Nos hemos congregado, hoy 12
de octubre, "día de la raza", para celebrar
una vez más la Misa y Bendición de las Rosas,
aquí en el Tepeyac en donde brotaron las que enmarcarían
y dibujarían esta mismísima imagen que seguimos
venerando aquí en donde brotó el milagro de la
fe para nuestros pueblos de América.
Lo hacemos con la certeza de que se trata de
algo no sólo nuestro, mexicano, sino que abarca
a toda América, y en realidad a toda la Iglesia,
pues recordamos con admiración y agradecimiento
lo que aquí mismo nos entregó el Santo Padre Juan
Pablo II en su documento del Sínodo de América,
que "La aparición de María al indio Juan
Diego en la colina del Tepeyac, el año 1531, tuvo
un repercusión decisiva para la evangelización.
Este influjo va más allá de los confines de la
nación mexicana, alcanzando todo el Continente.
Y América, que históricamente ha sido y es crisol
de pueblos, ha reconocido «en el rostro mestizo
de la Virgen del Tepeyac, […] en Santa María de
Guadalupe, [...] un gran ejemplo de evangelización
perfectamente inculturada».
Por eso, no sólo en el Centro y en el Sur, sino
también en el Norte del Continente, la Virgen
de Guadalupe es venerada como Reina de toda América.” Así lo pudimos
comprobar en el reciente Congreso Mariano en Phoenix,
Arizona.
Aunque todos los mexicanos amamos y siempre
hemos amado entrañablemente a nuestra Madre de
Guadalupe, y aunque no necesitamos de que nadie
nos la encomie para venerarla, resulta conmovedor
y novedoso oír de labios de la máxima autoridad
de la Iglesia que somos herederos de algo tan
especial como el haber recibido la Fe a través
de una "evangelización perfectamente inculturada",
por lo que podemos ahora reflexionar juntos por
unos minutos que significa eso, a fin de que con
la Eucaristía demos gracias con mas fervor y sentido
a quien hizo nacer esas flores en nuestro Tepeyac.
Como el tema es casi inagotable, me abocare sólo
a este aspecto que hoy en especial agradecemos:
las rosas del Tepeyac, y podemos empezar preguntándonos:
Eran tan importantes unas flores, por más que
las hayamos recibido de las manos de María, para
que les dediquemos una fiesta, una Eucaristía.
Si nos planteamos la pregunta de ¿qué cosa es
la inculturación? no tenemos que recurrir a grandes
definiciones, pues basta examinar lo que todos
experimentamos al nacer y al crecer: que la educación
que nos brindo el amor de nuestros padres y la
diligencia de nuestros maestros fue progresiva,
que ellos se fueron adaptando a nuestra capacidad
infantil de comprensión, que nos fueron explicando
cada concepto y cada precepto adecuándose ellos
a nosotros, sin pretender que nosotros, siendo
niños, nos adaptásemos a ellos que eran adultos.
Cuando Dios nuestro Padre ha querido hablarnos
lo ha hecho adaptándose a nuestra condición humana,
inspirando y asistiendo a hermanos nuestros para
revelarnos su amor y sus enseñanzas, pidiendo
que nos hablasen en su nombre aportándole sus
capacidades y aceptando y adecuándose ÉI, a sus
limitaciones. Toda su Revelación nos la entregó
a través de un pueblo concreto, su pueblo escogido:
los hijos de Abraham, "nuestro Padre en la
Fe",
y al pedirles que la compartiesen con "todas
las naciones" (Mat. 28, 19), les prometió
asistirlos "hasta el fin del mundo"
o sea, hubo también de aceptar sus capacidades
y limitaciones para esa tarea que les confiaba,
ofreciendo asistirlos en todo, a condición de
que ellos a su vez le brindasen su mejor esfuerzo.
No fue fácil que los primeros apóstoles judíos
aceptasen y atinasen a superar su cultura y adaptarse
a la del mundo greco-latino en que empezaron a
predicar, pero lo hicieron con la ayuda y la asistencia
de su divino Maestro, y pasaron su estafeta a
otros, y estos a otros más, hasta que ha llegado
a nosotros.
Mucho le hemos fallado en eso a nuestro Redentor,
pero es un hecho consolador que ÉI no ha fallado
jamás en completar el esfuerzo humano cuando este
ha sido sincero y total, como fue nuestro caso,
el de México. Nuestros evangelizadores españoles
no podían tener "gozo y respeto" alguno
hacia la religión que profesaban nuestros padres
indios, porque estaban convencidos de que todo
en ella era diabólico, que había contaminado toda
su cultura y por lo tanto deberían arrancarla
de raíz antes siquiera de empezar a plantar la
primera semilla evangélica; a su vez nuestros
padres indios estaban dispuestos a morir antes
que a renunciar a ella. Se estaba, pues, ante
un dilema humanamente insoluble, ante un imposible
para cualesquiera recursos humanos, pero no para
los divinos, y Dios supo premiar la buena voluntad
y entrega de unos y otros "traduciendo"
y adaptando lo que ellos no podían... Y uno de
sus recursos fueron las flores que hoy conmemoramos.
A todos los humanos nos ha fascinado la hermosura
de las flores; todos hemos visto en ellas, un
vislumbre de la grandeza y belleza del mismo Dios,
pero en el caso de nuestros padres indios eso
iba mucho más allá. La mente india recurría a
una imagen botánica para explicarse lo que es
la verdad. Para ellos lo verdadero era lo "enraizado".
Y tenían razón, pues lo que tiene una firme y
sólida raíz está bien fundado, es perenne, es
confiable. Las raíces de una planta no se ven,
pero quien ve sus flores entiende de inmediato
que gozan de una raíz confiable y que puede esperarse
de ellas un buen fruto, por eso veían en las flores
un símbolo natural de lo más bello y sólido del
mundo, y las amaban con verdadera pasión, tanto
que no concebían nada sin ellas, mucho menos una
bienvenida o un regalo. Así nos lo comentaban
los misioneros: "todos sus regocijos y fiestas
celebran con flores, y sus presentes ofrecen y
dan con flores [...] se les pasa la vida en flores...
".
“... por grandeza y en señal de paz y amor dan
un ramillete de estas flores, porque procuran
con gran curiosidad de traer flores de tierras
muy lejanas para poder tener que dar en todo tiempo
[...] y lo tienen por mucho regalo...".
Ya, pues, el simple hecho de que nuestra Madre
de Guadalupe brindase flores era una adaptación
a la cortesía india, "grandeza y señal de
paz y amor", pero el gesto de María fue mucho
más allá. Para el pueblo hebreo, que habitaba
una tierra esteparia y árida, la idea del paraíso
era un jardín llene de agua y verdor; su idea
de prosperidad, felicidad y bendición era disponer
siempre de agua, ser "como un árbol junto
al manantial" (Ecco. 24, 19), más aun, un
símil que usaron para expresar su anhelo de tener
la suprema dicha del Mesías era "que llegue
el roció de lo alto, que las nubes nos lluevan
al Justo" (Is. 45, 8). Para nuestros padres
indios, que vivían en un ambiente lacustre, el
agua no era tan importante, y, en cambio, expresaban
su deseo de infinito, de unión total con Dios
con la idea de que brotasen en su suelo las flores
de Dios, que pudieran poseerlas, dado que eran
nada menos que "su corazón y su cuerpo".
Todavía hoy y aquí mismo podemos ver que la
devoción de muchas gentes que trae aquí a bendecir
sus imágenes piadosas, las trae cubiertas de flores,
que perdura el que los mexicanos "nuestros
presentes ofrecemos y damos con flores ... en
señal de paz y amor", y viendo este presbiterio
pletórico de flores podemos comprobar que también
nosotros se las seguimos ofreciendo a Ella, como
lo hacían nuestros padres y como lo hizo Ella,
dándonos además su bendita imagen que tan elocuente
resultó para ellos y que tan amorosamente nos
sigue hablando a nosotros.
Ahora bien, esas flores del Tepeyac no fueron
sino uno de los muchos elementos de la inculturación
con que Dios mismo completo la acción de los misioneros
españoles traduciéndola a la cultura india. Hubo
muchas mas delicadísimas muestras de su adaptación
a la cultura de nuestros padres indios, pero ese
solo detalle basta para que justifiquemos la afirmación
del Santo Padre de que fuimos privilegiados con
una "evangelización perfectamente inculturada",
que "tuvo una repercusión decisiva para la
evangelización de todo el Continente", y
para que comprendamos por que constata el que
nuestra Madre Santísima en su advocación de Guadalupe
"no solo en el Centro y en el Sur, sino también
en el Norte del Continente [...] es venerada como
Reina de toda America".
Esto es un gran orgullo nuestro, pero también
y sobre todo debemos reconocer una enorme responsabilidad.
Si el mundo ya en vísperas del tercer milenio
aun no conoce ni reconoce a Cristo como su Salvador,
ha sido porque no hemos sabido o querido cumplir
su encargo de llevar su mensaje "a todas
las naciones", y si entre todas ellas la
nuestra tiene la distinción de haber nacido de
un ejemplo insuperado de esa inculturación indispensable
para poder realizar esta tarea, hemos de compartir
con todos este tesoro con el doble compromiso
de la gratitud hacia Dios y del interés por el
bien de nuestros hermanos.
Pongamos en el regazo de nuestra Madre, todos
los esfuerzos de nuestra Arquidiócesis para poder
llevar a cabo la Gran Misión Continental. Pongamos
en nuestra tilma las rosas de la oración, de la
organización, de la preparación de los laicos,
de los sacrificios y tengamos la seguridad que
en nuestra tilma también aparecerá la Madre del
verdaderísimo Dios por quien se vive, se hará
presente el mismo Cristo nuestro Señor en el seno
de Santa María de Guadalupe y ella lo seguirá
mostrando a todos los moradores de estas tierras.