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Homilía
pronunciada por Mons. Christophe Pierre, Nuncio Apostólico en México, en la Festividad de Santa María, Madre de Dios, 43° Jornada Mundial de la Paz, en la Basílica de Guadalupe.

1 de enero de 2010

Hermanos y hermanas, en la liturgia de hoy, nuestra mirada llena de amor, de admiración y de confianza se dirige nuevamente hacia María Santísima, Madre de Jesucristo, el Hijo Eterno de Dios Encarnado.

Es por demás significativo que la Iglesia ame iniciar el año civil bajo la protección segura de María, pues, Ella, Madre de Dios, es también Madre de la Iglesia y Madre de cada uno de los bautizados; Madre que incesante y amorosamente ora por nosotros cobijándonos entre sus manos e invitándonos a hacer de cada año nuevo un verdadero año de gracia, de conversión, de renovación, de santificación; Madre, y también fiel discípula del Señor, que permanentemente nos llama a hacer cuanto su Hijo nos pide, a aprender de Ella y a acoger el amor y la salvación que Jesús ofrece generosamente a quienes confían en su amor misericordioso.

Jesús es, indudablemente, el "primero y el último, el alfa y el omega" (Cfr. Ap 22, 13), el resplandor de la gloria del Padre (Cfr. Hb 1,3). A Él, resucitando, Dios le concedió "el nombre que está sobre todo nombre" (Flp 2, 9). María Santísima, por su parte, tuvo la misión de la maternidad divina y los excepcionales privilegios que la sitúan por encima de toda criatura. Ella, sin embargo, se sentirá siempre y será consciente de ser, ante todo, "la esclava del Señor" (Lc 1, 38, 48) totalmente disponible al servicio de su Hijo divino; una actitud que la lleva a convertirse - como lo hizo en la visita a su prima Santa Isabel y en las Bodas de Caná, pero también con sus apariciones en el cerro del Tepeyac -, en servidora de los demás.

En María, su entrega total a la voluntad de Dios la indujo a permanecer siempre unida en cuerpo y alma, mente y corazón a Dios, en una relación profunda, singular y única al participar directamente en el misterio de la Encarnación. Ella es la Mujer de la cual, "al llegar la plenitud de los tiempos" nació Jesús, el Enviado del Padre y, como tal, Cristo la honra, Cristo la ama. Al mismo tiempo, María reconoce a Jesús como su Dios, como su Señor, haciéndose su discípula, con corazón atento y fiel (Cfr. Le 2, 19), Y compañera generosa en la obra de la redención (Cfr. LG 61).

María sobresale entre todos los seres humanos porque es la "hija predilecta" (LG 53) del Padre, y porque de Ella tomó carne su Hijo nacido "a fin de hacernos hijos", "herederos por voluntad de Dios" (Cfr. Gal 4, 5.7).

¡Sí!, María es la hija predilecta del Padre. Y, sin embargo, ello no le impidió experimentar a lo largo de su vida en la tierra, la realidad diaria de numerosas familias humildes de su tiempo, la pobreza, el dolor, el cansancio, el exilio, la incomprensión; Ella recorrió, también, nuestro camino en la ''peregrinación de la fe" (LG 58). Pero lo que en este proceso interior la distinguió y sostuvo, fue su radical decisión de mantener y cultivar su fidelidad absoluta al designio de Dios. "María (. . .), guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón" (Lc 2,18).

Cuando María contempla, también admira, medita, se asombra, glorifica, agradece y se entrega. Sale de sí misma, para sumergirse en la "profundidad de la riqueza, de la sabiduría y ciencia de Dios y comprende cuán insondables son sus pensamientos, y cuán indescifrables sus caminos" (Rm 11,33). Contemplando, meditando y guardando los frutos de su experiencia en el corazón, María vive la paz que el mismo Dios le participa al tener en Él clavada la mirada y el corazón.

Porque sabemos que el corazón es la fuente de los sentimientos, es el lugar profundo donde la persona toma conciencia de sí mismo, reflexiona sobre los acontecimientos, medita sobre la realidad y asume actitudes responsables hacia lo que sucede en la vida y hacia el misterio de Dios. No basta oír, es decir: es necesario meditar, es necesario dirigir siempre la mirada al Creador y a la creación, y conservar todo en el corazón; no de manera estética, no de manera pasiva, sino a manera de motor que empuja a mirar, a contemplar y a considerar cuanto nos rodea, con la mirada de Dios.

A ello precisamente nos invita el Santo Padre Benedicto XVI con su mensaje para esta Jornada Mundial de la Paz que hoy celebramos, pidiéndonos, como nos pide el Santo Padre "elevar una ferviente oración a Dios, Creador Todopoderoso y Padre de misericordia, para que en el corazón de cada hombre y de cada mujer resuene, se acoja y se viva el apremiante llamamiento: Si quieres promover la paz, protege la creación".

¡Paz!, ese bien que de una u otra manera anhela al mundo y anhelamos cada ser humano. Un bien que, para el creyente, es ciertamente posible, aún cuando en ciertos momentos pareciera utópico.

Y es que, como señala el Santo Padre en su mensaje, no podemos negar "que, a causa de la crueldad del hombre con el hombre, hay muchas amenazas a la paz y al auténtico desarrollo humano integral -guerras, conflictos internacionales y regionales, atentados terroristas y violaciones de los derechos humanos”- ; pero, además, “no son menos preocupantes los peligros causados por el descuido, e incluso por el abuso que se hace de la tierra y de los bienes naturales que Dios nos ha dado".

Nos basta, en efecto, dirigir una mirada observadora a nuestro alrededor para darnos cuenta, sin dificultad, de los cambios profundos que particularmente en los últimos años se han generado en el medio ambiente. Los bosques que hasta hace poco eran regados por caudalosos ríos y arroyos y estaban poblados de animales, son hoy territorios que se transforman en desierto. Especies animales que convivían con nosotros, han emigrado a otros lugares o simplemente han ido desapareciendo. Pueblos que no pueden beber de sus aguas por la contaminación derivada del uso abusivo de agroquímicos. Destrucción de la capa protectora de ozono, cambio climático, peligrosa contaminación de la atmósfera y de los mares, accidentes nucleares de consecuencias dantescas y un incremento alarmante de enfermedades degenerativas o de origen desconocido.

¿Cómo permanecer indiferentes -pregunta el Papa -, ante estos problemas? ¿Cómo ignorar el creciente fenómeno de los llamados «prófugos ambientales», de los tantos seres humanos que han tenido que abandonar su tierra -y con frecuencia también sus bienes- a causa de su deterioro, afrontando los peligros y las incógnitas de una emigración forzada? ¿Cómo no sentimos tocados por los conflictos actuales relacionados con el acceso a los recursos naturales? Se trata de cuestiones que tienen repercusión profunda en el ejercicio de los derechos humanos como son, por ejemplo, el derecho a la vida, a la alimentación, a la salud y al desarrollo.

Ante esta realidad y en línea con el Magisterio del Siervo de Dios Juan Pablo II, que en 1990 habló de la "crisis ecológica", que tiene un carácter predominantemente ético, e hizo notar "la urgente necesidad moral de una nueva solidaridad", el Santo Padre Benedicto XVI, en nombre de la Iglesia «experta en humanidad», con renovado apremio hace ahora una enérgica llamada a todos los cristianos y a los hombres de buena voluntad para que se considere seriamente la relación entre el Creador, el ser humano y la creación, y para que no se mantengan insensibles ante las crecientes manifestaciones de una crisis que sería irresponsable no tomar seriamente en consideración.

La creación, -escribe el Santo Padre -, es el comienzo y el fundamento de todas las obras de Dios y salvaguardarla, es hoy esencial para la convivencia pacífica de la humanidad. Por lo mismo, es insoslayable que la humanidad renueve y refuerce la alianza que debe darse entre el ser humano y el medio ambiente, reflejo del amor creador de Dios.

Recordando cuanto escribió en su Encíclica Caritas in veritate respecto a los deberes que se derivan de la relación del hombre con el entorno natural, considerado como un don de Dios para todos, cuyo uso comporta una responsabilidad común respecto a toda la humanidad, el Papa hace presente que el mundo no es producto de una necesidad cualquiera, de un destino ciego o del azar, sino que procede de la voluntad libre de Dios que ha querido participar a las criaturas de su ser, de su sabiduría y de su bondad. 

La armonía entre el Creador, la humanidad y la creación que describe la Sagrada Escritura,- recuerda el Pontífice- se ha roto por el pecado de Adán y Eva, del hombre y la mujer, que pretendieron ponerse en el lugar de Dios, negándose a reconocerse criaturas suyas. La consecuencia que de ello se ha derivado es que el hombre ha también distorsionado el encargo de «dominan> la tierra, de «cultivarla y guardarla»; dejándose dominar por el egoísmo, el hombre ha ido perdiendo el sentido del mandato de Dios, y en su relación con la creación se ha comportado como explotador.

Hoy, afirma el Papa, es urgente generar una leal solidaridad intergeneracional, y también, una renovada solidaridad intrageneracional entre países en vías de desarrollo e industrializados; es necesario superar la lógica del consumismo para promover formas de producción que respeten el orden de la creación y satisfagan las necesidades primarias de todos; es necesario hacer un esfuerzo común y responsable para pasar de una lógica centrada en el interés nacionalista egoísta, a una perspectiva que abarque siempre las necesidades de todos los pueblos.

La Iglesia tiene, respecto a la creación, una responsabilidad y por ello, dice el Papa, se siente en el deber de ejercerla también en el ámbito público para defender la tierra, el agua y el aire, dones de Dios Creador, y sobre todo, para proteger al hombre frente al peligro de la destrucción de sí mismo. En este contexto hay que alentar "la educación de una responsabilidad eco lógica" que salvaguarde una auténtica "ecología humana" y, por tanto, que afirme con convicción la inviolabilidad de la vida humana, la dignidad de la persona y la insustituible misión de la familia, en la cual se educa en el amor al prójimo y en el respeto por la naturaleza.

Para ello se requiere una correcta concepción de la relación del hombre con el medio ambiente que no lleve a absolutizar la naturaleza ni a considerarla más importante que la persona misma; pues una concepción del mundo inspirada en el ecocentrismo y el- biocentrismo, no puede sino mirarse con sospecha, pues ella, eliminando la diferencia ontológica y axiológica entre la persona humana y los otros seres vivientes, anula en la práctica la identidad y el papel superior del hombre favoreciendo una visión igualitarista de la "dignidad" de todos los seres vivientes, abriendo las puertas a un nuevo panteísmo con acentos neopaganos que hace derivar la salvación del hombre exclusivamente de la naturaleza, entendida en sentido puramente naturalista

La naturaleza es para el hombre, y el hombre es para Dios. La persona humana tiene una superioridad incuestionable sobre la creación, y dado que posee un alma inmortal, no puede ponerse al mismo nivel de los demás seres vivientes. En consecuencia, es un error considerar la presencia humana como algo que disturba el equilibrio eco lógico natural, y son erróneas y peligrosas las políticas que tienden a absolutizar la técnica y el poder humano termina por atentar gravemente, no sólo contra la naturaleza, sino también contra la misma dignidad humana.

La salvaguardia de la creación y la consecución de la paz, constituye, pues, un desafío urgente -acaba diciendo Benedicto XVI-que se ha de afrontar de modo unánime con un renovado empeño.

Queridos hermanos y hermanas: En el Hijo eterno de Dios encarnado y en María, la distancia entre el Creador y la criatura se ha vuelto máxima cercanía. Ellos son el lugar donde la Trinidad se manifiesta por vez primera y donde María encarna a la humanidad nueva que quiere reanudar, con amor obediente, el diálogo de la alianza del hombre con Dios en la naturaleza.

Oremos, pues, y pidamos que, como otrora al pueblo de Israel, también a nosotros, por intercesión de Santa María de Guadalupe el Señor nos bendiga y proteja, haga resplandecer su rostro sobre nosotros y nos conceda su favor; nos mire siempre con benevolencia y nos conceda su paz (Cfr. Núm. 6,24-26).

Que Ella, Madre de Dios, nos alcance la gracia de amar intensamente a su Hijo y de amada también a Ella con una piedad auténtica que se exprese en el esfuerzo sincero por imitarla en el camino de perfección personal; una devoción que se transforme en incesante Magníficat de alabanza a Dios, Creador Todopoderoso y Padre de misericordia, a quien pedimos hacer que, en el corazón de cada hombre y de cada mujer resuene, se acoja y se viva el apremiante llamamiento: Si quieres promover la paz, protege la creación. 

Amén.

 
 
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