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Octavo día:
la Sagrada Imagen,
comunión con Dios y visita que continúa.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén

Mientras rezamos la siguiente oración, podemos encender una vela a Nuestra Señora de Guadalupe y a San Juan Diego Cuauhtlatoatzin.

Dios te salve María, llena eres de Gracia, el Señor es contigo, bendita Tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

Santa María, Madre de Dios y Madre Nuestra, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

A continuación, a una o a varias voces, leemos,  proclamamos o representamos una parte de la historia de las apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe.


Cuando [Juan Diego] vino a llegar al Palacio del Obispo, lo fueron a encontrar el portero y los demás servidores del Sacerdote Gobernante, y les suplicó que le dijeran cómo deseaba verlo, pero ninguno quiso; fingían que no le entendían, o tal vez porque aún estaba muy oscuro; o tal vez porque ya lo conocían que nomás los molestaba, los importunaba, y ya les habían contado sus compañeros, los que lo fueron a perder de vista cuando lo fueron siguiendo.

Durante muchísimo rato estuvo esperando la razón.

Y cuando vieron que por muchísimo rato estuvo allí, de pie, cabizbajo, sin hacer nada, por si era llamado, y como que algo traía, lo llevaba en el hueco de su tilma; luego pues, se le acercaron para ver qué traía y desengañarse.

Y cuando vió Juan Diego que de ningún modo podía ocultarles lo que llevaba y que por eso lo molestarían, lo empujarían o tal vez lo aporrearían, un poquito les vino a mostrar que eran flores.

Y cuando vieron que todas eran finas, variadas flores y que no era tiempo entonces de que se dieran, las admiraron mucho, lo frescas que estaban, lo abiertas que tenían sus corolas, lo bien que olían, lo bien que parecían.

Y quisieron  tomar y sacar unas cuantas; tres veces sucedió que se atrevieron a tomarlas, pero de ningún modo pudieron hacerlo, porque cuando hacían del intento ya no podían ver las flores, sino que, a modo de pintadas, o bordadas, o cosidas en la tilma las veían.

Inmediatamente fueron a decirle al Gobernante Obispo lo que habían visto, cómo deseaba verlo el indito que otras veces había venido, y que ya hacía muchísimo rato que estaba allí aguardando el permiso, porque quería verlo.

El Gobernante Obispo, en cuanto lo oyó, dió en la cuenta de que aquello era la prueba para convencerlo, para poner en obra lo que solicitaba el hombrecito.

En seguida dió orden de que pasara a verlo. Y habiendo entrado en su presencia se postró, como ya antes lo había hecho. Y de nuevo le contó lo que había visto, admirado, y su mensaje.

Le dijo: “Señor mío, Gobernante, ya hice, ya llevé a cabo según me mandaste;

así fuí a decirle a la Señora mi Ama, la Niña Celestial, Santa María, la Amada Madre de Dios, que pedías una prueba para poder creerme, para que le hicieras su casita sagrada, en donde te la pedía que la levantaras; y también le dije que te había dado mi palabra de venir a traerte alguna señal, alguna prueba de su voluntad, como me lo encargaste.

Y escuchó bien tu aliento, tu palabra, y recibió con agrado tu petición de la señal, de la prueba, para que se haga, se verifique su amada voluntad. Y ahora, cuando era todavía de noche, me mandó para que otra vez viniera a verte; y le pedí la prueba para ser creído, según había dicho que me la daría, e inmediatamente lo cumplió.

Y me mandó a la cumbre del cerrito en donde antes yo la había visto, para que allí cortara diversas rosas de Castilla. Y cuando las fuí a cortar, se las fuí a llevar allá abajo; y con sus santas manos las tomó, de nuevo en el hueco de mi ayate las vino a colocar, para que te las viniera a traer, para que a tí personalmente te las diera.

Aunque bien sabía yo que no es lugar donde se den flores la cumbre del cerrito, porque sólo hay abundancia de riscos, abrojos, huizaches, nopales, mezquites, no por ello dudé, no por ello vacilé. Cuando fuí a llegar a la cumbre del cerrito miré que ya era el paraíso. Allí estaban ya perfectas todas las diversas flores preciosas, de lo más fino que hay, llenas de rocío, esplendorosas, de modo que luego las fuí a cortar; y me dijo que de su parte te las diera, ya que ya así yo probaría, que vieras la señal que le pedías para realizar su amada voluntad, y para que aparezca que es verdad mi palabra, mi mensaje, aquí las tienes; hazme favor de recibirlas”.

Y luego extendió su blanca tilma, en cuyo hueco había colocado las flores. Y así como cayeron al suelo todas las variadas flores preciosas, luego allí se convirtió en señal, se apareció de repente la Amada Imagen de la Perfecta Virgen Santa María, Madre de Dios, en la forma y figura en que ahora está, en donde ahora es conservada en su amada casita, en su sagrada casita en el Tepeyac, que se llama Guadalupe.

Para ir viviendo y comprendiendo más profundamente tan milagrosa historia, se pueden leer o comentar, todas o algunas, de las siguientes explicaciones.

Las flores, por ser manifestación de la presencia y cercanía divina, les resultaban a los indios muy apreciadas y amables; y eran para ellos objeto de mucha gratitud y estima. Así, las arreglaban para contemplarlas, intercambiarlas y acompañar regalos. Es más, pensaban que, a través de la mediación humana, Dios creaba las cosas pintándolas con flores.

Nuestra Señora de Guadalupe, asume esa estima y modos de proceder, tanto humano como divino según ellos, y se obsequia entre flores. Se estampa entonces, como códice, con y en aquellas flores que Ella hizo maravillosamente crecer en el Tepeyac, y que con tanta fe había ido a cortar Juan Diego Cuauhtlatoatzin. Estampa y regala su pintura, acompañada por esas rosas que Ella misma había arreglado en la tilma de su embajador, y se manifiesta de esta forma luego de que el indio las transportara hasta la presencia del obispo.

Esas flores o rosas son las mismas que unos momentos antes le han querido arrebatar a Juan Diego los cercanos a Fray Juan de Zumárraga, reiteradamente y sin éxito, pues de la Sagrada Tilma no pueden tomarlas con sus manos. Dichas flores también de esta manera, simbolizan y son, el florecimiento de las buenas raíces de la religiosidad prehispánica, que vivían, conocían y conservaban con fidelidad todos los indios; de esas prácticas y certezas que la Virgencita plenifica, haciéndolas brotar y abrir sus corolas, pero con delicadeza, de un modo imperceptible y no hiriente para la teología de los europeos, que querían extirparlas.

Es por eso que las flores, generando la Imagen de Nuestra Señora de Guadalupe y pintadas en Ella, se convierten también, ante el prelado y sus ayudantes, en una señal y prueba de la voluntad de la Virgen y de Dios, que a ellos los hará arrodillarse inmediatamente y con mucha admiración. Esto ocurrió, porque nunca comprendieron en ese tiempo, que los indios vieron (y ven) en esas flores que la Madre dejó impresas en su vestido, las que siempre habían deseado y que con este acontecimiento les eran entregadas para saciar ese anhelo, resolver sus más profundos cuestionamientos existenciales y hacer continuar su historia.

De este modo, Nuestra Señora, hace de su Imagen saturada de flores, un espacio divino, fuente y río de salvación, en el que cualquiera que quiera hacerlo, en el momento que sea, podrá acceder a ellas al acercarse a su Sagrada Estampa, en la que aún podemos verlas y disfrutarlas. A la luz de todo lo expresado, vemos cómo la intervención de la Virgencita se asocia entonces a un acto salvador o creador de Dios, sobre cuya cercanía y presencia no deja ningún tipo de dudas.

Ahora bien, si las solas flores crecidas en el cerro ya hubieran parecido a cualquier indio el “non plus ultra” concebible del favor divino, con la estampación quedaron amplísimamente superadas, pues Dios les había otorgado una señal infinitamente  mejor y más contundente: ¡La Imagen de su Madre pintada en la tilma de uno de ellos!. Es que la imagen no era para los indios un mero recuerdo de alguien, sino su continuidad y viva prolongación; a su vez, la tilma también era símbolo de un sujeto o individuo.

La fusión de tilma e Imagen, si tenemos en cuenta entonces que ambas realidades son símbolo y sacramento de la persona, se constituye en una magistral adaptación a la cultura india, para expresar comunión de un modo mucho más vehemente que con las solas flores. Para expresar comunión con Dios a quienes eran muy sensibles respecto de lograr una unión permanente con la divinidad, y de ser siempre sus colaboradores y, más aún, sus familiares.

Todavía hoy, asombrosa e inexplicablemente, la tilma de Juan Diego Cuauhtlatoatzin no se ha destruido ni deteriorado; y esa mismísima Imagen de Nuestra Señora de Guadalupe, no pintada por mano humana, continúa aparecida en el Tepeyac, arrobando los corazones de los mexicanos y de peregrinos de todas las nacionalidades. Y así, en la actualidad, Ella sigue admirando y respondiendo, escuchando y generando plegarias, suscitando Evangelio encarnado y vida hecha Buena Noticia.

Podemos ver cómo la totalidad de la Preciosa Imagen de Nuestra Señora, su misma persona, es diálogo y mestizaje entre etnias y humanidades diferentes. Rezando con las manos juntas, a modo español, pero también a punto de iniciar una danza, que es para los indios la máxima forma de reverenciar a Dios, su rostro es mezcla de razas, y revelándose Madre de todos, asume eso sí, el color de sus hijos más humillados de ese momento. Es que en ese entonces ya había una gran cantidad de niñas y niños, de padre español y madre india, frutos en su mayoría de violaciones, que crecían rechazados y abandonados por sus progenitores.

Rostro moreno entonces, que al mismo tiempo que consuela, nos desafía a ser colaboradores del parto, nacimiento y crecimiento de un nuevo pueblo sin excluidos. Cara amable, que con su misericordiosa mirada de perfil, de sumo respeto, delicadeza y autoridad, nos sigue provocando a edificar un mundo mejor, en el que todos podamos tener un lugar, en el que nadie se quede afuera.

Se sugiere emplear algunos minutos para orar y meditar, en forma personal e interior, todo lo que nos va manifestando la profundidad del Nican mopohua. Luego, podrían decirse o pronunciarse las plegarias que siguen.

Gracias, Madre, por continuar tu visita y mensaje salvador al quedarte en la tilma de Juan Diego Cuauhtlatoatzin. Gracias a ese regalo, el santo indio te sigue haciendo encontrar con todos.

Concédenos, por favor, anunciar el Evangelio como él, contando tu historia y siendo los pies de tu Sagrada Imagen, que nos recibe, dignifica y desafía, al mostrarnos y conducirnos a tu Hijo. Ayúdanos, Niña celestial, tú que sigues asumiendo el modo de ser y la realidad de las mujeres y de los hombres, para generar diálogo y oración, a llevar, establecer y disfrutar siempre de tu persona y visita, construyendo de esta forma el Pueblo de Dios en todos los suelos culturales, empapando con Cristo tanto sus capas subterráneas como sus manifestaciones visibles.

Madre, al igual que Tú, haz que sepamos llegar a la entraña religiosa de las tradiciones y de tus hijas e hijos de nuestro tiempo, haciendo crecer y florecer las semillas del Verbo que hay en cada particularidad, y que efectivamente seamos así familia y colaboradores de Jesús, siendo su cuerpo y prolongación en la historia.

Que lo apreciado y amable, que aquello que mueva a gratitud en nuestro hoy, sea mediación para concretar nuestra misión eclesial, saciando todas las nobles aspiraciones.

Que hagamos todo lo anterior sin descuidar a ningún pueblo o individuo, pero desde el rostro y lugar de los más desamparados. Siendo Madre universal, pero cuidando especialmente y con más pronta solicitud, como lo hace cualquier buena mamá, a los hijos que la están pasando peor. 

Partiendo de todo lo anterior, se puede dar lugar a comentarios o a preguntas de viva voz. Otra posibilidad es que, cada uno, recuerde o anote las apreciaciones o interrogantes que se le van ocurriendo, para luego compartirlas o buscar su respuesta.


En un momento de silencio y de encuentro
entrañable con Nuestra Señora de Guadalupe y con San Juan Diego Cuauhtlatoatzin, encomendamos a alguna persona, familia, grupo, comunidad o institución (escuela, hospital, comercio, etc.), a la que luego podremos obsequiar algunas medallas o estampitas y/o proponer entronizar alguna imagen, ya sea de la Virgencita, del santo indio o de ambos.

En este silencio, agradecemos y pedimos además, por intercesión de Nuestra Madre y de su mensajero, lo que nos parezca oportuno.

Como un signo de que consagramos nuestros pueblos y personas para que se haga en todos y cada uno de nosotros el plan de Dios, mientras cantamos o leemos en voz baja la letra del poema que está a continuación, podemos pasar a ofrecer una flor a Nuestra Señora de Guadalupe y a San Juan Diego Cuauhtlatoatzin y/o a tocar o besar sus imágenes.

Desde el cielo una hermosa mañana (2 veces),
la Guadalupana, la Guadalupana, la Guadalupana bajó al Tepeyac (2 veces).

Suplicante juntaba sus manos (2 veces)
y eran mexicanos y eran mexicanos y eran mexicanos su porte y su faz (2 veces).

Su llegada llenó de alegría (2 veces),
de luz y armonía, de luz y armonía, de luz y armonía todo el Anahuac (2 veces).

Junto al monte pasaba Juan Diego (2 veces)
y acercóse luego y acercóse luego y acercóse luego al oír cantar (2 veces).

Juan Dieguito, la Virgen le dijo (2 veces):
“este cerro elijo, este cerro elijo, este cerro elijo para hacer mi altar” (2 veces).

Y en la tilma entre rosas pintada (2 veces),
su imagen amada, su imagen amada, su imagen amada se dignó dejar (2 veces).

Desde entonces para el mexicano (2 veces),
ser guadalupano, ser guadalupano, ser guadalupano es algo esencial (2 veces).

En sus penas se postra rezando (2 veces)
y eleva sus ojos y eleva sus ojos y eleva sus ojos hacia el Tepeyac (2 veces).

Para finalizar rezamos la siguiente oración o alguna otra que se considere apropiada.

Dios, Padre de misericordias, que constituyes y edificas a tu Pueblo por la visita y bajo el Amor de Nuestra Santísima Madre de Guadalupe, concédenos por su intercesión, ser una comunidad fervorosa en la fe, la esperanza y la caridad, abierta a los diferentes modos de ser y enriquecida por ellos. Una Iglesia cordial, capaz de dialogar con todos y de suscitar su protagonismo, que encarnando de este modo tu santa voluntad, y al sembrar así caminos de vida, fraternidad y felicidad, esté al servicio de impregnar de Evangelio el corazón de las culturas y de las personas.

Que la Madre de Jesús y Madre Nuestra nos eduque, y nos haga entonces un Pueblo de peregrinos y humildes embajadores suyos como San Juan Diego Cuauhtlatoatzin. Mensajeros muy dignos de confianza, que estando con Ella y haciéndola presente, aprendamos de los más pobres a recibir, buscar y compartir, la salvación y realidades divinas, desde nuestra particular tradición e identidad.

Te lo pedimos Padre, por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

 
 
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