Día
del Migrante
Cada año la Iglesia
universal dedica un día especial a la reflexión sobre el fenómeno
migratorio en el mundo, a fin de promover la sensibilización y
la concientización entre la población, sobre los derechos humanos
de las personas que por diversas circunstancias se ven obligadas
a dejar su tierra y su familia, en busca de un futuro menos incierto.
En México, la Conferencia del Episcopado
Mexicano, a través de la Comisión de Pastoral de la Movilidad
Humana, presidida por Monseñor Renato Ascencio, obispo de Ciudad
Juárez, festeja el cinco de septiembre el Día Nacional del Migrante,
este año, con una celebración eucarística y una jornada cultural
en la Basílica de Guadalupe, con la participación de algunas de
las embajadas en nuestro país.
La historia de esta iniciativa se remonta
a la época de Pío X cuando la entonces Congregación Consistorial,
hoy llamada Congregación de los Obispos, pidió a los obispos italianos
establecer en 1914, un domingo dedicado a la oración, la reflexión
y la recaudación de fondos para el servicio pastoral en ésta área.
En 1952 el Papa Pío XII emitió la Constitución
Apostólica “Exul Familia” sobre la Pastoral de las Migraciones
y la extensión este servicio a toda la Iglesia Universal.
La Instrucción De Pastorali Migratorum Cura, de 1969, reelabora
la materia de las migraciones a la luz del Concilio Vaticano II
y señala a las Conferencias episcopales de cada país, el deber
de establecer la celebración correspondiente según el periodo
y lo que las circunstancias locales sugieran.
Desde 1974, el Santo Padre comenzó
a enviar un mensaje para la celebración de la Jornada del Migrante
y en 1985, esta reflexión fue firmada expresamente por el Sumo
Pontífice lo que significó una señal de la importancia que la
Iglesia atribuye a las migraciones.
Día
del Migrante en América La mayoría de los países de América
Latina eligieron el mes de Septiembre para celebrar este día,
porque se asocia al Mes de la Biblia, puesto que el Pueblo de
Israel fue peregrino y vivió la experiencia de ser extranjero.
Así el Día del Migrante viene a resaltar la urgencia de considerar
a las personas que emigran, quienes, desde la iluminación bíblica,
son las más necesitadas: los pobres, las viudas y los extranjeros.
Todo hombre, en tanto ciudadano responsable,
justo y solidario y, más aún todo cristiano tiene el deber de
prestar atención a todos los hombres y mujeres de esta tierra.
Por esto es importante conocer las distintas problemáticas que
se juegan en nuestro mundo complejo y en nuestra sociedad contemporánea,
como ésta de la migración que se siente, cada vez más al inicio
de este nuevo siglo, en la economía de mercado laboral, en la
apertura de las fronteras, en la economía nacional e internacional,
etc.
Consagrar un día para los migrantes
es tomar conciencia del sufrimiento de cada uno de ellos, es tomar
el tiempo para la escucha del que es tal vez más pobre, en cualquier
caso, o más escaso que nosotros, en un momento dado.
El Día del Migrante, es propicio para
enterarse de que hoy día cada vez más, aumenta el número de mujeres
que abandonan a sus hijos y su vida familiar para buscar los medios
de poder proporcionar los recursos que necesitan para vivir más
dignamente; es ver el sacrificio de tantos estudiantes que se
exilian para asegurar, no sólo su futuro personal, sino también
un trabajo de calidad para el futuro de su familia, de su terruño.
El Día del Migrante puede ser aprovechado
por todos para renovar, en la fe, la confianza en Dios, Padre
de todos los hombres, de todas las razas, de todas las lenguas,
orígenes y culturas. Convicción que viene a dar un nuevo vigor
a todas las iniciativas que siguen siendo la columna vertebral
de la atención de la Iglesia en la Pastoral de la Movilidad Humana,
y a hacer que todos los cristianos y hombres de buena voluntad
se pregunten sobre su compromiso ante la inaceptable deshumanización
de la persona.
De igual modo, celebrar un Día del
Migrante es para dar la oportunidad a aquellos que profesan un
mismo Credo, de celebrar juntos la fe y orar unos por otros. Esto nos llama, finalmente, a asumir
nuestra responsabilidad de hacernos artífices de la historia,
a fin de que sea historia de la salvación, que aun teniendo sus
contradicciones es conducida por el Espíritu de Dios.
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