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Homilía
pronunciada por
Mons. Edmundo Ortega Tirado, M. I. Sr. Cango Emérito, en ocasión de la celebración de Miembros del Club Asturiano en la Basílica de Guadalupe.

6 de junio
de 2006

Amados hermanos:

1.- El tema central de nuestra predicación es el buscar ser mejores ciudadanos a través de nuestra unión con Dios, así nos lo propone Cristo en el pasaje de su Evangelio, en Marcos 12, 13-17.

Nos dice con claridad que se acercaron unos fariseos a Jesús para sorprenderle en alguna palabra, o algo con qué poder acusarle.

Con este fin le preguntan maliciosamente si es lícito pagar el tributo al César, se trataba del impuesto que todos los Judíos debían pagar a Roma.

No era muy gravoso, sin embargo, planteaba un problema político y moral, en virtud de que era un impuesto que les recordaba a los judíos su dependencia de un poder extranjero.

Tomar partido a favor o en contra significaba en el fondo, manifestarse a favor o en contra del poder ocupante, si bien en su mayoría repudiaban- el impuesto, manifestando su opinión, así podía una vez más suscitar una verdadera rebelión del pueblo en contra de las "Águilas Romanas."

Ciertamente, durante la pasión de Nuestro Señor Jesucristo será la acusación más fuerte que le hagan para buscar su muerte, cosa totalmente calumniosa: Hemos encontrado a éste pervirtiendo al pueblo; prohíbe pagar el tributo al César, ''Emperador de Roma". (Lc. 23, 2)

2.- En esta ocasión como en muchas otras, Jesús conociendo la malicia de su pregunta, les responde directamente a su argumento tendencioso: muéstrenme un denario, o sea la moneda en circulación de su tiempo y vean con sus ojos la inscripción que tiene, así como identifiquen el personaje que aparece en una de las caras de la moneda, ¿de quién es la imagen?.

Contestaron del César, pues den al César lo que es del César y a Dios 10 que es de Dios, así los dejó desconcertados por la sencillez y a la vez hondura de su respuesta.

3. - Jesús no elude la cuestión, sino que la sitúa en sus verdaderos términos, se trata de que el Estado, el Gobierno de un País, no se eleve por encima de Dios y de la Iglesia por Él instituida, debe respetarse la conciencia y la libertad religiosa de sus ciudadanos, custodiar el respeto inherente a la condición de persona e hijo de Dios y guardar una ética moral, unos principios que atiendan a la naturaleza propia del ser humano, su racionalidad y religiosidad inherentes a todo hombre y mujer por haber sido creados a imagen y semejanza de Dios. Todo esto se pierde en la, guerra y en las violencias suscitadas por la ambición de poder.

4. - Por su parte la Iglesia debe atenerse al ámbito de su terreno que es el religioso, no debe tomar partido en cuestiones temporales cambiantes y relativas, el laico o seglar cristiano elige sus opciones políticas, sociales o profesionales desde sus convicciones, aportando a la sociedad una nueva visión sobre el hombre, su dignidad y el destino eterno al cual está llamado ser buenos cristianos nos impulsará a ser buenos ciudadanos.

Pues nuestra fe nos mueve constantemente a ser buenos estudiantes, madres de familia abnegadas que sacan fuerzas de su fe y de su amor para llevar la familia adelante, empresarios justos, etc.;

El ejemplo de Nuestro Señor Jesucristo a todos nos lleva a ser responsables en nuestro trabajo, laboriosos no por el deseo de acumulación de dinero, sino más bien por el servicio a la comunidad. El amor de Dios si es verdadero constituye una garantía del amor a los hombres que necesariamente se manifiesta en buenas obras.

5.- Procuremos amar y respetar las normas de una convivencia sólida moralmente, en la cual se respete el ejercicio de la legalidad de la honradez y del amor a la verdad y honestidad de costumbres, de este modo habremos de lograr un verdadero cambio en nuestra sociedad contemporánea.

Los cristianos estamos llamados a un verdadero cambio de toda la humanidad que en la actualidad nos parece un tanto caótica por la pérdida de valores morales, espirituales y religiosos.

Con nuestro vivir moralmente recto y sencillo estamos construyendo nuevos cielos y Nueva tierra", dice San Pedro en su segunda carta canónica, sin embargo, esa nueva historia de la humanidad no es inventada por el hombre, éste sólo va quitando los obstáculos para poder recibir lo que únicamente Dios puede damos con su gracia y su amor. (TI Pedro, 3, 12-18)

Pidamos con verdadera humildad a Santa María de Guadalupe, Madre de Dios y Madre nuestra, que por sus manos pase el cúmulo de gracias que vienen de su Hijo Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, para forjar una Patria fundamentada en la honestidad la verdad y el respeto a todos los Derechos Humanos.

Edmundo Ortega Tirado, canónigo emérito de la Basílica de Santa María de Guadalupe.

 
 
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