Dios
te salve María, llena eres de Gracia, el Señor es contigo, bendita
Tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre,
Jesús.
Santa
María, Madre de Dios y Madre Nuestra, ruega por nosotros, pecadores,
ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
A continuación, a una o a
varias voces, leemos, proclamamos o representamos una parte de
la historia de las apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe.
Cuando [Juan Diego] vino a llegar al Palacio del Obispo, lo
fueron a encontrar el portero y los demás servidores del
Sacerdote Gobernante, y les suplicó que le dijeran cómo deseaba verlo, pero ninguno
quiso; fingían que no le entendían, o tal vez porque aún
estaba muy oscuro; o tal vez porque ya lo conocían que nomás los molestaba, los
importunaba, y ya les habían contado sus compañeros, los que lo fueron a
perder de vista cuando lo fueron siguiendo.
Durante muchísimo rato estuvo esperando la razón.
Y cuando vieron que por muchísimo rato estuvo allí, de pie,
cabizbajo, sin hacer nada, por si era llamado, y como
que algo traía, lo llevaba en el hueco de su tilma; luego
pues, se le acercaron para ver qué traía y desengañarse.
Y cuando vió Juan Diego que de ningún modo podía ocultarles
lo que llevaba y que por eso lo molestarían, lo empujarían
o tal vez lo aporrearían, un poquito les vino a mostrar
que eran flores.
Y cuando vieron que todas eran finas, variadas flores y que
no era tiempo entonces de que se dieran, las admiraron
mucho, lo frescas que estaban, lo abiertas que tenían
sus corolas, lo bien que olían, lo bien que parecían.
Y quisieron tomar y sacar unas cuantas; tres veces sucedió que se atrevieron a tomarlas, pero de ningún
modo pudieron hacerlo, porque cuando hacían del intento ya no podían ver las flores,
sino que, a modo de pintadas, o bordadas, o cosidas en
la tilma las veían.
Inmediatamente fueron a decirle al Gobernante Obispo lo que
habían visto, cómo deseaba verlo el indito que otras veces había venido,
y que ya hacía muchísimo rato que estaba allí aguardando
el permiso, porque quería verlo.
El Gobernante Obispo, en cuanto lo oyó, dió en la cuenta de
que aquello era la prueba para convencerlo, para poner
en obra lo que solicitaba el hombrecito.
En seguida dió orden de que pasara a verlo. Y habiendo entrado en su presencia se postró, como ya antes
lo había hecho. Y de nuevo le contó lo que había visto,
admirado, y su mensaje.
Le dijo: “Señor mío, Gobernante, ya hice, ya llevé a cabo según me mandaste;
así fuí a decirle a la Señora mi Ama, la Niña Celestial, Santa
María, la Amada Madre de Dios, que pedías una prueba para
poder creerme, para que le hicieras su casita sagrada,
en donde te la pedía que la levantaras; y también le dije que te había dado mi palabra de venir a traerte
alguna señal, alguna prueba de su voluntad, como me lo
encargaste.
Y escuchó bien tu aliento, tu palabra, y recibió con agrado
tu petición de la señal, de la prueba, para que se haga,
se verifique su amada voluntad. Y ahora, cuando era todavía de noche, me mandó para que otra
vez viniera a verte; y le pedí la prueba para ser creído, según había dicho que
me la daría, e inmediatamente lo cumplió.
Y me mandó a la cumbre del cerrito en donde antes yo la había
visto, para que allí cortara diversas rosas de Castilla.
Y cuando las fuí a cortar, se las fuí a llevar allá abajo;
y con sus santas manos las tomó, de nuevo en el hueco
de mi ayate las vino a colocar, para que te las viniera
a traer, para que a tí personalmente te las diera.
Aunque bien sabía yo que no es lugar donde se den flores la
cumbre del cerrito, porque sólo hay abundancia de riscos,
abrojos, huizaches, nopales, mezquites, no por ello dudé,
no por ello vacilé. Cuando fuí a llegar a la cumbre del cerrito miré que ya era
el paraíso. Allí estaban ya perfectas todas las diversas flores preciosas,
de lo más fino que hay, llenas de rocío, esplendorosas,
de modo que luego las fuí a cortar; y me dijo que de su parte te las diera, ya que ya así yo probaría,
que vieras la señal que le pedías para realizar su amada
voluntad, y para que aparezca que es verdad mi palabra, mi mensaje,
aquí las tienes; hazme favor de recibirlas”.
Y luego extendió su blanca tilma, en cuyo hueco había colocado
las flores. Y así como cayeron al suelo todas las variadas flores preciosas,
luego allí se convirtió en señal, se apareció de repente la
Amada Imagen de la Perfecta Virgen Santa María, Madre
de Dios, en la forma y figura en que ahora está, en donde ahora es conservada en su amada casita, en su sagrada
casita en el Tepeyac, que se llama Guadalupe.
|
Para ir viviendo y comprendiendo
más profundamente tan milagrosa historia, se pueden leer o comentar,
todas o algunas, de las siguientes explicaciones.
Las
flores, por ser manifestación de la presencia y cercanía divina,
les resultaban a los indios muy apreciadas y amables; y eran para
ellos objeto de mucha gratitud y estima. Así, las arreglaban para
contemplarlas, intercambiarlas y acompañar regalos. Es más, pensaban
que, a través de la mediación humana, Dios creaba las cosas pintándolas
con flores.
Nuestra
Señora de Guadalupe, asume esa estima y modos de proceder, tanto
humano como divino según ellos, y se obsequia entre flores. Se
estampa entonces, como códice, con y en aquellas flores que Ella
hizo maravillosamente crecer en el Tepeyac, y que con tanta
fe había ido a cortar Juan Diego Cuauhtlatoatzin. Estampa
y regala su pintura, acompañada por esas rosas que Ella misma
había arreglado en la tilma de su embajador, y se manifiesta de
esta forma luego de que el indio las transportara hasta la presencia
del obispo.
Esas
flores o rosas son las mismas que unos momentos antes le han querido
arrebatar a Juan Diego los cercanos a Fray Juan de Zumárraga,
reiteradamente y sin éxito, pues de la Sagrada Tilma no pueden
tomarlas con sus manos. Dichas flores también de esta manera,
simbolizan y son, el florecimiento de las buenas raíces de la
religiosidad prehispánica, que vivían, conocían y conservaban
con fidelidad todos los indios; de esas prácticas y certezas que
la Virgencita plenifica, haciéndolas brotar y abrir sus corolas,
pero con delicadeza, de un modo imperceptible y no hiriente para
la teología de los europeos, que querían extirparlas.
Es
por eso que las flores, generando la Imagen de Nuestra Señora
de Guadalupe y pintadas en Ella, se convierten también, ante el
prelado y sus ayudantes, en una señal y prueba de la voluntad
de la Virgen y de Dios, que a ellos los hará arrodillarse inmediatamente
y con mucha admiración. Esto ocurrió, porque nunca comprendieron
en ese tiempo, que los indios vieron (y ven) en esas flores que
la Madre dejó impresas en su vestido, las que siempre habían deseado
y que con este acontecimiento les eran entregadas para saciar
ese anhelo, resolver sus más profundos cuestionamientos existenciales
y hacer continuar su historia.
De
este modo, Nuestra Señora, hace de su Imagen saturada de flores,
un espacio divino, fuente y río de salvación, en el que cualquiera
que quiera hacerlo, en el momento que sea, podrá acceder a ellas
al acercarse a su Sagrada Estampa, en la que aún podemos verlas
y disfrutarlas. A la luz de todo lo expresado, vemos cómo la intervención
de la Virgencita se asocia entonces a un acto salvador o creador
de Dios, sobre cuya cercanía y presencia no deja ningún tipo de
dudas.
Ahora
bien, si las solas flores crecidas en el cerro ya hubieran parecido
a cualquier indio el “non plus ultra” concebible del favor
divino, con la estampación quedaron amplísimamente superadas,
pues Dios les había otorgado una señal infinitamente mejor y
más contundente: ¡La Imagen de su Madre pintada en la tilma de uno de ellos!. Es que la imagen no era para los indios
un mero recuerdo de alguien, sino su continuidad y viva prolongación;
a su vez, la tilma también era símbolo de un sujeto o individuo.
La
fusión de tilma e Imagen, si tenemos en cuenta entonces que ambas
realidades son símbolo y sacramento de la persona, se constituye
en una magistral adaptación a la cultura india, para expresar
comunión de un modo mucho más vehemente que con las solas flores.
Para expresar comunión con Dios a quienes eran muy sensibles respecto
de lograr una unión permanente con la divinidad, y de ser siempre
sus colaboradores y, más aún, sus familiares.
Todavía
hoy, asombrosa e inexplicablemente, la tilma de Juan Diego Cuauhtlatoatzin
no se ha destruido ni deteriorado; y esa mismísima Imagen de Nuestra
Señora de Guadalupe, no pintada por mano humana, continúa aparecida
en el Tepeyac, arrobando los corazones de los mexicanos
y de peregrinos de todas las nacionalidades. Y así, en la actualidad,
Ella sigue admirando y respondiendo, escuchando y generando plegarias,
suscitando Evangelio encarnado y vida hecha Buena Noticia.
Podemos
ver cómo la totalidad de la Preciosa Imagen de Nuestra Señora,
su misma persona, es diálogo y mestizaje entre etnias y humanidades
diferentes. Rezando con las manos juntas, a modo español, pero
también a punto de iniciar una danza, que es para los indios la
máxima forma de reverenciar a Dios, su rostro es mezcla de razas,
y revelándose Madre de todos, asume eso sí, el color de sus hijos
más humillados de ese momento. Es que en ese entonces ya
había una gran cantidad de niñas y niños, de padre español y madre
india, frutos en su mayoría de violaciones, que crecían rechazados
y abandonados por sus progenitores.
Rostro
moreno entonces, que al mismo tiempo que consuela, nos desafía
a ser colaboradores del parto, nacimiento y crecimiento de un
nuevo pueblo sin excluidos. Cara amable, que con su misericordiosa
mirada de perfil, de sumo respeto, delicadeza y autoridad, nos
sigue provocando a edificar un mundo mejor, en el que todos podamos
tener un lugar, en el que nadie se quede afuera.
Se sugiere emplear algunos
minutos para orar y meditar, en forma personal e interior, todo
lo que nos va manifestando la profundidad del Nican mopohua. Luego,
podrían decirse o pronunciarse las plegarias que siguen.
Gracias,
Madre, por continuar tu visita y mensaje salvador al quedarte
en la tilma de Juan Diego Cuauhtlatoatzin. Gracias a ese
regalo, el santo indio te sigue haciendo encontrar con todos.
Concédenos,
por favor, anunciar el Evangelio como él, contando tu historia
y siendo los pies de tu Sagrada Imagen, que nos recibe, dignifica
y desafía, al mostrarnos y conducirnos a tu Hijo. Ayúdanos, Niña
celestial, tú que sigues asumiendo el modo de ser y la realidad
de las mujeres y de los hombres, para generar diálogo y oración,
a llevar, establecer y disfrutar siempre de tu persona y visita,
construyendo de esta forma el Pueblo de Dios en todos los suelos
culturales, empapando con Cristo tanto sus capas subterráneas
como sus manifestaciones visibles.
Madre,
al igual que Tú, haz que sepamos llegar a la entraña religiosa
de las tradiciones y de tus hijas e hijos de nuestro tiempo, haciendo
crecer y florecer las semillas del Verbo que hay en cada particularidad,
y que efectivamente seamos así familia
y colaboradores de Jesús, siendo su cuerpo y prolongación en la
historia.
Que
lo apreciado y amable, que aquello que mueva a gratitud en nuestro
hoy, sea mediación para concretar nuestra misión eclesial, saciando
todas las nobles aspiraciones.
Que
hagamos todo lo anterior sin descuidar a ningún pueblo o individuo,
pero desde el rostro y lugar de los más desamparados. Siendo Madre
universal, pero cuidando especialmente y con más pronta solicitud,
como lo hace cualquier buena mamá, a los hijos que la están pasando
peor.
Partiendo de todo lo anterior,
se puede dar lugar a comentarios o a preguntas de viva voz. Otra
posibilidad es que, cada uno, recuerde o anote las apreciaciones
o interrogantes que se le van ocurriendo, para luego compartirlas
o buscar su respuesta.
En un momento de silencio y de encuentro entrañable con Nuestra Señora de Guadalupe y con
San Juan Diego Cuauhtlatoatzin, encomendamos a
alguna persona, familia, grupo, comunidad o institución
(escuela, hospital, comercio, etc.), a la que luego podremos
obsequiar algunas medallas o estampitas y/o proponer entronizar
alguna imagen, ya sea de la Virgencita, del santo indio
o de ambos.
En este silencio, agradecemos y pedimos además, por intercesión de Nuestra
Madre y de su mensajero, lo que nos parezca oportuno.
|
Como un signo de que consagramos
nuestros pueblos y personas para que se haga en todos y cada uno
de nosotros el plan de Dios, mientras cantamos o leemos en voz
baja la letra del poema que está a continuación, podemos pasar
a ofrecer una flor a Nuestra Señora de Guadalupe y a San Juan
Diego Cuauhtlatoatzin y/o a tocar o besar sus imágenes.
Desde el cielo una hermosa mañana (2
veces),
la Guadalupana,
la Guadalupana, la Guadalupana bajó al Tepeyac
(2 veces).
Suplicante juntaba sus manos (2 veces)
y eran mexicanos y eran mexicanos y eran mexicanos su porte
y su faz (2 veces).
Su llegada llenó de alegría (2 veces),
de luz y armonía, de luz y armonía, de luz y armonía todo el
Anahuac (2 veces).
Junto al monte pasaba Juan Diego (2
veces)
y acercóse luego y acercóse luego y acercóse luego al oír cantar
(2 veces).
Juan Dieguito, la Virgen le dijo (2
veces):
“este cerro elijo, este cerro elijo, este cerro elijo para
hacer mi altar” (2 veces).
Y en la tilma entre rosas pintada (2
veces),
su imagen amada, su imagen amada, su imagen amada se dignó dejar
(2 veces).
Desde entonces para el mexicano (2
veces),
ser guadalupano, ser guadalupano, ser guadalupano es algo esencial
(2 veces).
En sus penas se postra rezando (2 veces)
y eleva sus ojos y eleva sus ojos y eleva sus ojos hacia el
Tepeyac (2 veces).
Para
finalizar rezamos la siguiente oración o alguna otra que se considere
apropiada.
Dios,
Padre de misericordias, que constituyes y edificas a tu Pueblo
por la visita y bajo el Amor de Nuestra Santísima Madre de Guadalupe,
concédenos por su intercesión, ser una comunidad fervorosa en
la fe, la esperanza y la caridad, abierta a los diferentes modos
de ser y enriquecida por ellos. Una Iglesia cordial, capaz de
dialogar con todos y de suscitar su protagonismo, que encarnando
de este modo tu santa voluntad, y al sembrar así caminos de vida,
fraternidad y felicidad, esté al servicio de impregnar de Evangelio
el corazón de las culturas y de las personas.
Que
la Madre de Jesús y Madre Nuestra nos eduque, y nos haga entonces
un Pueblo de peregrinos y humildes embajadores suyos como San
Juan Diego Cuauhtlatoatzin. Mensajeros muy dignos de confianza,
que estando con Ella y haciéndola presente, aprendamos de los
más pobres a recibir, buscar y compartir, la salvación y realidades
divinas, desde nuestra particular tradición e identidad.
Te
lo pedimos Padre, por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive
y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por
los siglos de los siglos. Amén. |