermoso! ¡Qué bello! Fíjense, nos habla aquí el
Señor. La vida del hombre fue la de Dios, la vida del hombre que termina
en el pecado, en el rencor, en el odio, en el resentimiento, en la
injusticia, en la corrupción, porque el pecado es eso: es corrupción.
Si hay corrupción en nuestro sindicato es que ahí hay pecado, si hay
corrupción en la ciudad e injusticia es que ahí hay pecado. Y nos
toca a nosotros ser canales de Dios; ser presencia de la Morenita
del Tepeyac para ir llevando la vida nueva a la salvación para redimir
esos pecados. Dice, el Señor: seré como rocío, seré como rocío,
seré como un pueblo floreciente lleno de lirios, lleno de rosas, claveles,
lleno de flores bellas. Fíjense, sorprende acumulación de imágenes
de prosperidad y de felicidad. Aquí nos habla de frescor, de fecundidad,
de belleza, de fragancia, de flores, de frutos, de solidez.
Mis amados hermanos, hay que saborear cada una de estas imágenes:
el rocío, el lirio, la rosa, el clavel, el árbol frondoso, el vino,
los perfumes, las frutas. Amados hermanos, si estamos en plena Cuaresma,
y en medio de la Cuaresma fíjense, como Dios nos promete todas estas
cosas si volvemos a Él. Si nos arrepentimos de nuestros pecados; si
enderezamos nuestros pasos torcidos, chuecos; si salimos de nuestros
hoyancos en que muchas veces caemos, en los baches que nosotros mismos
a veces producimos. Con demasiada frecuencia el pueblo de Israel había
caído en una religión interesada: doy para que me des. Si Israel
volvía a Dios era en búsqueda, a menudo apasionada, de dicha y de
abundancia. Sabemos que no debemos caer en esa especie de cálculo
de toma y daca, de comercializar. Ojala que nadie venga aquí a la
Basílica para decirle a la Virgencita ya fui a la Villita ahora me
vas a dar tú. No, que esa no sea nuestra intención.
Mis amados hermanos, venimos aquí a decirle al Señor: gracias
por tantos dones, gracias Virgencita porque caminas a nuestro lado,
quiero seguir caminando con rectitud de vida, quiero seguir caminando
en la verdad, en la justicia, en la solidaridad, en la ayuda de unos
a otros. Esto es hacer que fructifique nuestra visita a esta casita
del Tepeyac. Fíjense, por eso termina el escritor sagrado diciendo:
quien sea sabio, que comprenda estas cosas. Sabio con la sabiduría
de Dios, sabio, ¿quién es sabio? Quién sea sabio que comprenda estas
cosas. Sabio con la sabiduría de Dios, ¿quién es sabio? el que saborea
la vida a la manera de Dios.
El que sea sabio que comprenda estas cosas y el que sea prudente
que las conozca. Los mandamientos del Señor son rectos y los justos
lo cumplen. Los pecadores en cambio, los que se obstinan en el mal,
los que se obstinan en la violencia, en la inseguridad, en el narcotráfico,
en menudeo de la droga y tropiezan en todas estas porquerías y caen.
Amados hermanos, caminemos, no tropecemos, digámosle al Señor
y a la Virgencita: ayúdanos a caminar, ayúdanos a no tropezar y
que demos testimonio de este seguimiento del Señor a través del amor.
El amor como lo pide hoy Cristo Jesús. Toda la ley, dice Él: todo
se resume en el amor. Se acerca un escriba y le pregunta ¿Maestro
cuál es el primero de todos los mandamientos? ¿cuál es el primero?
y miren, el Señor Jesús le contesta primero recitando las mismas palabras
que todo judío fiel pronunciaba cada mañana, como plegaría matinal:
“amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma,
con todas tus fuerzas, con toda tu mente”. Fíjense, qué increíble,
Jesús va de acuerdo con los escribas en esto que está diciendo. Esto
era exactamente lo que ellos enseñaban, ya desde el Deuteronomio,
desde el Viejo Testamento. Primer mandamiento: amar a Dios, amarlo
con todo el ser, con toda el alma, con todas las fuerzas.
Mis hermanos, esto es lo que Jesús nos pide primero y si nosotros
lo amamos con todo el ser vamos a llegar al siguiente. Miren, le pregunta
el escriba ¿cuál es el primero de los mandamientos? sólo preguntó
esto y Jesús contesta con otro más. El segundo es este: amarás
a tu prójimo, como a ti mismo.
Amados hermanos, tengamos bien claro esto: tenemos que amar
a nuestro prójimo, como amamos a Dios, como Dios nos ama de esa
misma manera vamos a amar a los que nos rodean. Si el Señor completa
esta cita del Deuteronomio con otra del Levítico. El Señor conocía
muy bien desde luego la Escritura, Él mismo es la palabra de vida:
amar a mi prójimo. El amor es esencial, mis hermanos, es fundamental
en la vida del cristiano, diríamos es esencial del Evangelio y de
la vida evangélica, es la Buena Nueva nuestra vida debería estar siempre
proyectando este amor. Pero, hoy preguntémonos a la luz de esta Palabra:
¿amo yo efectivamente? ¿con el mismo amor de Dios? ¿a quiénes amo?
¿a quién dejo de amar? ¿cómo se traduce ese amor? ¿quién es mi prójimo?
Como tú mismo, como tú misma, no es decir; poco, como me amo a mí
mismo, así debo amar también a los demás. ¿Qué deseo yo para mí? Es
lo que deberías siempre desear para los demás. ¿Cuáles son mis aspiraciones
más profundas? ¿a qué cosa estoy más aferrado? ¿qué es lo que más
me falta? y todo esto, mis hermanos, quererlo también para el prójimo,
desearlo para los demás. No debo pasar muy rápidamente sobre estas
cuestiones, no, debemos tomar sobre ellas una decisión en este Tiempo
de Cuaresma. No nos vayamos de la casita de la Señora sin antes responderle
al Señor: es prójimo el esposo o la esposa; es prójimo los hijos,
los padres, los hermanos, el novio, la novia, cada amigo, pero hay
más prójimo y el amor que vivimos con esos prójimos tan próximos deben
lanzarnos a querer a más y a más personas, a quererlos cada día mejor.
Meditemos en esto: todos los hombres son nuestro próximo, pero
ante todo los que más sufren y quererles como parte de uno mismo es
sufrir con su dolor y hacer lo posible y lo imposible para remediárselo.
Si es preciso morir del dolor del prójimo, hay que amar hasta morir,
como Jesús murió por nosotros. Al fin y al cabo amar hasta morir es
el modo más verdadero hasta amar, y quien muere hasta amar resucita
como Jesús a una vida nueva.
Cristo, mis amados hermanos, amó al Padre con todo el corazón,
con toda la mente y con todo el ser y amó al prójimo, como así mismo
y su prójimo fueron todos los hombres, cada uno de nosotros nos lo
dice su Palabra, nos lo dice su vida, nos lo dicen sus obras, su sufrimiento
y su muerte, nos lo dice su gloriosa resurrección.
Meditemos en esto, mis amados hermanos, no nos vayamos de la
casita de la Señora sin antes revisar nuestra vida, mirar hacia el
fondo del corazón, que nos estremezca esta Palabra que hoy hemos recibido,
va a ser un estremecimiento saludable reconocer con valentía lo que
aún no amamos. A la vez que es estar en la verdad de nuestra vida
egoísta, es una condición indispensable para liberarnos de ese egoísmo
y llenar de amor el corazón y llegar a amar, como debemos amar, como
el Señor nos ama y quiere que nosotros amemos, pensemos en esto
La
Palabra que hemos recibido, hoy, en esta casita de la Señora, mis
amados hermanos, juzga nuestro amor al prójimo y nos pregunta a cada
uno, nos insiste: ¿quién es tu prójimo? ¿cuántas personas viven en
ti como parte de ti mismo? ¿a cuántas personas dejas aún fuera de
ti? porque a quienes dejas fuera de tu vida, atención, mis hermanos,
fuera de tu atención, fuera de tu preocupación, de tu ayuda o al menos
de tu amor. Aunque sólo sea bajo la forma del interés y de la disponibilidad
les dejas si vida en ti y esto es una manera de dejarles morir, porque
sólo el amor da vida, pensemos en esto.
Que la Madre del amor, la Morenita del Tepeyac nos aliente,
nos anime a salir hoy entusiasmados a amar como Dios nos ama; amar
como la misma Señora ama, a preocuparnos por los demás, como Ella
también se preocupa por nosotros.
Que así sea, mis amados hermanos.