Mis amados hermanos y hermanas: ¡Alabemos
y demos gracias en cada instante y momento; al Santísimo y Divinisimo
Sacramento!
La fiesta de hoy, de este jueves, es
la fiesta de la Eucaristía. La fiesta, diríamos, del sacramento
más entrañable que nos dejo Cristo Jesús. En el que participamos
por medio de la comunión en su cuerpo y su sangre, como alimento
para nuestro camino.
La
Eucaristía, mis amados hermanos, tiene
dos aspectos: está la celebración, la Santa Misa en la que acogemos,
escuchamos la palabra y comulgamos con Cristo, con el pan eucaristizado.
Y luego, la prolongación de la Santa Misa, el culto o sea la
veneración que seguimos teniendo a Cristo Jesús, que se conserva
en las especies eucarísticas, en el sagrario, para que en su
momento también puedan comulgar los enfermos.
Cada vez que acudimos a la Santa Misa,
celebramos esta Eucaristía, y participamos viva y activamente
de ella. Pero hoy se subraya el otro aspecto; el del culto,
además de celebrar la Eucaristía y comulgar en ella, hoy participaremos
seguramente en alguna procesión.
Lo haremos nosotros aquí al terminar la Santa Misa, saldremos
solemnemente por nuestro atrio, con la Sagrada Eucaristía, para
concluir está procesión en nuestro sagrario, donde estará todo
el día expuesta la Eucaristía, ahí estará expuesto Cristo. ¿Para
qué? Para que lo busquemos un momento, para que estemos con
Él en adoración. Es un acto de adoración del Señor Eucarístico,
que nos da grandes frutos.
Otro cambio además del día, es que
ahora, bueno, cambio porque recuerden se había pasado al domingo,
después de tantos años de celebrar en jueves, se pasó a domingo
y ahora volvemos ha retomar el jueves. Miren esta fiesta, no
sólo se llama la fiesta del Corpus como siempre decimos todos,
fiesta del Cuerpo de Cristo, sino la fiesta del Cuerpo y de
la Sangre de Cristo.
Los textos bíblicos de esta fiesta,
del Corpus et Sanguis Christi, nos invitan a prestar
atención aún aspecto del Sacramento de la Eucaristía lo suficientemente
importante, como para que sea subrayado. Subrayado de modo particular,
el aspecto de la sangre, si nos fijamos en la primera lectura
del Éxodo, tenemos tres veces la palabra sangre, en la Carta
a los Hebreos cuatro veces, en el Evangelio dos, sin contar
las de la Secuencia.
Miren, en la primera lectura del Éxodo;
leemos la impresionante ceremonia que organizó Moisés para sellar
la alianza que hacía Yahvé con su pueblo Israel.
Después de leer el texto de la alianza, los mandamientos, en
las tablas que bajo del monte Sinaí, mando matar animales y
con su sangre roció la gran piedra, que había hecho para poner
en medio como símbolo de Dios y también las doce piedras menores
que representaban a las doce tribus del pueblo. Así la misma
sangre unía a Dios y al pueblo.
Moisés dijo las palabras que conocemos;
esta es la sangre de la alianza que Yahvé ha hecho con ustedes.
Estas palabras nosotros estamos acostumbrados a escucharlas
en labios de Jesús, pero miren como Jesús cambia una palabra,
dice Jesús; esta es Mí sangre, sangre de la alianza nueva y
eterna.
Es lo que nos ha dicho la Carta a los
Hebreos, ahora ya no es con la sangre de animales, con la que
rendimos el culto a Dios, no, sino con la sangre preciosísima
de Cristo Jesús, derramada en la cruz de una vez por todas.
Con su muerte en la cruz, o sea con su sangre derramada por
la humanidad, Cristo nos ha salvado a todos y es de esa entrega
de la cruz, de la que en cada Eucaristía hacemos memorial y
participamos. Nos da a comer su cuerpo entregado y a beber su
sangre derramada.
La cumbre desde luego, la cumbre de
las lecturas bíblicas, pues como siempre es el Santo Evangelio.
El Evangelio de san Marcos con la narración de la institución
de la Eucaristía en esté día. Texto que nos es familiar y al
que hemos llegado guiados, precisamente por la lectura del libro
del Éxodo, donde encontramos la profecía de la sangre, con que
Moisés asperge al pueblo, como signo de la alianza que Dios
hace con Israel, después de darle su ley en el Sinaí.
Y llegamos también guiados por el texto
de la Carta a los Hebreos, donde se nos dice; que la sangre
de Cristo, ha sellado la nueva y definitiva alianza de Dios
con los hombres.
Los textos, por tanto en su conjunto,
los textos bíblicos, los textos de la Sagrada Escritura que
hemos proclamado, nos destacan la unidad entre la cena del Señor
y el sacrificio de la cruz. El pan partido y el cáliz eucarístico
son en la cena; anticipación del cuerpo entregado y de la sangre
derramada por Cristo, en el monte del Calvario. El sacrificio
con que Cristo nos ha redimido, nos ha rescatado a todos.
Este único sacrificio, mis amados hermanos, ofrecido por Cristo
una vez para siempre el Viernes Santo, la Iglesia lo vuelve
hacer presente, cada vez que hace el memorial del Señor, el
memorial que nos dejó después de darnos el mandamiento de la
nueva ley; ámense como Yo los he amado, sírvanse unos a otros
como Yo los he servido.
La
Eucaristía, tiene un fuerte sentido
de solidaridad, de comunión, de compromiso con el otro. No se
puede comulgar el Cuerpo de Cristo con un corazón egoísta, soberbio,
altanero, prepotente, autosuficiente, jamás.
La sagrada Eucaristía, la sagrada Comunión,
mis hermanos, nos van dando un corazón como el de Cristo, esto
lo vamos a meditar la próxima semana, en la solemnidad del Sagrado
Corazón de Jesús. Hemos de tener presente, que tanto en la cena
como en la cruz, como en la Santa Misa se trata de siempre de
la misma y única inmolación al Padre, pero en la cena y en la
Santa Misa la inmolación es sacramental, digamos mística.
En la celebración eucarística, como
en todo sacramento la presencia y la acción de Cristo hacen
que lo que realiza la Iglesia como memorial del Señor, sea signo
eficaz de lo que representa. Ha nosotros, amados hermanos y
hermanas, al participar en la Eucaristía, nos corresponde unirnos
con fe a la ofrenda del sacrificio de Cristo y también expresando
nuestra fe, acércanos a comulgar con el alimento eucarístico,
con el alimento que nos va configurando cada vez más a Cristo,
nos va cristificando.
Hoy, es un día para que nos propongamos
participar cada día más y mejor en la Eucaristía y también aprovechar
las ocasiones que tengamos para hacer la oración personal ante
el sagrario a lo largo del día, participar en algunos actos
comunitarios de adoración al señor eucarístico, tanto en procesiones,
como en celebraciones dentro de las iglesias, todos los jueves
aquí, para nosotros son jueves eucarísticos, todos los jueves
hacemos la procesión con la sagrada Eucaristía y exponemos al
Santísimo para platicar con el Señor y todos los días lo tenemos
expuesto en el Templo Expiatorio, para que vayamos con Jesús
eucaristía, para que estemos con Él, para que nos unamos a la
Virgen, nuestra niña, santa María de Guadalupe, mujer eucarística,
mujer que como decía hace un momento, fue el primer sagrario,
ella hizo el primer Corpus.
Después de recibir el anuncio del ángel, va corriendo por las
montañas de Judea, hacia Incarín para participar con su prima
Isabel el gozo del Señor que llevaba ya en su vientre. Ella
es el primer sagrario y ostensorio y Ella nos lleva siempre
ha Cristo Jesús.
Amados hermanos, ojala que busquemos
esos momentos de oración ante Jesús eucaristía, nunca agradeceremos
y aprovecharemos bastante el don que nos ha hecho Cristo con
la Sagrada Eucaristía, es diríamos el motor que nos anima, que
nos da fuerza para vivir en cristiano a lo largo del día, a
lo largo de la semana, o de todo el año.
La
Eucaristía, es fermento de una sociedad
nueva, encierra en sí fuerza, para trasformar el mundo, es proyecto
de solidaridad para toda la humanidad. Cristo muriendo y resucitando
trasformó la violencia y el odio, en amor que perdona y que
pacifica.
Éste sigue siendo mis hermanos, nuestro reto, nueva tarea, conseguir
una humanidad nueva, estructurada, en la solidaridad, en la
paz, en la cultura del perdón, en la civilización del amor.
Pensemos en esto y que nuestra niña
nos enseñe de verdad a vivir por este sentido profundo, existencial
que tiene la Sagrada Eucaristía. Que así sea mis hermanos.