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Homilía
pronunciada por
el M. I. Sr. Cango. Mons. Pedro Rafael Tapia Rosete, Arcipreste del Cabildo, en ocasión de la celebración de XXX Aniversario de su Ordenación Presbiteral en la Basílica de Guadalupe.

5 de junio
de 2006

(2 Pe 1, 1-7) La página de hoy, en la primera lectura de la Misa, que es el inicio de la segunda carta de san Pedro, es muy dinámica: a nosotros nos ha cabido en suerte una fe preciosa, con esta fe recibida en Bautismo escapamos de la corrupción de este mundo y sobre todo ''participamos del mismo ser de Dios"; pero a la vez tenemos que progresar para que crezca en nosotros la gracia y la paz.

Lo que el apóstol san Pedro nos presenta hoy es un verdadero programa de vida para nosotros los cristianos. Son motivos de alegría y de estímulo para los que hemos recibido "esta fe tan preciosa" y tenemos la suerte de creer en Dios y en su enviado Jesús. Esta es la fe que da sentido a toda nuestra vida. san Pedro afirma que esta fe nos hace ''participar del mismo ser de Dios", porque Jesús, al hacerse hombre, nos ha hecho a nosotros de la misma familia de Dios y nos comunica su vida sobre todo a través de los sacramentos.

Además de alegría y estímulo, el programa que nos propone san Pedro es que vayamos creciendo en gracia y en paz. Porque los dones de Dios son gratuitos, pero exigen que correspondamos a ellos con nuestra vida.

Se nos pide que nos esforcemos por añadir "a nuestra fe la honradez, a la honradez el criterio, al criterio el dominio propio, al dominio propio la constancia, a la constancia la piedad, a la piedad el cariño fraterno, al cariño fraterno el amor".

Es una sabia mezcla de cualidades humanas y actitudes de fe: un retrato coherente de un cristiano o cristiana con personalidad propia. Una personalidad que nos hacer falta en medio de un mundo que también ahora sigue estando inmerso en la corrupción de la que ya hablaba san Pedro, en su tiempo.

Mc. 12, 1-12. En evangelio que hoy nos han proclamado descubrimos como Dios espera de nosotros el fruto que le corresponde respecto a la Viña que Él ha plantado entre nosotros. Su Iglesia no puede ser administrada como fuente de ingresos personales, como motivo de ocupar puestos pasajeros y recibir reverencias o vanaglorias humanas.

El Señor, especialmente a quienes ha puesto como Pastores de su pueblo, nos quiere constantemente al servicio de la salvación de todos. Nadie puede apropiarse a ningún miembro del pueblo de Dios.

Todos debemos sentimos responsables del bien y de la salvación unos y de otros. El Señor nos ha enviado a proclamar su Evangelio, y esa debe ser nuestra tarea primordial, de tal forma que estemos incluso dispuestos a ser perseguidos y entregados a la muerte con tal de buscar y salvar todo lo que se había perdido.

Sabemos que Jesús, entregado por nuestra salvación, ahora vive para siempre, constituido en piedra angular del Reino de Dios. Si algún día queremos vivir y reinar con Él para siempre, no podemos sino vivir tras sus huellas y conforme al estilo de vida que Él nos manifestó, amando y sirviendo a nuestro prójimo a la misma altura en que Él lo hizo para con nosotros.

Dios nos envió a su propio Hijo para que lleve consigo a toda la humanidad y la presente ante el Padre como el fruto de su amor redentor hacia nosotros.

Los que acudimos a esta Celebración Eucarística y renovamos y fortalecemos nuestra unión a Cristo estamos comprometiéndonos a trabajar por su Reino en medio de las realidades en que se desarrolle nuestra vida.

Es verdad que el Señor fue calumniado, perseguido y clavado en una Cruz, sin embargo Dios lo resucitó de entre los muertos y el constituyó el Señor de todo lo creado. Cuando el Señor nos sienta a su Mesa, nos está haciendo participar de su Vida, de su Espíritu, pero también de su Misión y de su suerte, de tal forma que hemos de trabajar incansablemente para que el amor y la salvación que proceden de Dios lleguen hasta el último rincón de la tierra, dispuestos a correr la misma suerte del Señor de la Iglesia.

No es sencillo servir a nuestro prójimo guiados por el amor y por el Espíritu del Señor. Es más fácil encerramos en nuestro egoísmo, banquetear espléndidamente, gozar de nuestra propia paz y olvidamos de los pobres y de los que sufren. Pero el Señor nos invita a sentarlos a nuestra mesa; a compartir lo nuestro con los que nada tienen, ya no pasar de largo ante las miserias y pobrezas de nuestros hermanos.

Pertenecer a la Iglesia de Cristo debe convertimos en trabajadores incansables de su Reino. Y ese nuestro trabajo debe tener como fruto el ganar a todos para Cristo. Identificados con Cristo hemos de vivir como discípulos ante Él, escuchando en oración su Palabra para ponerla en práctica, y sirviendo a nuestro prójimo buscando no nuestros propios intereses, sino buscando únicamente su salvación.

La Iglesia de Cristo no puede centrar su atención al prójimo sólo en tratar de solucionarle sus necesidades pasajeras, pues aun cuando no podemos ignorar el servicio social como consecuencia de nuestro amor al prójimo, sin embargo no podemos estancamos sólo en eso, pues el fin fundamental de la Iglesia es hacer que la salvación llegue a todos, de tal forma que podamos manifestamos cada día de un modo mejor como hijos de Dios, y amamos como hermanos, de tal manera que todos podamos construir un mundo más fraterno, más en paz y cada día avanzando hacia una mayor perfección en Cristo Jesús.

Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María de Guadalupe, nuestra señor y Niña, nuestra Madre, la gracia de vivir cada día más plenamente unidos a su hijo Jesús, de tal forma que seamos signos cada vez más perfectos de su amor, de su bondad, y de su servicio en favor de la salvación de todos. Amén.

 
 
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