Queridísima Madre de Guadalupe:
Nos has colmado con tantas delicadezas
y atenciones, con tantos e inmerecidos regalos... Quiera Dios que
esta Novena, sirva para agradecerte, aunque sea un poco de lo mucho
con que has favorecido a nuestros pueblos y familias y, también, a
un servidor y a sus amigos.
Casi entre lágrimas te escribo estas
líneas, porque Tú sabes que te he pedido la gracia, al igual que al
santísimo y admirado Juan Diego Cuauhtlatoatzin, de no morir
antes de poder difundir la oración que contiene este libro. Todo se
demoró y al mismo tiempo se enriqueció, por variados y providenciales
motivos; pero ya está, Virgencita. Ojalá contribuya a un Pueblo de
Dios, a una Iglesia, más capaz de ayudar a impregnar, mutuamente y
entre sí, culturas y Evangelio; siendo de esta forma, ocasión y posibilidad,
para que muchos puedan disfrutar de un pedacito del Tepeyac.
Madre, si ya me quieres llevar contigo
voy gustoso; si todavía me quieres en la tierra, también seguiré disfrutando.
En todo caso, por favor, que se haga tu plan, y no el mío. Te dejo
un beso grande en representación de tanta gente a la que amas, sobre
todo de los más pobres, y que también te corresponde, con un amor
igualmente indestructible. Gracias Madre, muchas gracias...
Pbro. Dr. Leandro Chitarroni
México, 12 de agosto de 2006