Y al ver Juan Diego que era imposible
ocultarles lo que llevaba, y que por eso lo molestarían, lo
expulsarían a empellones o lo maltratarían, un poquito les
mostró que eran flores. Y al ver que se trataba de diversas
y finísimas flores, siendo que no era su tiempo, se asombraron
muchísimo, y más al ver cuán frescas estaban, cuán abiertas,
cuán exquisito su perfume, cuán preciosas, y ansiaron coger
unas cuantas, arrebatárselas. y no una, sino tres veces se
atrevieron a agarrarlas, pero fracasaron, porque cuando pretendían
tomarlas, ya no podían ver flores, sino las veían como pinturas,
como bordados o aplicaciones en la tilma.
Con eso, en seguida fueron
a decirle respetuosamente al Señor Obispo lo que habían visto,
y que pretendía verlo el indito que ya tantas veces había
venido, quien tenia mucho esperando el recado, porque suplicaba
permiso para verlo.
Y tan pronto como el Señor
Obispo escuchó eso, captó su corazón que esa era la prueba
para que aceptara lo que ese hombre había estado gestionando.
De inmediato se sirvió llamarlo, que enseguida entrara a casa
para verlo.
Y cuando entró, Juan Diego
se prosternó en su presencia, como toda persona bien educada.
Y de nueva cuenta, y con todo respeto, le narró todo lo que
había visto, admirado, y su mensaje.
Salve, Sembradora del
Xochitlalpan paraíso de nuestros mayores.
Salve, por ti el más árido
y gélido risco florece.
Salve, Flor entre flores,
en las que nuestros padres indios tan claro vieron tu amor
y tu verdad.
Salve, Sol que
funde el hielo de nuestro pecado y cobardía.
Salve, tú que consagraste
el amor indio por las flores, al darnos las tuyas.
Salve, tú que con tus
amorosas manos sabes acariciar y reacomodar las que tus hijos
te ofrecen.
Salve, tú que pusiste
toda tu confianza en uno de los nuestros.
Salve, tú que mandas que,
con sumo detalle, todo al Obispo, tu Hijo en nuestra tierra,
se reporte.
Salve, tú que su autoridad
confirmaste impidiendo que nadie antes que él tuviera acceso
a tu señal florida,
Salve, tú que con eso
franqueaste el acceso a tu mensajero,
Salve, tú que evangelizaste
al evangelizador a través de tu enviado,
Salve, tú que así a todos
nos compartiste cuanto él había visto, admirado y oído.
Salve, ¡Flor de las flores!
Salve, ¡Madre y Niña nuestra!
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