(2 Pe 1, 1-7) La página de hoy, en la primera lectura de la Misa, que es el
inicio de la segunda carta de san Pedro, es muy dinámica: a nosotros
nos ha cabido en suerte una fe preciosa, con esta fe recibida
en Bautismo escapamos de la corrupción de este mundo y sobre todo
''participamos del mismo ser de Dios"; pero
a la vez tenemos que progresar para que crezca en nosotros la
gracia y la paz.
Lo que el apóstol san Pedro nos presenta hoy es un verdadero
programa de vida para nosotros los cristianos. Son motivos de
alegría y de estímulo para los que hemos recibido "esta
fe tan preciosa" y tenemos la suerte de creer en
Dios y en su enviado Jesús. Esta es la fe que da sentido a toda
nuestra vida. san Pedro afirma que esta fe nos hace ''participar
del mismo ser de Dios", porque Jesús, al hacerse
hombre, nos ha hecho a nosotros de la misma familia de Dios y
nos comunica su vida sobre todo a través de los sacramentos.
Además de alegría y estímulo, el programa que nos propone san
Pedro es que vayamos creciendo en gracia y en paz. Porque los
dones de Dios son gratuitos, pero exigen que correspondamos a
ellos con nuestra vida.
Se nos pide que nos esforcemos por añadir "a nuestra
fe la honradez, a la honradez el criterio, al criterio
el dominio propio, al dominio propio la constancia,
a la constancia la piedad, a la piedad el cariño fraterno,
al cariño fraterno el amor".
Es una sabia mezcla de cualidades humanas y actitudes de fe: un
retrato coherente de un cristiano o cristiana con personalidad
propia. Una personalidad que nos hacer falta en medio de un mundo
que también ahora sigue estando inmerso en la corrupción de la
que ya hablaba san Pedro, en su tiempo.
Mc. 12, 1-12. En evangelio que hoy nos han proclamado descubrimos
como Dios espera de nosotros el fruto que le corresponde respecto
a la Viña que Él ha plantado entre nosotros. Su Iglesia no puede
ser administrada como fuente de ingresos personales, como motivo
de ocupar puestos pasajeros y recibir reverencias o vanaglorias
humanas.
El Señor, especialmente a quienes ha puesto como Pastores de
su pueblo, nos quiere constantemente al servicio de la salvación
de todos. Nadie puede apropiarse a ningún miembro del pueblo
de Dios.
Todos debemos sentimos responsables del bien y de la salvación
unos y de otros. El Señor nos ha enviado a proclamar su Evangelio,
y esa debe ser nuestra tarea primordial, de tal forma que
estemos incluso dispuestos a ser perseguidos y entregados a la
muerte con tal de buscar y salvar todo lo que se había perdido.
Sabemos que Jesús, entregado por nuestra salvación, ahora vive
para siempre, constituido en piedra angular del Reino de Dios.
Si algún día queremos vivir y reinar con Él para siempre, no
podemos sino vivir tras sus huellas y conforme al estilo de vida
que Él nos manifestó, amando y sirviendo a nuestro prójimo
a la misma altura en que Él lo hizo para con nosotros.
Dios nos envió a su propio Hijo para que lleve consigo a toda
la humanidad y la presente ante el Padre como el fruto de su amor
redentor hacia nosotros.
Los que acudimos a esta Celebración Eucarística y renovamos
y fortalecemos nuestra unión a Cristo estamos comprometiéndonos
a trabajar por su Reino en medio de las realidades en que se desarrolle
nuestra vida. |