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Homilía
pronunciada por el Emmo. Sr. Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México, en el XXXIII Aniversario de la Dedicación de la Nueva Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe y Traslado del Sagrado Original, Misa de las Rosas, en la Basílica de Guadalupe.

12 de octubre de 2009

Nos hemos congregado, hoy 12 de octubre, "día de la raza", para celebrar una vez más la Misa y Bendición de las Rosas, aquí en el Tepeyac en donde brotaron las que enmarcarían y dibujarían esta mismísima imagen que seguimos venerando aquí en donde brotó el milagro de la fe para nuestros pueblos de América.

Lo hacemos con la certeza de que se trata de algo no sólo nuestro, mexicano, sino que abarca a toda América, y en realidad a toda la Iglesia, pues recordamos con admiración y agradecimiento lo que aquí mismo nos entregó el Santo Padre Juan Pablo II en su documento del Sínodo de América, que "La aparición de María al indio Juan Diego en la colina del Tepeyac, el año 1531, tuvo un repercusión decisiva para la evangelización. Este influjo va más allá de los confines de la nación mexicana, alcanzando todo el Continente. Y América, que históricamente ha sido y es crisol de pueblos, ha reconocido «en el rostro mestizo de la Virgen del Tepeyac, […] en Santa María de Guadalupe, [...] un gran ejemplo de evangelización perfectamente inculturada»[1]. Por eso, no sólo en el Centro y en el Sur, sino también en el Norte del Continente, la Virgen de Guadalupe es venerada como Reina de toda América.[2][3]  Así lo pudimos comprobar en el reciente Congreso Mariano en Phoenix, Arizona.

Aunque todos los mexicanos amamos y siempre hemos amado entrañablemente a nuestra Madre de Guadalupe, y aunque no necesitamos de que nadie nos la encomie para venerarla, resulta conmovedor y novedoso oír de labios de la máxima autoridad de la Iglesia que somos herederos de algo tan especial como el haber recibido la Fe a través de una "evangelización perfectamente inculturada", por lo que podemos ahora reflexionar juntos por unos minutos que significa eso, a fin de que con la Eucaristía demos gracias con mas fervor y sentido a quien hizo nacer esas flores en nuestro Tepeyac. Como el tema es casi inagotable, me abocare sólo a este aspecto que hoy en especial agradecemos: las rosas del Tepeyac, y podemos empezar preguntándonos: Eran tan importantes unas flores, por más que las hayamos recibido de las manos de María, para que les dediquemos una fiesta, una Eucaristía.

Si nos planteamos la pregunta de ¿qué cosa es la inculturación? no tenemos que recurrir a grandes definiciones, pues basta examinar lo que todos experimentamos al nacer y al crecer: que la educación que nos brindo el amor de nuestros padres y la diligencia de nuestros maestros fue progresiva, que ellos se fueron adaptando a nuestra capacidad infantil de comprensión, que nos fueron explicando cada concepto y cada precepto adecuándose ellos a nosotros, sin pretender que nosotros, siendo niños, nos adaptásemos a ellos que eran adultos.

Cuando Dios nuestro Padre ha querido hablarnos lo ha hecho adaptándose a nuestra condición humana, inspirando y asistiendo a hermanos nuestros para revelarnos su amor y sus enseñanzas, pidiendo que nos hablasen en su nombre aportándole sus capacidades y aceptando y adecuándose ÉI, a sus limitaciones. Toda su Revelación nos la entregó a través de un pueblo concreto, su pueblo escogido: los hijos de Abraham, "nuestro Padre en la Fe"[4], y al pedirles que la compartiesen con "todas las naciones" (Mat. 28, 19), les prometió asistirlos "hasta el fin del mundo" o sea, hubo también de aceptar sus capacidades y limitaciones para esa tarea que les confiaba, ofreciendo asistirlos en todo, a condición de que ellos a su vez le brindasen su mejor esfuerzo.

No fue fácil que los primeros apóstoles judíos aceptasen y atinasen a superar su cultura y adaptarse a la del mundo greco-latino en que empezaron a predicar, pero lo hicieron con la ayuda y la asistencia de su divino Maestro, y pasaron su estafeta a otros, y estos a otros más, hasta que ha llegado a nosotros.

Mucho le hemos fallado en eso a nuestro Redentor, pero es un hecho consolador que ÉI no ha fallado jamás en completar el esfuerzo humano cuando este ha sido sincero y total, como fue nuestro caso, el de México. Nuestros evangelizadores españoles no podían tener "gozo y respeto" alguno hacia la religión que profesaban nuestros padres indios, porque estaban convencidos de que todo en ella era diabólico, que había contaminado toda su cultura y por lo tanto deberían arrancarla de raíz antes siquiera de empezar a plantar la primera semilla evangélica; a su vez nuestros padres indios estaban dispuestos a morir antes que a renunciar a ella. Se estaba, pues, ante un dilema humanamente insoluble, ante un imposible para cualesquiera recursos humanos, pero no para los divinos, y Dios supo premiar la buena voluntad y entrega de unos y otros "traduciendo" y adaptando lo que ellos no podían... Y uno de sus recursos fueron las flores que hoy conmemoramos.

A todos los humanos nos ha fascinado la hermosura de las flores; todos hemos visto en ellas, un vislumbre de la grandeza y belleza del mismo Dios, pero en el caso de nuestros padres indios eso iba mucho más allá. La mente india recurría a una imagen botánica para explicarse lo que es la verdad. Para ellos lo verdadero era lo "enraizado". Y tenían razón, pues lo que tiene una firme y sólida raíz está bien fundado, es perenne, es confiable. Las raíces de una planta no se ven, pero quien ve sus flores entiende de inmediato que gozan de una raíz confiable y que puede esperarse de ellas un buen fruto, por eso veían en las flores un símbolo natural de lo más bello y sólido del mundo, y las amaban con verdadera pasión, tanto que no concebían nada sin ellas, mucho menos una bienvenida o un regalo. Así nos lo comentaban los misioneros: "todos sus regocijos y fiestas celebran con flores, y sus presentes ofrecen y dan con flores [...] se les pasa la vida en flores... "[5]. “... por grandeza y en señal de paz y amor dan un ramillete de estas flores, porque procuran con gran curiosidad de traer flores de tierras muy lejanas para poder tener que dar en todo tiempo [...] y lo tienen por mucho regalo..."[6].

Ya, pues, el simple hecho de que nuestra Madre de Guadalupe brindase flores era una adaptación a la cortesía india, "grandeza y señal de paz y amor", pero el gesto de María fue mucho más allá. Para el pueblo hebreo, que habitaba una tierra esteparia y árida, la idea del paraíso era un jardín llene de agua y verdor; su idea de prosperidad, felicidad y bendición era disponer siempre de agua, ser "como un árbol junto al manantial" (Ecco. 24, 19), más aun, un símil que usaron para expresar su anhelo de tener la suprema dicha del Mesías era "que llegue el roció de lo alto, que las nubes nos lluevan al Justo" (Is. 45, 8). Para nuestros padres indios, que vivían en un ambiente lacustre, el agua no era tan importante, y, en cambio, expresaban su deseo de infinito, de unión total con Dios con la idea de que brotasen en su suelo las flores de Dios, que pudieran poseerlas, dado que eran nada menos que "su corazón y su cuerpo"[7].

Todavía hoy y aquí mismo podemos ver que la devoción de muchas gentes que trae aquí a bendecir sus imágenes piadosas, las trae cubiertas de flores, que perdura el que los mexicanos "nuestros presentes ofrecemos y damos con flores ... en señal de paz y amor", y viendo este presbiterio pletórico de flores podemos comprobar que también nosotros se las seguimos ofreciendo a Ella, como lo hacían nuestros padres y como lo hizo Ella, dándonos además su bendita imagen que tan elocuente resultó para ellos y que tan amorosamente nos sigue hablando a nosotros.

Ahora bien, esas flores del Tepeyac no fueron sino uno de los muchos elementos de la inculturación con que Dios mismo completo la acción de los misioneros españoles traduciéndola a la cultura india. Hubo muchas mas delicadísimas muestras de su adaptación a la cultura de nuestros padres indios, pero ese solo detalle basta para que justifiquemos la afirmación del Santo Padre de que fuimos privilegiados con una "evangelización perfectamente inculturada", que "tuvo una repercusión decisiva para la evangelización de todo el Continente", y para que comprendamos por que constata el que nuestra Madre Santísima en su advocación de Guadalupe "no solo en el Centro y en el Sur, sino también en el Norte del Continente [...] es venerada como Reina de toda America".

Esto es un gran orgullo nuestro, pero también y sobre todo debemos reconocer una enorme responsabilidad. Si el mundo ya en vísperas del tercer milenio aun no conoce ni reconoce a Cristo como su Salvador, ha sido porque no hemos sabido o querido cumplir su encargo de llevar su mensaje "a todas las naciones", y si entre todas ellas la nuestra tiene la distinción de haber nacido de un ejemplo insuperado de esa inculturación indispensable para poder realizar esta tarea, hemos de compartir con todos este tesoro con el doble compromiso de la gratitud hacia Dios y del interés por el bien de nuestros hermanos.

Pongamos en el regazo de nuestra Madre, todos los esfuerzos de nuestra Arquidiócesis para poder llevar a cabo la Gran Misión Continental. Pongamos en nuestra tilma las rosas de la oración, de la organización, de la preparación de los laicos, de los sacrificios y tengamos la seguridad que en nuestra tilma también aparecerá la Madre del verdaderísimo Dios por quien se vive, se hará presente el mismo Cristo nuestro Señor en el seno de Santa María de Guadalupe y ella lo seguirá mostrando a todos los moradores de estas tierras.


[1] Juan Pablo II, Discurso inaugural de la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Santo Domingo (12 de octubre de 1992), 24 AAS 85 (1993), 826.
[2] Cf. Natinal Conference of Catholic Bishops, Behold Your Mother Woman of Faith, Washington 1973, 37
[3] Juan Pablo II, exhortación apostólica Ecclesia in America, Librería Edilrice Valicana, Ciudad del Valicano, 1999, cap. I, no. 11, pp. 19-20.
[4] Cfr. Anáfora Primera, Canon Romano.
[5] DURAN Diego: Historia de las Indias de Nueva España e Islas de Tierra firme, Ed. Porrúa, Biblioteca Porrúa nos. 36 y 37. Tomo I, cap. 16, p. 151.
[6] NAVAS Fray Francisco: Calendario, en RAMIREZ José: Miscelánea de Opúsculos Históricos, Arch. Hist. del M.N.A., sin fecha, p. 152.
[7] Cfr. GARIBAY Ángel María, Historia de la Literatura Náhuatl, ed. Porrúa, Biblioteca Porrúa nos. 1 y 2, tomo 1, cap. 3, no. 6. p. 192.
 
 
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