Hermanos y hermanas,
en la liturgia de hoy, nuestra mirada llena de amor, de admiración
y de confianza se dirige nuevamente hacia María Santísima,
Madre de Jesucristo, el Hijo Eterno de Dios Encarnado.
Es por demás significativo que la Iglesia ame iniciar el año
civil bajo la protección segura de María, pues, Ella, Madre
de Dios, es también Madre de la Iglesia y Madre de cada uno
de los bautizados; Madre que incesante y amorosamente ora
por nosotros cobijándonos entre sus manos e invitándonos a
hacer de cada año nuevo un verdadero año de gracia, de conversión,
de renovación, de santificación; Madre, y también fiel discípula
del Señor, que permanentemente nos llama a hacer cuanto su
Hijo nos pide, a aprender de Ella y a acoger el amor y la
salvación que Jesús ofrece generosamente a quienes confían
en su amor misericordioso.
Jesús es, indudablemente, el "primero y el último,
el alfa y el omega" (Cfr. Ap 22, 13), el resplandor
de la gloria del Padre (Cfr. Hb 1,3). A Él, resucitando, Dios
le concedió "el nombre que está sobre todo nombre"
(Flp 2, 9). María Santísima, por su parte, tuvo la misión
de la maternidad divina y los excepcionales privilegios que
la sitúan por encima de toda criatura. Ella, sin embargo,
se sentirá siempre y será consciente de ser, ante todo, "la
esclava del Señor" (Lc 1, 38, 48) totalmente disponible
al servicio de su Hijo divino; una actitud que la lleva a
convertirse - como lo hizo en la visita a su prima Santa Isabel
y en las Bodas de Caná, pero también con sus apariciones en
el cerro del Tepeyac -, en servidora de los demás.
En María, su entrega total a la voluntad de Dios la indujo
a permanecer siempre unida en cuerpo y alma, mente y corazón
a Dios, en una relación profunda, singular y única al participar
directamente en el misterio de la Encarnación. Ella es la
Mujer de la cual, "al llegar la plenitud de los tiempos"
nació Jesús, el Enviado del Padre y, como tal, Cristo
la honra, Cristo la ama. Al mismo tiempo, María reconoce a
Jesús como su Dios, como su Señor, haciéndose su discípula,
con corazón atento y fiel (Cfr. Le 2, 19), Y compañera generosa
en la obra de la redención (Cfr. LG 61).
María sobresale entre
todos los seres humanos porque es la "hija predilecta"
(LG 53) del Padre, y porque de Ella tomó carne su Hijo nacido
"a fin de hacernos hijos", "herederos
por voluntad de Dios" (Cfr. Gal 4, 5.7).
¡Sí!, María es la hija predilecta del Padre. Y, sin embargo,
ello no le impidió experimentar a lo largo de su vida en la
tierra, la realidad diaria de numerosas familias humildes
de su tiempo, la pobreza, el dolor, el cansancio, el exilio,
la incomprensión; Ella recorrió, también, nuestro camino en
la ''peregrinación de la fe" (LG 58). Pero lo
que en este proceso interior la distinguió y sostuvo, fue
su radical decisión de mantener y cultivar su fidelidad absoluta
al designio de Dios. "María (. . .), guardaba todas
estas cosas y las meditaba en su corazón" (Lc 2,18).
Cuando María contempla, también admira, medita, se asombra,
glorifica, agradece y se entrega. Sale de sí misma, para sumergirse
en la "profundidad de la riqueza, de la sabiduría
y ciencia de Dios y comprende cuán insondables son sus pensamientos,
y cuán indescifrables sus caminos" (Rm 11,33). Contemplando,
meditando y guardando los frutos de su experiencia en el corazón,
María vive la paz que el mismo Dios le participa al tener
en Él clavada la mirada y el corazón.
Porque sabemos que el corazón es la fuente de los sentimientos,
es el lugar profundo donde la persona toma conciencia de sí
mismo, reflexiona sobre los acontecimientos, medita sobre
la realidad y asume actitudes responsables hacia lo que sucede
en la vida y hacia el misterio de Dios. No basta oír, es decir:
es necesario meditar, es necesario dirigir siempre la mirada
al Creador y a la creación, y conservar todo en el corazón;
no de manera estética, no de manera pasiva, sino a manera
de motor que empuja a mirar, a contemplar y a considerar cuanto
nos rodea, con la mirada de Dios.
A ello precisamente nos invita el Santo Padre Benedicto XVI
con su mensaje para esta Jornada Mundial de la Paz que hoy
celebramos, pidiéndonos, como nos pide el Santo Padre "elevar
una ferviente oración a Dios, Creador Todopoderoso y Padre
de misericordia, para que en el corazón de cada hombre y de
cada mujer resuene, se acoja y se viva el apremiante llamamiento:
Si quieres promover la paz, protege la creación".
¡Paz!,
ese bien que de una u otra manera anhela al mundo y anhelamos
cada ser humano. Un bien que, para el creyente, es ciertamente
posible, aún cuando en ciertos momentos pareciera utópico.
Y es que, como señala el Santo Padre en su mensaje, no podemos
negar "que, a causa de la crueldad del hombre con
el hombre, hay muchas amenazas a la paz y al auténtico desarrollo
humano integral -guerras, conflictos internacionales y regionales,
atentados terroristas y violaciones de los derechos humanos”-
; pero, además, “no son menos preocupantes los peligros causados
por el descuido, e incluso por el abuso que se hace de la
tierra y de los bienes naturales que Dios nos ha dado".
Nos basta, en efecto,
dirigir una mirada observadora a nuestro alrededor para darnos
cuenta, sin dificultad, de los cambios profundos que particularmente
en los últimos años se han generado en el medio ambiente.
Los bosques que hasta hace poco eran regados por caudalosos
ríos y arroyos y estaban poblados de animales, son hoy territorios
que se transforman en desierto. Especies animales que convivían
con nosotros, han emigrado a otros lugares o simplemente han
ido desapareciendo. Pueblos que no pueden beber de sus aguas
por la contaminación derivada del uso abusivo de agroquímicos.
Destrucción de la capa protectora de ozono, cambio climático,
peligrosa contaminación de la atmósfera y de los mares, accidentes
nucleares de consecuencias dantescas y un incremento alarmante
de enfermedades degenerativas o de origen desconocido.
¿Cómo permanecer indiferentes
-pregunta el Papa -, ante estos problemas? ¿Cómo ignorar el
creciente fenómeno de los llamados «prófugos ambientales»,
de los tantos seres humanos que han tenido que abandonar su
tierra -y con frecuencia también sus bienes- a causa de su
deterioro, afrontando los peligros y las incógnitas de una
emigración forzada? ¿Cómo no sentimos tocados por los conflictos
actuales relacionados con el acceso a los recursos naturales?
Se trata de cuestiones que tienen repercusión profunda en
el ejercicio de los derechos humanos como son, por ejemplo,
el derecho a la vida, a la alimentación, a la salud y al desarrollo.
Ante esta realidad y
en línea con el Magisterio del Siervo de Dios Juan Pablo II,
que en 1990 habló de la "crisis ecológica",
que tiene un carácter predominantemente ético, e hizo notar
"la urgente necesidad moral de una nueva solidaridad",
el Santo Padre Benedicto XVI, en nombre de la Iglesia «experta
en humanidad», con renovado apremio hace ahora una enérgica
llamada a todos los cristianos y a los hombres de buena voluntad
para que se considere seriamente la relación entre el Creador,
el ser humano y la creación, y para que no se mantengan insensibles
ante las crecientes manifestaciones de una crisis que sería
irresponsable no tomar seriamente en consideración.
La creación, -escribe el Santo Padre -, es el comienzo y el
fundamento de todas las obras de Dios y salvaguardarla, es
hoy esencial para la convivencia pacífica de la humanidad.
Por lo mismo, es insoslayable que la humanidad renueve y refuerce
la alianza que debe darse entre el ser humano y el medio ambiente,
reflejo del amor creador de Dios.
Recordando cuanto escribió
en su Encíclica Caritas in veritate respecto a los
deberes que se derivan de la relación del hombre con el entorno
natural, considerado como un don de Dios para todos, cuyo
uso comporta una responsabilidad común respecto a toda la
humanidad, el Papa hace presente que el mundo no es producto
de una necesidad cualquiera, de un destino ciego o del azar,
sino que procede de la voluntad libre de Dios que ha querido
participar a las criaturas de su ser, de su sabiduría y de
su bondad.
La armonía entre el
Creador, la humanidad y la creación que describe la Sagrada
Escritura,- recuerda el Pontífice- se ha roto por el pecado
de Adán y Eva, del hombre y la mujer, que pretendieron ponerse
en el lugar de Dios, negándose a reconocerse criaturas suyas.
La consecuencia que de ello se ha derivado es que el hombre
ha también distorsionado el encargo de «dominan> la tierra,
de «cultivarla y guardarla»; dejándose dominar por el egoísmo,
el hombre ha ido perdiendo el sentido del mandato de Dios,
y en su relación con la creación se ha comportado como explotador.
Hoy, afirma el Papa,
es urgente generar una leal solidaridad intergeneracional,
y también, una renovada solidaridad intrageneracional entre
países en vías de desarrollo e industrializados; es necesario
superar la lógica del consumismo para promover formas de producción
que respeten el orden de la creación y satisfagan las necesidades
primarias de todos; es necesario hacer un esfuerzo común y
responsable para pasar de una lógica centrada en el interés
nacionalista egoísta, a una perspectiva que abarque siempre
las necesidades de todos los pueblos.
La Iglesia tiene, respecto
a la creación, una responsabilidad y por ello, dice el Papa,
se siente en el deber de ejercerla también en el ámbito público
para defender la tierra, el agua y el aire, dones de Dios
Creador, y sobre todo, para proteger al hombre frente al peligro
de la destrucción de sí mismo. En este contexto hay que alentar
"la educación de una responsabilidad eco lógica"
que salvaguarde una auténtica "ecología humana"
y, por tanto, que afirme con convicción la inviolabilidad
de la vida humana, la dignidad de la persona y la insustituible
misión de la familia, en la cual se educa en el amor al prójimo
y en el respeto por la naturaleza.
Para ello se requiere
una correcta concepción de la relación del hombre con el medio
ambiente que no lleve a absolutizar la naturaleza ni a considerarla
más importante que la persona misma; pues una concepción del
mundo inspirada en el ecocentrismo y el- biocentrismo,
no puede sino mirarse con sospecha, pues ella, eliminando
la diferencia ontológica y axiológica entre la persona humana
y los otros seres vivientes, anula en la práctica la identidad
y el papel superior del hombre favoreciendo una visión igualitarista
de la "dignidad" de todos los seres vivientes, abriendo
las puertas a un nuevo panteísmo con acentos neopaganos que
hace derivar la salvación del hombre exclusivamente de la
naturaleza, entendida en sentido puramente naturalista
La naturaleza es para
el hombre, y el hombre es para Dios. La persona humana tiene
una superioridad incuestionable sobre la creación,
y dado que posee un alma inmortal, no puede ponerse al mismo
nivel de los demás seres vivientes. En consecuencia, es un
error considerar la presencia humana como algo que disturba
el equilibrio eco lógico natural, y son erróneas y peligrosas
las políticas que tienden a absolutizar la técnica y el poder
humano termina por atentar gravemente, no sólo contra la naturaleza,
sino también contra la misma dignidad humana.
La salvaguardia de la
creación y la consecución de la paz, constituye, pues, un
desafío urgente -acaba diciendo Benedicto XVI-que se ha de
afrontar de modo unánime con un renovado empeño.
Queridos hermanos y
hermanas: En el Hijo eterno de Dios encarnado y en María,
la distancia entre el Creador y la criatura se ha vuelto máxima
cercanía. Ellos son el lugar donde la Trinidad se manifiesta
por vez primera y donde María encarna a la humanidad nueva
que quiere reanudar, con amor obediente, el diálogo de la
alianza del hombre con Dios en la naturaleza.
Oremos, pues, y pidamos
que, como otrora al pueblo de Israel, también a nosotros,
por intercesión de Santa María de Guadalupe el Señor nos bendiga
y proteja, haga resplandecer su rostro sobre nosotros y nos
conceda su favor; nos mire siempre con benevolencia y nos
conceda su paz (Cfr. Núm. 6,24-26).
Que Ella, Madre de Dios,
nos alcance la gracia de amar intensamente a su Hijo y de
amada también a Ella con una piedad auténtica que se exprese
en el esfuerzo sincero por imitarla en el camino de perfección
personal; una devoción que se transforme en incesante Magníficat
de alabanza a Dios, Creador Todopoderoso y Padre de misericordia,
a quien pedimos hacer que, en el corazón de cada hombre y
de cada mujer resuene, se acoja y se viva el apremiante llamamiento:
Si quieres promover la paz, protege la creación.
Amén.