Queridos hermanos y hermanas en Cristo, me da mucha alegría
poder celebrar junto con todos ustedes esta misa de sábado de
Cuaresma, pero aquí junto con nuestra Madre que está en los Cielos,
la Santísima Virgen María.
Hemos escuchado estas palabras bellísimas del Evangelio, la
Parábola del Hijo Pródigo. Ahora los biblistas dicen que se debería
llamar la Parábola del Padre bondadoso, porque la figura central
de la parábola no es la hijo sino el padre que lleno de amor,
ama y perdona no sólo al hijo pródigo que había salido y había
tomado su herencia y la había malgastado en cosas pecaminosas,
sino también al segundo hijo, el mayor, que nunca salió de la
casa sin embargo no había conocido el amor del padre, se consideraba
simplemente como otro trabajador.
Sin embargo el padre sale al encuentro de ambos para darles
su amor, darles su perdón. Así es Dios, siempre nos perdona, siempre
nos ama.
Al escuchar el Evangelio, estaba pensando cómo hay muchas semejanzas
entre la vida del hijo pródigo y la vida de cada uno de nosotros
y también lo que estamos haciendo hoy en esta peregrinación.
Se me olvido introducir, hay un pequeño grupo que me conoce
pero la mayoría no me conoce, soy el Padre Antonio y trabajo en
la Universidad Anáhuac México Sur y venimos hoy este día en peregrinación
un grupo de alumnos, de profesores, de empleados con sus familias.
Pero me da mucho gusto que todos estemos juntos para amar a Dios,
a la Santísima Virgen María.
Estaba diciendo que encuentro un paralelismo entre el Evangelio
que escuchamos y nuestra peregrinación de hoy, porque el hijo
pródigo después de pedir la herencia, de salir de su casa, de
gastar la herencia en cosas pecaminosas, se da cuenta que está
muy mal, que necesita a su padre, que se ha equivocado.
Y entonces empieza su peregrinación, dice: “cuántos trabajadores
en casa de mi padre tienen pan de sobra y yo aquí me estoy muriendo
de hambre.
Me levantaré, volveré a mi padre y le diré: “Padre, he pecado
contra el Cielo y contra ti, ya no merezco llamarme hijo tuyo.
Recíbeme como a uno de tus trabajadores”. Y enseguida se puso
en camino hacia la casa de su padre, iba en peregrinación, como
nosotros. La peregrinación es un momento muy bello, muy espiritual, para
reflexionar sobre la vida, porque nuestra vida es una peregrinación.
Vamos todos caminando hacia la casa del Padre, nuestra morada
no está aquí en esta tierra, somos peregrinos y vamos caminando,
y como en la peregrinación de este día, hay momentos difíciles,
momentos en que quizás hay que subir una cuesta, momentos de cansancio,
pero también momentos de alegría, de compartir con los que están
conmigo, y momentos muy importantes de reflexionar sobre mi vida,
sobre el camino que estoy tomando.
Soy quizás como ese hijo pródigo, he dejado al Padre, he buscado
los placeres de este mundo, soy quizás como el hijo mayor que
voy a misa todos los domingos, estoy en un grupo de oración, etcétera,
pero sin embargo no he tenido ese encuentro de amor con Dios,
con nuestro Señor Jesucristo, ése amor que me transforma y que
lo transmito a los demás, ¿vivo de forma egoísta?
Todos tenemos que hacer ésta peregrinación, ésta conversión,
ésta reflexión en nuestras vidas, para regresar a la casa del
Señor.
Y en ese camino no estamos solos, está con nosotros la Santísima
Virgen María, nuestra Madre. Dios en su amor, en su providencia,
no ha querido dejarnos solos, nos ha dado a su Madre como nuestra
madre.
¿Qué hace una madre?, ¿qué caracteriza a una madre? Una madre
da la vida y María es nuestra Madre porque cuando dio a Luz a
nuestro Señor Jesucristo nos estaba dando a todos nosotros la
vida, la Vida Eterna, la Vida de Dios, y por eso es nuestra Madre
y como cualquier madre, nos ama, nos nutre, nos protege, como
aquí veo a unas madres con sus pequeñitos y los están cuidando,
amando, acariciando, así hace la Santísima Virgen con nosotros
porque es nuestra Madre, porque tiene un corazón de mujer abierto
a todos.
A mí siempre me impresiona el amor de las mujeres, que es diferente
al de los hombres. En estos tres años que llevo en la Universidad
he tenido tres operaciones y cuando uno llega con muletas y habla
con un hombre le dice: “Oye qué te pasó, ¿cómo estás? … pues que
estés bien”.
Pero cuando uno va con una mujer siempre me impresiona cómo siento
que ella sufre por mi, cómo asume mis sufrimientos y los hace
suyos, compadece conmigo, tiene compasión, viene del latín de
sufrir con.
Así también María con cada uno de nosotros toma para si nuestros
sufrimientos y dolores, todo lo que queremos, es nuestra Madre
y nos acompaña y descubrir eso en la Virgen es algo maravilloso
porque ya cambia nuestra peregrinación, ya no estamos solos.
Lo dijo a San Juan Diego: “¿No estoy yo aquí que soy tu Madre?”,
y lo dice a cada uno de nosotros. Nos ama con ese amor tierno,
nos protege, nos acompaña, nos escucha.
Podemos venir a la peregrinación a la casa de Maria para poner
en sus manos todas nuestras peticiones, pedir perdón, que nos
ayude a cambiar nuestras vidas, también para dar gracias.
Los alumnos de la universidad acaban de terminar su periodo de
exámenes, están aquí para dar gracias o pedir misericordia algunos
de ellos.
Pongamos todos nuestras peticiones en las manos de María, confiando
que las va a acoger con ese corazón de Madre.
Pero como María es Madre de todos, ama a todos, se preocupa
por todos, no podemos quedarnos aquí, también el venir a la Villa
a estar con nuestra Madre, nos lleva a una misión, de compartir
el amor de Dios con nuestro prójimo.
Maria no puede estar indiferente al sufrimiento que ve en el mundo,
a la injusticia, a la pobreza, al sufrimiento, al dolor, al pecado.
Y quiere que nosotros la ayudemos.
Si sólo venimos aquí para pedir lo que nosotros queremos, ¿no
es eso el egoísmo?, ¿no es eso ponernos en el primer lugar? Venimos
aquí para ponernos en las manos de Maria y decir: “María aquí
estoy, que quieres que haga?, cómo puedo yo transmitir tu amor
a mi prójimo?, cómo puedo ayudar al necesitado?, cómo puedo aliviar
el sufrimiento de mi hermano?
Si nuestro amor a María no llega esto, a imitar sus virtudes
como vemos como Ella se preocupaba por los demás, pues entonces
nuestra fe no es completa.
Pidamos pues, pongamos en las manos de la Santísima Virgen María,
todas nuestras peticiones, pero junto con éstas, un sí, un Fiat
como Ella dio a Dios: “¿Qué quieres que yo haga? Aquí estoy para
escucharte”. Que así sea. |
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