Muy
queridos hermanos y hermanas, los obispos Mexicanos hemos
pedido que esta semana, hasta el domingo 6 de agosto, que
concluiremos aquí con una concelebración eucarística, a
las 9:00 a.m. Nos han pedido hagamos intensa oración al
Corazón de Jesús y a nuestra Madre Santísima de
Guadalupe pidiendo por nuestra patria, y me complace
y conforta ver que podemos ahora iniciarla con la confianza
y seguridad que nos brinda el constatar las maravillas que
de ellos siempre hemos recibido.
Estas oraciones deben incrementarse en cada una de las comunidades,
especialmente con la eucarística, con el rezo del santo
Rosario, en cada una de las familias haciendo oración por
nuestro México y cada uno de nosotros en lo personal, rogándole
al Señor por nuestra patria siempre concluyendo: Santa María
de Guadalupe, Reina de México salva nuestra patria y conserva
nuestra fe.
El Apóstol Pablo nos exhortó y prescribió: "Sean
agradecidos." (Col. 3, 15) y quiero que hoy lo
seamos, pues hoy, 31 de julio de 2006, año jubilar guadalupano,
estamos reunidos para agradecer, con la máxima Acción de
Gracias, la Eucaristía, que hace 4 años, aquí mismo,
pudimos corroborar con un jubiloso "¡Amén!, ¡Amén!,
¡Amén!" al Santo Padre Juan Pablo II, cuando, casi
al extremo de sus fuerzas, proclamó: "Declaramos y
definimos Santo al Beato Juan Diego Cuauhtlatoatzin, y lo
inscribimos en el catálogo de los Santos, y establecemos
que en toda la Iglesia sea devotamente honrado entre los
Santos. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo."
Hoy también culminamos un Congreso
en que hemos intentado mejor conocer y reconocer el beneficio
que recibimos y que seguimos recibiendo, y me place
poder reconocer, el primero de todos y a nombre de todos,
y seguir impetrando, también el primero de todos, el auxilio
divino a través de nuestra Madre Santísima. Hace
11 años, aquí mismo y casi en esta misma fecha: el 26 de
julio de 1995, tuve el privilegio de postrarme ante Ella,
ante la Morenita para manifestarle: "Llego, Señora
mía, a esta gran Ciudad de México, en donde habitan tantas
gentes, venidas de todas partes del país, del continente
y del mundo. Soy uno más, peregrino y extranjero, como la
mayoría de los que habitan este valle, queriendo ser hermano
y compañero de camino de ellos y de todos los que aquí han
nacido. Me atrevo a venir a donde me han llamado: ninguna
turbación pasa en mi corazón, ni ninguna cosa lo altera,
antes me siento contento y alegre por todo extremo. (Cfr.
Nican Mopohua v. 13). Como Juan Diego quiero ser
discípulo y andar en pos de Dios y de sus mandatos (N.
M. v. 6) [...] Tú quisiste enviar a Juan Diego a
la casa del Obispo, con tu mensaje, con tus rosas, con tu
misma presencia. El Obispo ahora está en tu casa para decirte:
Señora mía, Niña mía, que no angustie yo con pena
tu rostro, tu corazón. Con todo gusto iré a poner por obra
tu aliento, tu palabra; de ninguna manera lo dejaré de hacer,
ni estimo por molesto el camino. (Cfr. N. M. v. 63).
Pero, al igual que Juan Diego, soy un hombre del
campo, soy mecapal, soy parihuela, soy cola, soy ala; yo
mismo necesito ser conducido, llevado a cuestas (N.
M. v. 55). Como la tarea que se me ha encomendado
es mayor que mis fuerzas, y yo mismo soy débil y estoy herido
por el pecado, continuamente vendré a tu santuario, porque
necesito escuchar tus palabras: ¿No estoy aquí yo,
que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo?
¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco
de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Tienes necesidad
de alguna otra cosa?" (N. M. v. 119).
Una vez más estoy aquí, una vez más
rogando por nuestra Patria y nuestra Iglesia,
pero ya no sólo pidiendo, sino reconociendo lo mucho, lo
muchísimo que hemos ya recibido, entre lo que destaca señeramente
la Canonización de San Juan Diego Cuauhtlatoatzin,
que vino a coronar años de esfuerzos, intensas luchas, superar
conflictos de todo tipo... Tanto que el domingo 2 de junio
de 1996, hace 10 años, fiesta de la Santísima Trinidad,
precisé decir: "¡Dueña mía, Señora, Reina, Dueña
de mi corazón, mi Virgencita!" ( N. M. v. 50) Yo,
"tu pobre macehual… cola y ala, mecapal y parihuela"
(N. M. v. 55), pero a quien tu misericordia confió el cuidado
el tu bendita Imagen y el gobierno de esta porción tan amada
de tu hijo, vengo <<para hacerte saber, Muchachita
mía, que está muy grave tu amado pueblo, una gran pena se
le ha asentado>> (N. M. vv. 111-12); que entre las
muchas crisis con las que el amor de tu Hijo divino desea
purificarnos, se ha inquietado ahora porque ha creído oír
que <<que nada más le hemos contado mentiras, que
nada más inventamos lo que Tú viniste a decirnos, que sólo
soñamos o imaginamos lo que nos dijiste, lo que nos pediste>>
(N. M. v. 86), que quizá tu Aparición no fue real, que quizá
no sea verdadera tu presencia milagrosa entre nosotros."
Pero también cuidé de explicar, y lo
repito ahora: "No vengo, sin embargo, Señora y Niña
mía, a quejarme de nada ni de nadie. Muy al contrario, vengo
a agradecerte, en nombre de mis hermanos y mío, este maravilloso
favor que nos otorgas de poder clamar con todo el vigor
de nuestro corazón de hijos, que no sólo creemos en Ti y
te veneramos como Madre de Dios y nuestra, sino como Reina
y Madre de nuestra Patria mestiza; que por supuesto que
es real que Tú viniste a este tu suelo tuyo para <<ser
en verdad nuestra Madre compasiva, nuestra y de todos los
que en esta tierra estamos en uno, y de las demás variadas
estirpes de hombres, los que te amamos, los que te buscamos,
los que tenemos el privilegio de confiar en tí...>>"
(N. M. vv. 29-31). ¿Cómo podríamos existir nosotros si tu
amor no hubiera reconciliado y unido el antagonismo de nuestros
padres españoles e indios? ¿Cómo hubieran podido nuestros
ancestros indios aceptar a tu Hijo divino, si no les hubieras
Tú tan diafanamente explicado que Tú, <<la Madre de
su verdaderísimo Dios por Quien se vive, del Creador de
las Personas, el Dueño de la cercanía y de la inmediación,
del Cielo y de la Tierra>> (N. M. v. 33), eras también
<<la perfecta Virgen, la amable, maravillosa Madre
de Nuestro Salvador, Nuestro Señor Jesucristo>>?"
(N. M. v. 75).
Todo eso reconocemos y agradecemos
que quedó atrás con la canonización, como quedarán atrás
nuestras inquietudes actuales, pero no dejemos de señalar
que ésta misma nos compromete a intentar retribuir eso que
recibimos hace 475 años y que hoy sabemos mejor que nunca,
precisamente gracias a las discusiones en torno a la realidad
histórica de San Juan Diego, es decir: que en ese
momento nacía nuestra Iglesia y nuestra Patria
mestiza. Quiero, pues, ahora, en nombre de todos y mío,
reconocer, encomiar y agradecer ese tan grande beneficio.
En 1999, cuando aún se atacaba acremente la canonización,
compartí con algunos de ustedes mi propia meditación -que
ahora veo esperanzadoramente actual- sobre la figura de
nuestro San Juan Diego comparándolo con Moisés.
Este Moisés nuestro, nuestro liberador, nuestro padre
en la fe y en nuestra nacionalidad mestiza, ese titán de
la fe, de la esperanza y de la caridad es a quien hoy celebramos,
nuestro Juan Diego Cuauhtlatoatzin y agradecemos
la certeza dogmática que nos brindó el Santo Padre
de su existencia y de su virtud. Podríamos decirle mucho,
pero hagamos algo mejor: terminemos intentando escucharlo
a él, preguntándonos qué nos diría, qué nos dice hoy. Y
no hay duda de que podría también interpelarnos: "Pregunta
a la antigüedad, a los tiempos remotos, desde que Dios creó
al hombre, a los cielos y a la tierra, si ha sucedido algo
tan grande o si se ha oído algo semejante: ¿Ha oído algún
pueblo a Dios hablando con el canto de muchos pájaros finos,
escuchando su aliento, su palabra, extremadamente glorificadora,
sumamente afable, como de quien ama y estima mucho, como
tú lo has oído, y quedó vivo? ¿Intentó algún Dios acudir
a unir a un pueblo con otro pueblo, su mortal enemigo, ofreciendo
su sombra y resguardo, ser la fuente de su alegría, llevarlos
en el cruce de sus brazos, como lo hizo el Señor vuestro
Dios con vosotros, ante vuestros ojos?" (Cfr. N. M.
v. 8; v. 22; v. 119).
Y no podemos negarle la razón, no podemos
dejar de reconocer que el Amor divino nos dió la
vida a través del de su Madre Santísima; que nuestra
misma existencia de nación mestiza proclama que es posible
ese imposible de que los humanos no nos despedacemos, antes
nos aceptemos y complementemos. Y, todo eso no obstante,
¡cuán lejos nos vemos de haber completado su obra! En estos
momentos bien podría el Señor repetir de nosotros:
"He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he
oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus
sufrimientos", pero ahora esto es mucho más trágico,
mucho más culpable e inexcusable, ya que no se trata de
que hayamos invertido los papeles y giman los antiguos opresores
bajo el yugo de sus oprimidos, sino que somos el mismo pueblo,
hermanos contra hermanos...
Y tampoco olvidemos que, de acuerdo a Ella, hermanos no
somos sólo "los que en esta tierra estamos en uno",
sino "todas las demás variadas estirpes de hombres".
Por eso en nuestra plegaria no debemos olvidar los conflictos
que en otras partes del mundo se están dando.
Concluyo insistiendo en la oración
que hace 11 años inicié, impresionado de ver cuán exactamente
válidas siguen siendo para este momento las palabras con
las que imploraba a nuestra Madre Santísima, como
les ruego que hagamos todos hoy y durante esta semana: "En
estos momentos de profundas transformaciones en nuestra
Patria, ilumina y fortalece a nuestros gobernantes, a todos
los constructores de nuestra sociedad pluralista, y a todos
los hombres y mujeres de buena voluntad, para que puedan
revisar y restablecer en profundidad las bases éticas sobre
las cuales quieren construir el futuro de nuestra economía
y la actividades sociopolíticas, y haz que los que creemos
en tu Hijo Jesucristo encarnemos los valores evangélicos
en la vida y en la actividad concreta de las personas, de
las familias, de los grupos y del conjunto de la sociedad."
Amén, Amén, Amén. |
|